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El lío romano; descubra por qué el año comienza el 1 de enero
La historia de nuestro calendario, el más usado del mundo, es el resultado de aproximaciones sucesivas entre el año civil y el año astronómico.
El día y el año tienen su fundamento en el movimiento de la Tierra sobre sí misma (día) y en su recorrido alrededor del Sol (año).
No obstante, el mes y la semana son unidades de tiempo basadas en el ciclo lunar. Por cierto, la semana es una unidad intermedia muy conveniente para organizar los días de trabajo y de descanso.
El laberinto romano
En la antigua Roma, varios siglos antes de nuestra era, el año era una sucesión de diez meses, comenzando con marzo, Martius (dedicado a Marte); y seguido por Aprilis (del latín aperire, abrir, en referencia a los brotes vegetales), Maius (por la diosa Maia), Junius (por Juno), Quintilis (el mes quinto), que luego se cambió a Julio, seguido por Sextilis (el mes sexto),que luego se cambió a Augusto o Agosto, seguido por September (el séptimo mes), October (octavo), November (noveno) y December (décimo).
El año comenzaba el primer día de Marzo (en las calendas de marzo), bajo los auspicios de Marte, el dios guerrero, pues esa era la fecha que marcaba en Roma la designación de los cónsules para que se pudieran iniciar las campañas militares.
Marzo era, pues, el mes en que iniciaba el año, un hecho que coincidía con en el movimiento cosmológico, ya que la Tierra inicia su recorrido alrededor del Sol, el día del equinoccio, que ocurre entre el 20 y 21 de marzo.
Pero los meses comenzaban siempre en Luna Nueva, algo difícil de precisar, porque al inicio de esa fase la Luna no siempre es visible.
Además, como el año era mucho más corto (menor de 350 días), cambiaba el inicio de las estaciones, lo que creaba muchos inconvenientes.
Para evitar este problema, se intercalaban meses adicionales lo que se prestaba a un gran desorden. Los pontífices romanos (que eran los encargados del calendario y de presidir las ceremonias religiosas) alargaban y acortaban los años a su conveniencia.
Enero sube al primer puesto
Numa Pompilius (el segundo Rey de Roma, después de Rómulo) trató de ajustar el calendario romano a las estaciones añadiendo de manera permanente dos meses al final del año: Ianarius, enero (dedicado a Jano, que sería el mes 11) y Februarius (de februare, purificación, que sería el mes 12). Pero, puesto que las campañas militares alejadas de Roma requerían nombrar los cónsules con suficiente antelación, enero y febrero se usaron para encabezar el calendario como los meses 1 y 2, respectivamente. No obstante, aún así el año seguía siendo demasiado corto (de 355 días) por lo que ocasionalmente se introducía un decimotercer mes.
César bien asesorado
Fue Julio César (102 – 44 aC) quien en el 45 antes de Cristo (año 708 de Roma) decidió realizar una reforma definitiva del calendario. Encargó el trabajo al prestigioso astrónomo griego Sosígenes, que vivía en Alejandría. Sosígenes se despreocupó de la Luna y ajustó la duración de los meses para fijar la duración total del año en 365.25 días (365 días más ¼ de día), es decir, unos 11 minutos más corto que el ‘año trópico’ (el calendario de las cuatro estaciones, que dura 365.2422 días), transformando así el calendario de lunar a solar.
Puesto que resultaba conveniente que el año tuviese un número entero de días, se fijó el año ordinario en 365 días (como el de los egipcios) y para que no se desfasara de las estaciones se decidió intercalar un día extra cada cuatro años (ese día se intercalaba en febrero y constituía el llamado año bisiesto).
Posteriormente, el mes Quintilus fue renombrado Julius (en honor a Julio César) y el Sextius pasó a llamarse Augustus (por Augusto) pero, por inercia del lenguaje, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre conservaron sus nombres, lo que hoy nos resulta absurdo por la posición que ocupan en el calendario.
Reticencias con Enero
El nuevo calendario, denominado juliano en memoria de Julio César, permaneció válido durante más de dieciséis siglos. Pero durante muchos de esos siglos, los católicos se resistieron a celebrar el principio del año en un mes dedicado a una deidad pagana: Ianarius, enero (dedicado a Jano). Y aquí fue donde entró en escena la fuerza de la religión.
En la Edad Media, diferentes pueblos de Europa tenían por costumbre celebrar el principio del año en fechas de significado religioso. Dependiendo de la nación europea, se utilizaba la Navidad (el año comenzaba el 25 de diciembre), la Encarnación (el año empezaba el 25 de marzo), o la Pascua (el año comenzaba el domingo siguiente a la primera Luna Llena de la primavera). Y en algunos estados (por ejemplo en Polonia, se utilizó El Día de la Circuncisión del Señor (ocho días después del Nacimiento), lo que llevaba a que el año comenzara el 1 de enero, como ahora sucede.
De acuerdo a la tradición judía, un varón inicia su vida religiosa el octavo día después de su nacimiento. Y puesto que a Jesús se le atribuyó haber nacido el 25 de diciembre, contando ese como el primer día, el 1 de enero sería el octavo día (el día de circuncidarlo).
Así fue como el 1 de enero se convirtió en el Día de la Circuncisión del Señor y en el Primer Día del Año de nuestro calendario.
El inicio del año el 1 de enero se hizo obligatorio en muchos estados europeos a partir del siglo XVI. Se impuso en Alemania por un edicto de 1500; Carlos IX lo decretó en 1564 en Francia y entró en vigor en 1567; en España se generalizó hacia el siglo XVII y en Inglaterra hubo que esperar hasta 1752.