Titiritero: o arriesga su salud, o no come... Historia de don Pitoco, que presenta su show en calles de Saltillo
Texto: JESÚS PEÑA
Fotos: Omar saucedo
-Yo no sé robar, no sé trabajar deshonestamente, nomás que bailar mis muñecos y me voy a poner, pa’ sacar pa’ comer… ¿de dónde más?
Dice don Pitoco.
-Tiene miedo don Pitoco, ¿no?
-No, pos… sí… Cierto temor que ande uno bajo de defensas… Pero pos estando uno sano…
Dice Daniel Raúl Rodríguez Espinoza, 65 años, hipertenso y propenso a la tifoidea. Es de Piedras Negras, del barrio de la Acequia. Un barrio muy pobre.
Tuvo que salir, con todo y la contingencia, a bailar con sus ocho muñecos bailarines para sacar la papa.
Mil 300 pesos mensuales de pensión por trabajar 30 años limpiando baños en las escuelas…
No la arma.
Le va a tronar.
Dice don Pitoco, el ceño fruncido.
Total, El Pitoco ha vivido tantos años en las calles que ya se ha hecho resistente a ellas.
No hace mucho se quedó a dormir 15 días a la intemperie, con sus muñecos. Tendía unos cartones, hacía su cama, ahí se quedaba… Y don Pitoco agarró una neumonía que…
Ahora ya se queda en el Hotel Jardín, ese que está en el corazón de la plaza de “Los Huevones”. Cobran 200 pesos diarios.
Pero como la cosa se ha puesto medio difícil con eso de la pandemia pos… ya debe mil 400 pesos del cuarto al administrador del hotel, que es su amigo. Ya le pagará, nomás que le caiga lo de su pensión…
LOS QUE NO PUEDEN HACER DE SU HOGAR LA OFICINA
En el Jardín se quedan unos chavos cilindreros, la muchacha que vende pirulines en el centro, los hondureños esos que se visten como guajolotes, un bolero y don Pitoco. Pura gente bien.
Es domingo, como a las 4:00 de la tarde y la Plaza de Armas, que en otro domingo cualquiera, a esta hora, estaría a reventar, hoy luce desierta, muda…
Solo unos pocos, solo unos cuantos…
Los que se sienten inmunes, intocables, que creen que no pasa nada: parejas de novios abrazados en las bancas.
Familias con sus niños.
Uno que otro anciano.
Dos indigentes en silla de ruedas que se pasean por la plaza con su hedor a orines añejos.
Pero y qué van a comer, de dónde van a sacar pa’ la renta, el rentero no va a esperar a que pase la contingencia, no le importa. Dirá una vendedora de paletas de caramelo que pasa con su niña que se queda hechizada por los muñecos.
Antes se juntaba un buen de gente.
Él se cuajaba de monedas.
Pero entonces no había coronavirus.
La verdad es que a El Pitoco siempre le gustó el micrófono.
Don Pitoco no habla, dispara.
En el escenario al aire libre don Pitoco con sus marioneta del Chavo del Ocho, Jessie y Woody, de Toy Story, La Chilindrina, Cepillín, El Cholombiano, Rita la Rockera, Coco, baila que baila de un extremo a otro de la plaza.
“Bravo”, dice El Pitoco cada vez que acaba el show.
Y sus espectadores le aplauden con unos aplausos aguados.
Las calles que rodean la plaza sin mucho tráfico.
La gente resguardada.
Como en tiempos de guerra.
Toque de queda.
Del sueño a la amarga realidad. 2
Él desde nene soñó con tener un espectáculo de marionetas. Hasta que lo tuvo. Y él mismo los formó con sus manos, les hizo el vestuario.
Y se echó a las calles. A la aventura. Recorrió casi todo el país con sus títeres bailarines.
Si nomás que hace dos meses empeñó la máquina de coser que tenía pa’ pagar el hotel.
Él por sus muñecos se da un tiro con cualquiera.
-Aunque estén grandotes, el puto que se quiera aventar que le brinque...
Dice don Pitoco con la mirada feroz.
Una vez se fue de gira con sus marionetas a Tepito.
Puros cárteles...Pero por sus muñecos hizo muchas amistades.
Se acercaban los narquitos y…
-¿Qué jefe?, ¿lo han molestado? No, no, cuando alguien le quite algo, de volada háblenos a nosotros, allá estamos en aquella esquina, mire… Luego, luego.
Al último en Tepito le robaron sus marionetas y don Pitoco se vino pa’ Saltillo. Él es así, le gusta andar para acá y para allá con sus muñecos… Duró un año en Reynosa.
Y nunca tuvo miedo a las balaceras, que allá son cosa de todos los días.
La gente está acostumbrada.
No tuvo miedo cuando él y sus marionetas quedaron en medio del fuego cruzado durante un topón entre el Ejército y unos malandros…
-En 2010 cierran una cantina que se llamaba “La Chiquita”, se vienen corriendo los que cuidaban la cantina esa, los viene siguiendo un helicóptero y un camión con soldados, los matan a medio camino y yo en la plaza, bailando mis muñecos, se oía el tronadero de balas, balacearon la Presidencia, la gente que se arranca y me quedó yo solo. En la madre, dije. De repente ya estaba un soldado aquí, y el soldado “¿tú qué?”, el soldado temblando, con miedo, es un ser humano, yo dije: “por los nervioso que anda me va a meter un plomazo”, le digo “yo bailo los muñecos compa”.
Al final lo dejó ir.
Aquella vez don Pitoco y sus marionetas se salvaron.
Aquella vez.
Es la tercera o cuarta tanda de la tarde y las bancas que están frente a los arcos, el escenario sin techos ni paredes de don Pitoco, se han llenado de chicos que contemplan alucinados el show de las marionetas.
Si acaso alguno se levanta y corre a echar unas monedas a la cubeta amarillo canario donde El Pitoco junta sus monedas.
-Ta bien tronado ahorita.
Dice cuando ha terminado el espectáculo.
Y se sienta a descansar en una de las bancas.
Al final de la tarde ha juntado solo 193 pesos.
Siendo que en un día normal, sin coronavirus, sin contingencia, ha llegado a sacar hasta 700 pesos y más.
Hoy sólo 193 pesos.
Ni para el hotel.
Pero no hay pedo.
Le digo al administrador: “no te voy a pagar, pero el día último te liquido todo lo que te debo atrasado”.
Total, un atún, unas galletas, una coca pa cenar.
Con eso.
El inicio oficial
de la cuarentena.
Fase 2 de la contingencia.
El momento justo en el que los casos de contagios locales por coronavirus se disparen.
Ha predicho hoy la radio.
Y está de vuelta en la Plaza de Armas, donde ya no debería haber gente, pero hay.
Demasiada gente para una cuarentena.
Cubrebocas y mascarillas por ninguna parte.
Él se prepara para dar su función.
Ya monta su bocina.
Y de una caja azul, su caja de muñecos, saca uno por uno los títeres.
Los desenreda, los arregla, los encuaderna y los acuesta, uno al lado del otro, sobre la lona mostaza.
Se nota la ternura.
Ahí están.
A la espera de que don Pitoco les dé vida.
Hace calor; 33 grados.
Sale a escena con su marioneta de La Chilindrina. Después Woody, versión saltillense, con su sarape, que imita los pasos del Piporro.
El eco del taconeo de las botas picudas se estrella contra los muros de los edificios que circundan la plaza.
La gente se detiene a ver el show; ríe, aplaude.
Rumbo al ocaso don Pitoco ha juntado en su cubeta 50 pesos, nada más.
En otro tiempo, cuando el COVID- 19 no existía sobre la faz de la tierra, se llevaba de la calle hasta mil pesos, en un solo día.
Presume. Pero hoy… con suerte y le alcance pa’ unos tacos.
De perdido.
Mañana de martes en la plaza Manuel Acuña, alias de “Los Huevones”.
El calor a madres.
Las jardineras están que hierven de pensionados.
Son los veteranos que todos los días vienen a la plaza para gastarse, dilapidar, los últimos días que les quedan de vida.
Y ni el coronavirus ni los policías que rondan la plaza los paran.
SEGUNDO DÍA DE LA CUARENTENA
La televisión ha anunciado a primera hora el lanzamiento de un programa que el gobierno ha bautizado como “Susana Distancia”, y que tiene la finalidad de evitar la propagación del virus.
Y ni así los puestos de boleros con sus boleros; ni las prostitutas que suelen merodear por la plaza a plena luz en busca de clientes; ni los vendedores de pastillas psicotrópicas o chips para celular, dejan de trabajar.
En las esquinas de la plaza hay siempre un limosnero tumbado en suelo, sin pierna, que pide limosna.
¿Y quién los va a mantener?
Más tarde, por la tarde, los tercos paseantes de la Plaza de Armas miran a don Pitoco bailar con sus títeres bailarines.
Hoy parece que el público de don Pitoco y sus marionetas está escaso. Sí nos ha afectado mucho esta pandemia, yo digo: “ojalá que inmediatamente se encuentre la cura y se aliviane la gente”.
- ¿Y qué va a hacer cuando ya no haya nadie en las calles?
- La escoba no me da miedo, ir a pedir trabajo al municipio de barrendero, limpiando todo eso… Pedir chamba.
No tuvo mucho estudio. Hasta sexto nomás.
- La misma necesidad.
- Se va a encerrar, ¿no?
- No.
¿Será que ahora sí la ciudad se va a quedar vacía de gente?
- Es nomás pa’ la foto.
Grita don Pitoco y se ríe cuando ve a unos hombres vestidos como astronautas que rocían agua con cloro, aspersor en mano, sobre las bancas de la plaza, dizque pa’ matar el virus.
Pero, ¿y a don Pitoco quién le va a matar el hambre?
Epílogo.
Miércoles.
Tercer día de la cuarentena,
Y don Pitoco no aparece por ninguna parte.
Ni en la Plaza de Armas.
Ni en la Plaza Acuña.
Nadie lo ha visto.
Nadie sabe de él.
Y todo está bien.
No hay pedo…
Mientas siga vivo…