Crónicas desde la casa roja en Saltillo: hacen de una ruina la base de sus sueños

Sobre el bulevar Fundadores, a la altura de la colonia San José de los Cerritos, un matrimonio y sus hijos ocuparon un inmueble para formar un hogar
Expuestos. El inmueble que la familia de Luis Javier habita tiene demasiados flancos abiertos. Fotos: JESÚS PEÑA

TEXTO Y FOTOS: JESÚS PEÑA

No es muy grande.

Apenas un cuarto rectangular pintado de rojo con tres agujeros en la barriga.

El primero donde antes hubo una ventana.

El segundo donde antes hubo una puerta.

Y el tercero donde antes hubo otra ventana.

Ahora solo hay agujeros.

Como si el cuarto hubiese sido reventado por un misil, un tornado, qué sé yo.

Allí, en esos cascotes vive una pareja, una familia: Luis Javier Hernández, Yoana Ceballos Zárate y sus dos hijos, Mario y Aranza.

Tres meses hace que llegaron a vivir ahí, si a esto se le puede llamar vivir, acá, a esta ruina de cuarto que está en los márgenes del bulevar Fundadores, a la intemperie de un campo alfombrado de maleza, al costado de la Ciclovía, junto a un greñudo pirul, cerquita de un puente peatonal, a la altura de la colonia San José de los Cerritos.

Antes Luis, 24 años, Yoana, 28, y sus 2 nenes, Mario de 10 y Aranza de tres, vivían en el barrio de la Ciudadela, en La Aurora, de renta.

 

Desde que estamos aquí nomás se asoman, pero no se meten”.
Yoana.

LO QUE DEJÓ ATRÁS

Era una casa con sus cuartos y tenía un patio grande donde jugaban los chicos.

Había allí un poco de muebles, ropa, comida, lo indispensable para vivir.

Hasta que un día despidieron a Luis de su trabajo. Luis trabajaba como guardia de seguridad para una compañía de guardias de seguridad, y se quedó sin trabajo.

Entonces ya no pudo pagar el alquiler de la casa donde habitaba, se acabó la plata y la comida…

El rentero le dio 15 días para salirse.

Luis, Yoana, Mario y Aranza, caminaron y caminaron y caminaron por la ciudad, como judíos errantes, buscando dónde meterse.

“Son muy caras las rentas aquí”, dice Luis.

Una mañana, faltando una semana para que los desalojaran, dieron con estas abandonadas ruinas de cuarto a la vera del bulevar que a todas horas es un infierno de carros. Empezaron a preguntar a los vecinos de acá si conocían al dueño.

Y no, nada.

Que se metieran ahí, les dijeron, que no había problema. 

Y ellos, que no tenían dónde vivir ni dinero para rentar una casa, se metieron.

Inocencia. Los hijos de esta pareja no parecen pasarla del todo mal, comer, jugar y dónde dormir son sus únicas preocupaciones. JESÚS PEÑA

ADAPTARSE A LA PRECARIEDAD

La cosa no fue tan fácil.

El cuarto estaba hasta la madre de escombros y de ropa sucia.

“Era pura ropa sucia de orines y todo”, narra Yoana,

Luis y Yoana tenían miedo que entre la ropa y el escombro hubiera culebras, ya fueron moviendo y sacando y no.

El cuarto no tenía ni tiene luz ni agua ni baño. Luis y Yoana y los niños van al baño en una cubeta y luego piden permiso a algún vecino para tirar los desechos en el sanitario y los vecinos les dan permiso.  

“Es lo más higiénico que se puede hacer en estos casos”, dice Luis.

Antes Luis y Yoana iban hasta unas tapias donde había un excusado conectado el drenaje y ahí tiraban, pero como ya bardaron las tapias pues…  Ahora van con sus vecinos…

Yoana la esposa de Luis lava la ropa con el agua de un registro de agua que hay afuera del cuarto y sobre cuya tapa friega las prendas.

“Han de decir ‘pinche vieja loca…’”, dice.

La familia se baña con el agua del registro en una pieza mínima, sin techo ni puerta, que hay al fondo de la casa, Luis le puso un techo provisional con lo que encontró y una sábana que oficia de puerta.  

LA VIDA A MEDIA LUZ

Se alumbran las noches con una veladora.

Cocinan con leña, para no gastar en gas.

Y para espantarse los mosquitos prende un cartón de huevo, de esas charolas de cartón donde se ponen los blanquillos, para que haga humo y se vayan los mosquitos.

Y se van.

Los vecinos les contaron que antes el cuarto había sido madriguera de vagabundos y drogatas que lo ocupaban para venir a hacer sus loqueras.

Cuando llegaron aquí la gente se les quedaba viendo raro, pero ya no.

“Han de haber dicho ‘pinches borrachos’”, lucubra Yoana.

“De que le den mal uso… a nosotros nos sirve para dormir”, la secunda Luis.

Luis y Yoana se pusieron a limpiar el cuarto.

Sacaron todo el escombro, la ropa sucia, y metieron los pocos muebles que tenían: un ropero, dos colchones, tres sillas, una parrilla….

Huelga decir que terminaron agotados.

Luego Luis se consiguió unas talas, unas telas y topó los agujeros, como impactos de granada, de bomba, de la fachada de la casa, bueno, si es que estos se le puede llamar casa.

En la entrada del cuarto, sin puerta, tapó a manera de puerta con un como huacal de madera y una cortina, que no sé si es verde, amarilla o de un color extraterrestre, raída.

Afuera del cuarto estaba el cadáver de un árbol, un fiambre de árbol, Luis lo jaló al pie de la entrada del cuarto como para decir “alto, que aquí no ya pasa, vive gente, ya no está abandonado”, para que nadie pasara.

Y ya más nadie volvió a pasar.

¿Los chicos están bien aquí?, le pregunto a Luis

Se la viven jugando como que no…, dice Luis

Ya se acostumbraron a vivir así, tercia Yoana.

Como que no le ponen mucha importancia orita dónde… Mientras no les falte comida, dónde dormir y todo eso, remata Luis.

HACER SEGURO EL ESPACIO

De vez en vez paraban aquí algunos indigentes, algunos chavos con facha de cholos, pero apenas miraban a los nuevos inquilinos del cuarto, Luis, su mujer y sus dos críos, y sin hacer bronca se iban, se retiraban.

“Desde que estamos aquí nomás se asoman, pero no se meten”, dice Yoana.

Los vecinos y gente que pasaba por ahí y los miraban, de repente les llevaban ropa, algo de comida o algún mueble en desuso. 

Pero Luis seguía desocupado y la familia tuvo que salir a vender dulces o a juntar cartón, botellas plásticas de refresco y latas de aluminio, para venderlos a la recicladora y sacar algo plata con qué comprar tortillas, la comida del día.

Y sacaban algo de plata.

Luis, Yoana, Mario y Aranza vinieron a Saltillo de Veracruz hace un año y medio en busca de progresar, ¿la entelequia del sueño mexicano?

Incomodidad. Envueltos por el ruido de los coches y en una casa con múltiples carencias, así vive la familia de Luis. JESÚS PEÑA

SALIR DE VERACRUZ A LA AVENTURA: EN CADA ESQUINA DEL PLANETA SE LIBRA UNA BATALLA

En el Estado sureño hay poco trabajo y mal pagado, por lo que Luis decidió traer a su familia a esta ciudad para cambiar su fortuna.

En el trabajo que tuvo Luis en su natal Veracruz, ganaba más o menos, pero sin Seguro, y lo que le interesaba era el Seguro, pa cuando se le enfermera la nenita.

Y en el único empleo que encontró en Veracruz donde sí tenía Seguro le pegaban 900 pesos a la semana.

900 pesos para renta, pañales, leche, no daba el sueldo.

La mayoría de los familiares de la pareja vivía, vive, en el gabacho.

En Veracruz había poco trabajo y mal pagado y Luis deseoso de correr aventuras decidió arrojarse a la aventura con su familia.  

Y aquí está.

Sabemos que no es de nosotros y si el dueño llega con papeles y todo no tenemos por qué oponernos”.
Luis.

EL HALLAZGO DE LA HISTORIA

En los últimos dos meses pasé tantas veces por aquel cuarto, buscando asuntos, y no me di cuenta de la realidad que habitaba en las entrañas de aquellas ruinas pintadas de rojo.

Andaba yo buscando asuntos.

Y cuando conocí a Luis y a Yoana recordé al catedrático del periodismo narrativo latinoamericano, Martín Caparrós, para quien el máximo sueño era ser corresponsal de guerra, después se percató que no era necesario ir a Oriente Medio, cuando en cada esquina del planeta se libra una batalla.

Como la guerra de Luis y Yoana …por la sobrevivencia.

Con los días Luis encontró un trabajo en un Oxxo, por un salario de mil 600 pesos quincenales y Seguro.

Pero que tenía que ir de noche, le dijeron los jefes.

Y él que no, que no podía dejar a su mujer sola con los críos en aquel infame cuarto sin puertas, sin ventanas, sin nada, 

De primero le dieron bola.

Al rato le dijeron que no, que tenía que ir de noche, como todos los empleados, y si no se buscaba otra chamba.

Y entonces Luis tuvo que ir de noche a trabajar en el Oxxo.

EL CONTACTO CON LA FAMILIA

Los conocí una tarde de garúa que llegué hasta aquel cuarto.

El tráfico al 100.

De entre la cortina asomó la cabeza de Luis, después la de Aranza, luego la de Yoana y la de Mario.

Me contaron su historia,

Me trataron chévere.

Como si me conocieran de años, de siempre.

Yo estaba bloqueado, no sabía qué preguntarles.

Que si era caliente o fría la casa, atiné a decir; que ellos preferían que fuera fresca antes que caliente.

“Con el calor que hace se derrite uno, pero así no”, dijo Yoana.

Y que si a poco podían vivir con el ruido de los motores y motores que circulaban por el bulevar a todas horas, y ellos que sí, que ya se habían habituado, además en la noche se calmaba todo, los rugidos de los carros comenzaban a las 06:00 de la mañana, me contó Luis.

Y yo, que si la gente los molestaba...

Al principio gente que se decía dueña del cuarto venía y les preguntaba con qué autorización era que se habían metido a vivir en ese cuarto, que les iban a traer la Policía.

Un día venía un señor, otro día otro y así, que eran los dueños, decían.

Y ellos, que nadie les había permitido entrar, que solos se habían metido, pero que ya se iban a salir, “señor…”.

Y los supuestos dueños que no, que allí se quedaran, que les echaban la mano, que no había bronca.

Y se quedaron.

Ya luego nadie los molestó.

CONSCIENTES QUE ES TEMPORAL

“Sabemos que no es de nosotros y si el dueño llega con papeles y todo, no tenemos por qué oponernos”, dijo Luis.

—¿Cuánto más piensan quedarse acá, Luis?—

Pues… ahorita que ya encontré este trabajo quiero juntar los puntos para una casita de Infonavit. La idea es sacar la casa de Infonavit y poner un puesto para ella, que venda…

Otra tarde más bien soleada volví a la casa en ruinas.

Quería conocer el cuarto, le dije a Luis, y sin mayor trámite me dejó entrar.

Adentro parecía que un terremoto lo hubiera volteado todo de cabeza.

Ropa revuelta por todos lados, colchonetas, sillones, juguetes de los nenes.

Recién algunas gentes les habían traído a donar algunas cosas y las estaban levantando, ordenando.

No había por dónde dar un paso y para caminar había que escalar por aquella montaña de ropa, muebles…

En una de las ventanas estaba montado un altar dedicado a la abuela de Yoana, con la fotografía de la abuela de Yoana, un amigo de Yoana que murió, y un muñeco simulando un bebé que Yoana perdió cuando estaba embarazada.

Aquella fue la primera vez que vi a la “Güera”, la pitbull blanca de la familia, la familia de Luis se da el lujo de tener perra.

“La Güera”, estaba afuera de la casa, amarrada, metida debajo de una tabla astillada que Luis recargó en la pared para que la “Güera”, se atajara el sol y la lluvia.

Había una pitbull afuera del cuarto y yo no me había dado color.

Pero no importa, me dijo Luis, al fin que la “Güera” es sorda, muy dócil y solo se les avienta a los que vienen con malas intenciones, la “Güera”, siente…

A mí ni me ladró.

Yoana la encontró una vez que fue a la tienda, la “Güera”, que entonces era una cachorra, la vio y la siguió, se fue caminando detrás de ella, Yoana la adoptó.

Desde entonces la “Güera”, vive aquí, con ellos.

Y les cuida.

A veces ladra cuando se acerca algún extraño, intruso, al cuarto, pero a mí no me ladra.

Una tarde más, borrascosa tarde, de nuevo en el cuarto.

Parece solitario.

Voy hasta la entrada, levanto la cortina, grito, pero nadie sale.

Solo está la “Güera”, echada.

Le hablo, pero la perra, ni se inmuta.

Se me olvida que es sorda.

Espero una hora, dos, y nadie aparece.

Mientras espero miro cómo la gente que pasa por aquí voltea extrañada a ver el cuarto que parece una trinchera.

En mi cabeza revolotean toda clase de dudas.

¿Los habrán echado?

¿Se habrán ido?

Me voy.

PERO LA GÜERA SIEMPRE ESTÁ

Mi última tarde, vuelvo al cuarto a buscar a la familia, pero otra vez no hay nadie, sólo la “Güera”, que ahora sí me saluda moviendo la cola.

¿Qué habrá pasado?

Me siento un rato a esperar en el registro del agua.

Oigo que alguien me habla, es Luis.

Dice que Yoana ha estado fuera con los chicos ayudando a una vecina que vende comidas a prepararlas, pero que ya regresan…

Respiro aliviado.

Luis ha estado en la calle tratando de vender algo de ropa, una chamarra, un chaleco, porque en el Oxxo no le han depositado y él debe conseguir, cuando menos, unas monedas para que los nenes coman.

Saco un poco de plata.

A Luis se le ilumina el rostro.

Le pregunto si Yoana tardará mucho en llegar con los niños, dice que no sabe…

Al final nos despedimos en medio del tráfico del bulevar…