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La tiendita de Don Juan es el corazón de la Guayulera en Saltillo
“Pásale, pásale, buenos días”, dice Don Juan o Don Francisco, como gustes llamarlo, él responde con una sonrisa y saludando de nombre al cliente que entre a su miscelánea en la colonia Guayulera. Aquí se atiende como en casa desde hace casi 50 años. Vienen niños y niñas por un antojo o por el mandado que les encargó su mamá, vienen trabajadores que buscan un pan dulce y un refresco para el desayuno, llegan amas de casa o abuelitas por un kilo de tortillas, frijoles, aceite y huevos, y para la hora de la comida, la fila se hace más larga.
Es un trabajo pesado: entran casi 300 personas al día y la jornada es 12 horas de lunes a domingo, sin días de descanso ni festivos. Pero “no creas que es puro trabajar y trabajar”, dice Juan Francisco Velázquez, un tendero que lleva en el negocio desde los 14 años cuando usaba el motocarro de su papá para ir por mercancía y surtir la Miscelánea E y L, que su papá abrió en 1970 en la calle Porfirio Díaz 436 de la colonia Guayulera. El papá despachaba y Juan surtía y aprendía a tratar con afecto a los clientes, que poco a poco se convirtieron en una nueva familia.
“La facilidad que tienes con la gente es que estás en contacto directo, es como una familia porque convives con todos, todos te platican una cosa, te traen noticias de alguien, fíjate que pasó esto o aquello. Aquí es como un confesionario”, dice don Juan atrás de la vitrina que exhibe dulces, gomitas, chocolates y abarrotes diversos.
“Es más como mi familia porque nos llevamos muy bien aquí toda la gente”, dice y por eso don Juan ya conoce que a doña Tila le gusta el café de sobrecito o que un trabajador de la colonia le gustan las donitas y no el pan francés, o que una ama de casa de esa cuadra prefiere frijoles de bolsita a los de lata. Don Juan y su esposa, que también despacha a mediodía, ya conocen el gusto de los vecinos. Y los vecinos también conocen a los dueños de la miscelánea.
Y la gente sabe que la tiendita siempre estará abierta aunque llueva, haga frío o sea Navidad, Año Nuevo, cumpleaños o aniversario de la pareja. Los vecinos saben que si un día los atiende una de las tres hijas profesionistas, es porque la pareja se fue de vacaciones, pero no tardarán más de cuatro días en regresar. Y saben que si la puerta está cerrada entre las 8:00 de la mañana y 20:30 horas de la noche, es porque hubo un fallecimiento. “Es la única causa por la que cerramos aquí en la tienda”.
UN TRABAJO DURO
Estar encerrado medio día es un trabajo duro que no cualquiera aguanta, pero que tiene una gratificación inigualable: formar parte de la comunidad, de la colonia, del corazón del barrio. “Lo que más le gusta a uno es la atención que le da a la gente. La gente se lleva muy bien con nosotros, nos respetamos; el respeto influye mucho en que tú sigas en tu trabajo, porque si les empiezas a faltar al respeto a la gente, pues dicen ‘aquí ya no vuelvo a ir’”, dice don Juan.
CONFIANZA EN LA GENTE
A veces hay tanta confianza que don Juan otorga crédito a no más de 10 personas, y les entrega un pedazo de cartón, como del tamaño de una tarjeta, donde anota la cantidad que deben, es decir, se lo llevan fiado. Pero el sábado que les pagan en las fábricas se ponen al corriente con la tiendita, aclara don Juan, que sabe que fiar es una tradición de las misceláneas. Así lo hizo su papá. Así lo hace él ahora en el mismo cuarto en que su papá inició el negocio. Es una historia que comparte con cientos de miles de mexicanos que habilitaron un cuarto de su hogar para empezar a vender abarrotes, papitas, jugos, refrescos, leche, artículos cotidianos que todos necesitamos.
La gente continúa entrando y saliendo, al igual que proveedores que estacionan el camión frente a la miscelánea de fachada blanca y letras rojas, con un árbol en la banqueta. Se saludan. Platican. Dan las gracias y se despiden. Algunos regresan más tarde por las tortillas para la comida o la leche para la cena. Vuelven a platicar.
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