¿Los divorcios te condenan al infierno? Un grupo de Parejas y sacerdotes demuestran que no

Jesús llegó al grupo hace dos años y medio por iniciativa de Mercedes, su esposa en segundas nupcias
Foto: Luis Salcedo

Jesús llegó al grupo hace dos años y medio por iniciativa de Mercedes, su esposa en segundas nupcias.

“Si yo estoy en esto… es por ella”, suelta.

Mercedes tenía la intención de pertenecer a alguna comunidad donde ambos fueran aceptados tal y como son.

Y la encontraron. 

Cuenta Jesús una de esas noches en las que suele venir con Mercedes a este restaurante modernista de un complejo comercial del nororiente de la ciudad, y hacer un alto en el camino, una pausa en el día, tomar un café, un respiro, darse un tiempo para ellos... 

Antes de renunciar a su trabajo, vender sus cosas, salir de El Salvador y venir a Saltillo para casarse con Jesús, 52 años, divorciado y en vías iniciar el proceso para conseguir la nulidad de su matrimonio por la iglesia, Mercedes, viuda, 49 años, fue donde su asesor espiritual a pedirle consejo. 

“Me dijo, ‘tienes que tomar en cuenta que no te vas a poder confesar, no vas a poder comulgar, no vas a poder, que vas a estar en pecado’, y que mi nivel de compromiso tenía que ser mayor y mucho más serio y fuerte, porque, me decía, si el primer matrimonio es difícil, el segundo matrimonio, con hijos ya casi adultos, es todavía más”.

Mercedes había estudiado en un colegio católico y contemplado de carca la obra social de la iglesia católica de su país en favor de los sectores vulnerables: madres soletas, niños de la calle, discapacitados, divorciados vueltos a casar. 

“En mi vida personal, en los momentos más difíciles siempre he estado de la mano de María Auxiliadora y yo decía ‘ay no puede ser’, si de por sí es difícil un matrimonio, ahora un matrimonio como el nuestro… todavía debe ser más complicado. Yo creo que es importante tener a Dios cerca, para mí siempre ha sido prioritario…”.

“Decía yo ‘ay, necesito que alguien, por lo menos, me ayude, me oriente. Sentirme parte de una comunidad, donde pueda expresar mis dudas y mis inquietudes con relación al matrimonio”
Mercedes

“Ahora, - dice Jesús -, es cuando realmente sentimos que no comulgar es algo muy, muy duro, no tener el momento de confesarnos y comulgar... Hay personas que sienten que la iglesia los relega y eso es muy doloroso. Antes no le dábamos ese valor, aprecias una cosa hasta que no la tienes, no aprendemos que si no estamos cerca de Dios… y ahora sí sentimos esa ausencia”.

Mercedes sabía de la existencia de un grupo en El Salvador que se llama de Divorciados Vueltos a Casar (DVC), y ahí preguntó si acaso en México habría uno igual, le dijeron que en Monterrey.

Después alguien le contó que en Saltillo había una congregación de divorciados vueltos a casar, que cada semana se juntaba en iglesia de la Divina Providencia para estudiar y reflexionar sobre su situación. 

“Decía yo ‘ay, necesito que alguien, por lo menos, me ayude, me oriente. Sentirme parte de una comunidad, donde pueda expresar mis dudas y mis inquietudes con relación al matrimonio”, dice Mercedes.

Una vez que Mercedes hubo viajado a Saltillo, acompañada por sus dos hijos jóvenes, y contraído matrimonio con Jesús, la pareja buscó al grupo de Divorciados Vueltos a Casar.

Foto: Luis Salcedo

“Me dieron el número de teléfono de la parroquia de la Divina Providencia, hablé con la coordinadora y nos invitaron a la primera reunión”.

Fue así que Mercedes y Jesús llegaron a esta comunidad, la primera, y única, en Saltillo, nacida hace cinco años y a la que asisten ocho parejas de todos los estratos sociales cuyas edades fluctúan entre los 30 y 50 años de edad. 

A partir de entonces la vida de Jesús y Mercedes cambió. 

 “Tienes que empezar a conocer, a aprender que estás mal, que estás en pecado, pero que somos hijos de Dios.  que Dios es misericordioso y tenemos derecho a ser felices. Hasta el mismo Papa (Francisco) ha dicho, ‘si no son felices, búsquense otro, otra, pero sean felices, Dios quiere gente feliz, no quiere gente amargada’”, dice Jesús.

“Para mí – lo secunda  Mercedes - estar en el grupo de Divorciados Vueltos a Casar, aunque suene un poco a cliché, es entender que hay una comunidad muy grande que está pasando por las mismas dificultades que nosotros y que somos aceptados, que tenemos un lugar, que tenemos un llamado, que tenemos una misión para tratar de lograr nuestra salvación, a pesar de que sabemos que no podemos confesarnos, que no podemos comulgar, pero que eso no impide que seamos responsables de trabajar por nuestra salvación. La iglesia no está para juagar, si no para recibir a todas las ovejas descarriadas, en este caso nosotros somos ovejas descarriadas, yo por haber aceptado y él por haberme buscado”.

30 años atrás Mercedes Herrera y Jesús Lara, ambos egresados de la Universidad “Antonio Narro”, se habían conocido mientras él trabajaba en la Comisión Nacional de las Zonas Áridas y ella realzaba sus prácticas profesionales en dicha dependencia. 

“Fuimos muy buenos amigos, nos conocimos todavía solteros, pasamos mucho tiempo juntos, pero nunca fuimos más que amigos. Tenemos muy buenas aventuras, muy buenas historias, muchas fotos de ese tiempo”, dice Mercedes, la sonrisa a flor de labios. 

Al cabo de algunos meses Mercedes regresó a El Salvador, de donde es originaria, y la pareja dejó de verse por largo tiempo.

Hasta hace cuatro años que se reencontraron, primero por medio del milagroso internet y luego durante un viaje de trabajo que hizo Mercedes a México.

Platicaron, platicaron, platicaron y seis meses más tarde Jesús le propuso matrimonio.

“Me convenció fácilmente, en seis meses…”, dice Mercedes.

Pero ya no eran los mismos.

Foto: Luis Salcedo

Mercedes había enviudado siendo muy joven y procreado con su marido un hijo y una hija.

Jesús se había divorciado, luego de un matrimonio de 16 años, donde imperó la violencia verbal en ambos flancos, y ahora tenía un hijo y una hija adolescentes.

Con todo y eso se casaron.

“Conociendo la experiencia de otras parejas que eran divorciadas vueltas a casar, la oportunidad que el grupo les daba, me parecía que era necesario para nosotros poder afrontar aquí las diferencias, las dificultades, el acoplamiento, sobre todo porque son sus hijos, mis hijos, dos culturas, dos países, dos costumbres, dos educaciones distintas"

“Y como pareja, si para algo nos ha servido la comunidad, es para entender que lo más importante y lo principal es valorar a la pareja que tenemos, la oportunidad que se nos ha dado de tener un matrimonio en el cual nos sintamos plenos y que no estamos solos en este nuevo caminar, que hay muchos matrimonios que nos acompañan”, dice Mercedes. 

Pero mientras vivió como divorciado solo Jesús supo lo que era la discriminación, cargar con el estigma social de un matrimonio fracasado.

“Alguna vez me dijo un amigo, ‘ora que te cases te invito a la piñata de mis hijos, mientras no…’.  Ya estás divorciado, la gente dice ‘¿por qué se divorciaría?, a lo mejor es golpeador, desobligado. A lo mejor no le cumplía a la mujer’ y sietes la discriminación…”.

Es otra noche en casa de Martha Iliana Hernández Saucedo y José de Jesús Reyes Ávila, los esposos coordinadores de la comunidad de Divorciados Vueltos a Casar, en Saltillo. 

“La comunión espiritual por medio del hermano necesitado”
, dice Iliana.

José, 44 años, y Martha, 46, están sentados a la mesa del comedor con frutero, detrás la imagen de la Última Cena.

“Dices ‘ay, son imágenes’, pero inspiran, por eso en nuestra recámara tenemos el Cristo…”.

Iliana platica del día que en la iglesia un sacerdote le dijo que por vivir en adulterio estaba excomulgada.  

Ella se había casado por vez primera, ante un cura y un juez, cuando tenía 18 años. 

Sólo, como hacen tantas muchachas, para salir de su casa, huir de los problemas que había en el seno de su familia. 

Cuatro o cinco años después de vivir el infierno de alcoholismo de su entonces marido, de la violencia verbal, física y sexual, a la que era sometida, Iliana se divorció. 

Del matrimonio aquel habían nacido un chico y una nena. 

“Cuando a mí me preguntaron ‘¿aceptas casarte?’, me dio un miedo tremendo, fue donde me cayó el veinte de que a lo mejor ni siquiera estaba consciente de lo que hacía. Todo ser humano cuando nos casamos, nos casamos con la ilusión de que sea para toda la vida. Desgraciadamente en mi caso no fue así y quienes más sufren son nuestros hijos. Es una cicatriz que llevan para toda su vida y sé que ellos tal vez nunca puedan superar el divorcio de sus padres”, dice.

Años más tarde Iliana y José se conocieron por internet, a través del ahora antiguo, pero mágico, messenger que a tantas parejas unió y a otras desunió.

José, que se había casado por todas leyes, tomó la decisión de terminar su relación cuando sintió que ya no era capaz de soportar más la violencia recíproca de golpes y palabras que vivía con su otrora esposa, violencia de la que cada día eran testigos sus dos hijas pequeñas.

“Buscamos ayuda con los medios que teníamos al alcance y no fue posible, ya era insostenible la relación. Buscamos ayuda con profesionales, terapeutas, iglesia, pero era una situación ya muy avanzada y ya no pudimos hablar. No era sano para nuestras hijas ver eso en casa, 

Les estábamos causando muchos daños a los hijos y no piensas en ellos cuando está en esa situación. Eso nos llevó a tal grado que decimos mejor separarnos”, narra José.

Luego vino lo del encuentro de Iliana y José en la red.

“Nunca nos mandamos fotos en un año que estuvimos platicando. Hablamos de nuestros problemas, era nuestra salida… Nunca nos conocimos físicamente, yo no sabía cómo era ella y ella no sabía cómo era yo. Hasta que tuvimos una relación muy cercana que lo primero era platicar con ella mis broncas y ella conmigo”.

Foto: Héctor García

Transcurrido un año José e Iliana, que ya estaban divorciados de sus respectivas parejas, resolvieron conocerse.

“Era la necesidad de ser escuchados de comprensión. Los dos estábamos pasando por una misma situación, los hijos con el dolor, nosotros con la impotencia de no poder hacer algo más. Creo que fue lo que nos unió como pareja.

“Cuando lo empecé a conocer a él vi que era una forma diferente de tratarme, de pensar, que a lo mejor siempre anduve buscando: el respeto, la protección. Sigo creyendo en la familia, por eso es que tengo un segundo matrimonio”, relata Iliana.

Andando los días Iliana y José se pusieron a vivir juntos y luego de cinco años se casaron por lo civil.

En 15 años de relación procrearon dos hijas en común.

Iliana, que nunca había dejado de asistir a la misa dominical, se sintió extraña cuando los feligreses de la parroquia de su barrio la vieron entrar con José, su nuevo esposo.   

“Sabían que me había divorciado y el aparecer en la iglesia con otra persona sí me daba cierta pena, porque había roto el sacramento del matrimonio”.

Iliana buscó por algún tiempo un colectivo religioso al cual integrarse para satisfacer sus necesidades espirituales. 

“Me sentía triste, que me faltaba algo, a pesar de que, gracias a Dios, económicamente no me faltaba el alimento, lo básico. Tenía a mi familia, a mis hijos, yo sentía un vacío, no me explicaba ni por qué, pero llegué a sentir incluso depresión”.

“Tenía la necesidad de acercarme a la iglesia, de acercarme a Dios, de sentirme parte de la iglesia. Entonces yo buscaba, de hecho había buscado en una comunidad de matrimonios, pero ahí nos dijeron que esa comunidad no era para nosotros, porque no estábamos casados por la iglesia”.

Hasta que encontró una comunidad de señoras llamado Apostolado de la Cruz, en la que un sacerdote brindaba acompañamiento.    

“Yo le tuve que explicar al padre que era divorciada vuelta a casar. Ahí nos entregaban una cruz que nosotros nos comprometíamos a llevar con amor, servicio. A mí no me la pudieron dar porque yo era divorciada vuelta a casar y yo lo acepté así, pero en un momento sí sentí mucho que el padre me dijera que yo no podía estar ahí porque era como si le estuviera dando cachetaditas a Jesús.

“Yo me sentí muy triste, tomé consciencia y le dije ‘padre, sé que pequé, pero yo sé que Jesús así me ama, aunque yo siga en ese pecado, porque usted dice que sigo en ese pecado, pero yo sé que Dios a sí me ama’. Me dijo que no podía recibir la cruz. Llegué con mi esposo y le conté que me sentía muy triste; que si nos separábamos mejor, pero ya teníamos una hija. Mi esposo me decía que él no creía que Dios estuviera enojado de esa manera, para que nosotros nos separáramos”.

Tiempo después Iliana encontró consuelo en las palabras que le dijo un cura Juanino:

“Me decía ‘tienes que buscar la nulidad (del matrimonio por la iglesia), porque es tu obligación para que puedas tener el sacramento, pero no quiere decir que no puedas seguir perseverando en el amor de Dios, que no puedas seguir sirviendo a la gente, que no puedas segur yendo a la iglesia y estar en comunión con Dios, por medio de tu hermano necesitado’”.

Cierto día una compañera de trabajo le dio un volante que anunciaba un retiro organizado por la Pastoral Familiar de la iglesia católica, dirigido a personas divorciadas vueltas a casar, o en situación irregular, como ella y José.

Nos ayudó conocer gente igual y poder compartir muestras experiencias para mejorar en lo personal y en lo espiritual”.
Raúl Moreno

Primer Retiro Conyugal para Divorciados Vueltos a Casar, leyó Iliana en el folleto.

“Me interesó mucho, invité a mi esposo y vivimos el retiro. Fue una decisión que tomamos pensando en nuestros hijos. Cómo está la situación, es acercarlos a algo bueno, a algo que sabemos que tiene buenos fundamentos y educar a los hijos en la fe también es muy importante para nosotros”, dice Iliana.

En mayo de 2015 surgió en Saltillo la comunidad DVC, Divorciados Vueltos a Casar, que empezó con 10 parejas, entre las que se encontraban José e Iliana, mismos que a la postre fueron nombrados coordinadores del grupo. 

“Tuvimos acompañamiento de un matrimonio de otra comunidad, eran sacramentados, casados por la iglesia, y nada más estaban como apoyo para que esto comenzara a funcionar. y después de eso, ellos, con toda la comunidad, nos nombraron coordinadores de la comunidad DVC.

“Nos dieron acompañamiento en un principio – dice José -, para que pudiéramos empezar a reunirnos, darnos un esquema de trabajo, de reuniones, un plan de trabajo para ver hacia dónde íbamos a ir con la comunidad. Era algo totalmente nuevo en Saltillo. No teníamos experiencia, no había literatura en ese momento”. 

Pronto el grupo hizo del libro “Proyecto de vida. Atención pastoral para los divorciados y vueltos a casar”, escrito por el Pbro. Alfonso Gerardo Miranda Guardiola, obispo auxiliar de Monterrey y principal impulsor de estos grupos en México y Estados Unidos, su manual y guía. 

“En el material que tenemos vienen citas bíblicas en donde se nos habla de un tema, por ejemplo, la comunión, y dice que no podemos acceder, pero también dice cómo podemos acceder al resto de la gracia de Dios, con el servicio; ‘el que recibe al necesitado me recibe a mí’. Ese tipo de citas en las que nos dan el mensaje de que podemos hacer muchas codas. Nos quedarnos en que somos divorciados y ya no podemos hacer nada, al contrario, tenemos muchas cosas que hacer. Pese a nuestra situación podemos hacer muchas cosas que no sabíamos”, dice Iliana. 

Hasta entonces José e Iliana eran de las personas o matrimonios que se sentaban en las últimas bancas de la iglesia,

“Nos sentíamos que no podíamos estar ahí o participar, por lo que sabíamos, por lo que la gente te dice”, cuenta José.

Por fin la pareja, junto con los demás matrimonios del grupo, había encontrado un espacio donde se sentía acogida y comprendida. 

El padre Arturo Álvarez, párroco de la iglesia de la Divina Providencia, ubicada en la colonia Europa, abrió las puertas del templo a los DVC para sus reuniones, en una época en la que el tema de los divorciados vueltos a casar era espinoso.   

El caminar de esta comunidad, sin el acompañamiento de un sacerdote, había sido difícil.  

“Éramos nosotros solos. Todavía no cualquier sacerdote acepta a una comunidad de divorciados vueltos a casar”.

Tampoco el grupo formaba parte de algún organismo de la iglesia católica, hasta que hace dos años la Pastoral Familiar de la Diócesis de Saltillo decidió integrarlo.  

“Fueron tres años de andar, ahora sí que, picando piedra, de andar caminando solos”, relata José. 

De las 10 parejas que habían salido de aquel retiro de DVC y formado la comunidad, a las reuniones asistían  tres matrimonios, dos matrimonios, a veces sólo Iliana y José.

“En una ocasión estábamos él y yo, y sólo él y yo estábamos, entonces yo volteé a verlo y él se puso a orar, me hinqué en ese momento y… sí, lloré porque me daba tristeza de que… No era tanto la frustración sino la tristeza de saber que estábamos ahí y de que nos sentíamos solos. Le llegué a decir   a Dios que estábamos ahí sirviendo y que dónde estaba la respuesta. Pasó esa noche y a la siguiente semana empezaron a ir matrimonios”, cuenta Iliana.

Gracias al apoyo de la Pastoral Familiar para realización de los retiros y la difusión de esta comunidad, más dvc llegaron al grupo. 

“Para nosotros era un servicio poderles compartir a las personas en esos retiros lo que ya habíamos vivido y que ellos pudieran tomar ese testimonio de vida como algo que también podían hacer”.

Actualmente al grupo de DVC asisten ocho matrimonios que se han consolidado, a lo largo, de cinco años como una familia. 

“Somos una comunidad muy fraterna, una familia, hemos hecho muy buena relación”, dice José.

Los divorciados vueltos a casar descubrieron que pese a su condición había una esperanza.

En esta comunidad las personas divorciadas vueltas a casar, aprendieron que, si no podían confesarse o comulgar, por mandato de la iglesia, tenían la opción de realizar un apostolado, una obra de caridad, en favor de la gente que vive en desventaja, y conseguir así la comunión, si no sacramental al menos espiritual.

“La comunión espiritual por medio del hermano necesitado”, dice Iliana.

Así, las familias de la comunidad DVC  se impusieron, entre otros servicios, la misión, de llevar la cena, una vez al mes, a los migrantes de la Casa Belén. 

“Participamos en actividades junto con nuestra comunidad de iglesia en Semana Santa, en tiempo de Navidad. Siempre nos incluye el sacerdote”.

Sin embargo, la obligación inminente de las personas que forman parte de este colectivo, es acercarse al Tribunal Eclesiástico para iniciar su proceso de nulidad de su anterior matrimonio por la iglesia.   

“Como cristianos tenemos la obligación de buscar esa nulidad, si realmente existió y en el caso de que no se diera, seguir perseverando en el amor de Dios, en la comunión con Dios por medio del hermano necesitado.  A final de cuentas nuestra meta es Jesús, Jesús va más allá, inclusive de un sacramento”, dice Iliana.  

José dice que para ello la comunidad cuenta con el apoyo del Tribunal Eclesiástico, cuyos tiempos en el dictamen de sentencias son cada vez más cortos.

“En la iglesia no existe el divorcio, Es un proceso que se tiene que llevar con un sacerdote, un tribunal eclesial, en donde estudian tu caso, cuáles fueron las condiciones en las que te casaste por la iglesia, para ver si tu matrimonio fue válido o inválido. Hay ocasiones en que nos sentimos tristes porque quisiéramos acceder a la comunión, pero tenemos que ser obedientes a nuestra fe”, dice José.

Por lo pronto, la idea es que las parejas que ahora integran esta comunidad y que provienen de diferentes sectores de Saltillo, vayan a sus colonias a formar pequeños grupos de dvc.

“Ir y formar estas comunidades donde haya necesidad. Sabemos que desgraciadamente cada vez hay más divorcios…”.

Es de noche en el salón San Jorge, parroquia de la Divina Providencia, y a Christian María Cortés Luna, 44 años, le viene el recuerdo de cuando era niña y se sentaba en la ultima banca de la iglesia, con su madre divorciada.    

“Yo soy hija de padres divorciados y supe lo que es criarme en la última banca de la iglesia. Los divorciados no podían dar catecismo, los divorciados no tenían derecho a una cristiana sepultura, los hijos de los divorciados tenían que mantener cierta distancia… Esa situación estigmatizó mucho a las personas que se divorciaban”.

Dice Christian que ahora está sentada con Raúl Moreno, su esposo, delante de un Cristo crucificado de tamaño natural.

“Es una maravilla que nuestra iglesia respetando el evangelio, el origen del matrimonio, como misterio divino, haya considerado la atención para estas familias y para estos matrimonios, no como personas no gratas para la iglesia, sino como personas que necesitan de su iglesia para seguir caminando”, 

“Encontramos una guía que nos permitiera poder encontrar a Dios de una manera más inmediata y una claridad. El divorciado vuelto a casar sigue en la iglesia y hay muchas posibilidades de seguir creciendo y que no nos apartamos de Dios. Hay formas de participar en ella y ella nos acoge para seguir creciendo en lo espiritual e incluso en lo social”, dice Christian, 44 años.

Raúl, un divorciado, y Christian, que nunca se había casado, se conocieron por internet e iniciaron un noviazgo en 2010, a sabiendas de lo que implicaba su relación.

Hacía tiempo que Raúl, 47 años, se había separado de su anterior pareja por lo civil, pero seguía casado con ella por la iglesia.

“Como formación cristiana teníamos el antecedente de que formar un matrimonio de nuevo, después de un divorcio, era una situación irregular y eso causó muchos conflictos en el noviazgo, porque sabíamos que podíamos ofrecernos un noviazgo, pero no un matrimonio”, duce Christian.

El primer matrimonio de Raúl, en el que existía una hija de por medio, simplemente no había funcionado porque “no hubo una concordancia mutua, una forma de vivir mutua, una ayuda mutua”, y Raúl deseaba rehacer su vida al lado de otra mujer.

“Buscaba más que una persona, que esa persona me diera el acceso con Dios, que es lo que se busca en un verdadero matrimonio, la unión del hombre y la mujer en la búsqueda de Dios”.

Al final Christian y Raúl decidieron casarse por lo civil.  

“Fue difícil tomar la decisión, pero nos atrevimos a dar este paso encomendados siempre a Dios en el camino y en la petición que hicimos de que él tomara nuestra decisión de vivir unidos en matrimonio no sacramental”.

Un día la madre de Christian les llevó un volante en el que se promovía un grupo que se hacía llamar de Divorciados Vueltos a Casar.

“Dios nos fue mostrando poco a poco su misericordia y nos enteremos lo que la iglesia tiene para las parejas como nosotros. El culmen fue, después de casi dos años de casados, enterarnos que existía esta comunidad de Divorciados Vueltos a Casar, que forma parte de la Pastoral Familiar”. 

Habla Raúl Moreno, el esposo de Christian:

“Nos ayudó conocer gente igual y poder compartir muestras experiencias para mejorar en lo personal y en lo espiritual”.

Christian dice que el grupo les ha permitido enriquecer su matrimonio, les dio serenidad y dejaron de sentir culpa.  

“Sentirnos verdaderamente amados, acogidos por nuestra iglesia”.

Hoy Raúl es una de las personas en la comunidad DVC que ha iniciado el proceso para la nulidad de su anterior matrimonio por la iglesia y ahora sólo aguarda la resolución el Tribunal Eclesiástico.  

Foto: Héctor García

No se van a ir al infierno 

El padre Maurino Salas Gámez, es uno de los guías espirituales del grupo DVC, párroco del templo de Santa María Magdalena y colaborador en el Tribunal de la Iglesia, como defensor del vínculo.

“Yo no soy juez, no los juzgo, simplemente lo que voy a hacer es ayudarles para que ustedes se santifiquen, que ayuden a la santificación de su familia y den testimonio de lo que es el matrimonio para siempre…   

“En ese sentido se invita a la comunidad a que no los juzgue, ellos van a ser juzgados por Dios y qué bueno que el juicio de Dios va a ser en base al amor, por eso a ellos se les pide hagan obras de misericordia, manifiesten cuánto aman a Dios, porque a fin de cuentas serán juzgados por el amor, no por otra cosa, ya no si se casaron o no por la iglesia. Y no están condenados, no se van a ir al infierno…”.  

Dice el padre Maurino una tarde en su oficina de la parroquia, colonia Miguel Hidalgo.

Y dice que cada vez es más urgente que los pastores de la iglesia atiendan el tema de los divorciados vueltos a casar.

Yo no soy juez, no los juzgo, simplemente lo que voy a hacer es ayudarles para que ustedes se santifiquen, que ayuden a la santificación de su familia y den testimonio de lo que es el matrimonio para siempre…
Padre Maurino

“Es una necesidad urgente y más porque está aumentando el número de divorcios, y al hablar de divorcios estamos hablando de separación de matrimonios en la iglesia que vuelven a tener una unión posterior y si es una necesidad tenemos que ayudar a solucionarla”.

Por eso es que en Santa María Magdalena se está organizando un retiro, del 27 al 29 de marzo, dirigido a los divorciados vueltos a casar.

“Es una problemática que cada vez va creciendo, Y aunque vivan una situación que contradice lo que enseña la iglesia, la iglesia no deja de considerarlos hijos muy amados de Dios. Para la iglesia siempre van a ser hijos muy deseados de Dios, muy amados de Dios”.

Además, la parroquia tiene el proyecto de ampliar el apostolado de dinámicas matrimoniales para incluir a los divorciados vueltos a casar.

“Mi intención es ayudarles a santificarse, ayudarles a buscar vías de santificación, incluso si fuera necesario ayudarles en su proceso de nulidad para que ellos pudieran introducir su causa al Tribunal, pero el objetivo del apostolado es que ellos descubran que pueden ser santos, que pueden santificarse, que son miembros de la iglesia y deben participar en ella, no alejarse.

“No es que se consideren fuera de la iglesia, no es que se consideren excomulgados porque no lo están, simplemente no pueden comulgar, no pueden recibir la comunión eucarística, pero pueden recibir la comunión espiritual. No es correcta la afirmación de que viven en adulterio o que viven en pecado”.

La iglesia, dice el padre Maurino, no juzga el fracaso de los dvc, los acoge con amor, 

“Sin embargo la iglesia les pide que se acerquen a su sacerdote para que los aconseje, porque muchas veces en el fracaso de este matrimonio… puede haber algunas situaciones que, si se estudian a profundad, sobre todo a través del Tribunal de la Iglesia, pudiera considerarse nulo el matrimonio y entonces hacer un proceso en el Tribunal para declarar que el matrimonio no valió, y ahora así casarse válidamente con la nueva pareja”.

Foto: Héctor García