¿Y después de la tragedia?

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¿Y después de la tragedia?

Pasó una semana del suceso que cimbró a La Laguna, donde un niño de 11 años mató a su maestra y después se suicidó. ¿Y qué pasó?

Nos indignamos, lloramos, nos asustamos, maldecimos, culpamos. Después creamos operativos para revisar mochilas, colocamos detectores de metales, los padres reiniciaron etapas de comunicación con sus hijos, aplaudimos operativos que criminalizan a los niños porque “más vale eso”; nos enteramos que el abuelo fue detenido por su omisión y negligencia al tener armas en su casa, que le fueron congeladas las cuentas a la familia por movimientos “inusuales”, nos enteramos que la madre del niño falleció después de someterse a una operación y que la abuela materna fue asesinada, que el padre estuvo preso en Estados Unidos por tráfico de drogas, que el entorno del niño eran videojuegos violentos y armas al alcance, que el salón de fiestas de los abuelos era una fachada para lavar dinero, que el niño tenía una inteligencia superior a la de su edad, que la comunidad estudiantil regresó a las aulas el pasado viernes y lo hizo cruzando arcos para detectar metales. Al final, tratamos de explicar, entender y responder preguntas. ¿Y luego?

Engels, el sociólogo y filósofo alemán, sitúa la omisión al mismo grado que la comisión, pues dice que cuando una sociedad sitúa a cientos de proletarios en una posición en la que de forma inevitable encontrarán la muerte y sabe que esas miles de víctimas perecerán sin hacer algo para que esas condiciones cambien, es de igual manera un asesinato con tanta rotundidad como lo es un acto individual.

A esa forma de violencia invisible los teóricos llaman “violencia estructural”, la que según Johan Galtung, el sociólogo y matemático noruego, responde al hecho de que tiene como causa los procesos de estructuración social –como los producidos al interior de las familias– y no necesita de ninguna forma de violencia directa para tener efectos negativos, una violencia representada en desigualdad, explotación y marginación.

¿En qué fuimos omisos tú, yo, él, ellos, nosotros? El gobierno mucho, porque mantiene una política de administrar la pobreza, de mantener la marginación y desigualdad en las ciudades como un motor clientelar, una máquina de votos que perpetúen el poder. Porque no ha sabido atender las secuelas de la violencia en regiones como La Laguna, atender fenómenos como el desplazamiento, la discriminación de sectores, la orfandad, las consecuencias de salud mental en cientos de familias.

¿Nosotros? Todos los días cuando explotamos a nuestros empleados en el trabajo, cuando marginamos al oprimido, cuando abusamos del desvalido, cuando nutrimos la violencia en casa, cuando matamos y golpeamos a las mujeres, cuando abandonamos al anciano, cuando no otorgamos derechos a los niños, cuando generamos violencia con el vecino, con el conductor de enfrente, con la maestra a la que ya no le permitimos un regaño a nuestros hijos, con el hombre al que violentamos sólo porque pasa afuera de nuestro fraccionamiento cerrado, cuando seguimos alimentando al narco con el consumo de droga.

Parece simple: la violencia engendra violencia.

¿Y luego, qué nos queda? ¿Qué sigue como sociedad, como comunidad? ¿Nos quedaremos sentados hasta que ocurra la próxima tragedia? ¿Qué más necesitamos para despertar?

AL TIRO

El entorno de José Ángel no es único y no exime de responsabilidades a la sociedad. No nos exime de responsabilidades y culpas.

No lo es porque no es el único en esa circunstancia. No es el único huérfano, no es el único con padres ausentes, no es el único con algún padre preso.

Era un entorno “complejo”, han descrito eufemísticamente las autoridades. Pero en México hay, según el informe Unicef, 1.6 millones de huérfanos a causa del fallecimiento de sus padres, por la migración o el abatimiento por el crimen organizado.

En la consulta infantil y juvenil 2018, 59.3 por ciento de los niños y niñas de 6 a 9 años refirieron afrontar violencia en el hogar y 36.9 por ciento en la escuela. Mientras que niños y niñas entre 10 y 13 años refirieron enfrentar violencia en la casa en un 37.7 por ciento y 53.9 por ciento en la escuela.

La violencia estructural está presente todos los días: en los 20 millones de niñas, niños y adolescentes que experimentan algún tipo de pobreza (Coneval), en los 1.1 millones de niños, niñas y jóvenes que abandonaron la escuela (INEE), en los miles de niños abandonados o retirados de sus hogares que sobrepoblan los albergues del País, en los 460 mil de niños reclutados por el crimen organizado (Secretaría de Seguridad), en los cientos de niños que prefieren ser como el Chapo Guzmán .

Parece también simple: si lo contrario de la violencia es la paz, lo contrario de violencia estructural sería una paz estructural. Nos toca a nosotros construir esa paz estructural. Entonces, ¿qué haremos después de la tragedia?