Vivir en época de incertidumbre

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Vivir en época de incertidumbre

“Si quieres paz, preocúpate por la justicia”.

Proverbio antiguo.

 

Kant, en su libro “Sobre la Paz Perpetua”, tal vez no pensó que su obra trascendería hasta nuestros tiempos como un manual de lo que no se debe hacer en sociedad como ciudadano y en el mundo como naciones.

El trató de concebir un trabajo jurídico que estableciera un orden mundial en donde las guerras y las injusticias fueran algo ilegítimo.

En ese sentido, hoy el concepto de globalización me parece como sinónimo de injusticia. Lejos está de ser la panacea de un nuevo y mejor orden mundial. Hoy vivimos en total incertidumbre, padecemos lo que llamaría una globalización negativa.

Ahora las sociedades se saben incompletas, los humanos vivimos en una permanente frustración. Somos una sociedad impotente como nunca para decidir nuestro rumbo con un mínimo grado de certeza y para mantener ese rumbo una vez tomada la decisión.

La apertura que conlleva la globalización ahora nos determina a un destino insospechado, desierto con efectos secundarios no deseados y que no podemos prevenir. La globalización negativa es una globalización altamente selectiva en donde el capital es sólo para unos pocos, donde existe vigilancia e información al por mayor, en donde vivimos una época de armamento, de delincuencia, de desigualdad.

Es la época donde todos estos elementos rechazan cualquier tipo de justicia y, en el plano internacional, cualquier tipo de soberanía. Zigmunt Bauman dijo en una de sus obras “una sociedad abierta es una sociedad expuesta a los golpes del destino”.

La globalización hoy hace referencia a individuos y sociedades vulnerables, frágiles y supeditado a fuerzas que ni controla ni entiende del todo. Gobiernos aterrorizados por su indefensión, pero disfrazados de informes polveados y cifras que presumen con bombo y platillo, pero que con sus propios medios –principalmente intelectuales– no pueden controlar lo que presumen gobernar.

Pero ni en lo macro ni en lo micro, la globalización negativa podrá obtener una “paz duradera-perpetua”. La globalización por sí sola es causa de injusticias, de conflictos y de violencia o, como señalan algunos intelectuales, dicho de otro modo: “mientras la élite viaja a sus destinos imaginarios, situados en algún lugar de la cima del mundo, los pobres quedan atrapados en una espiral de delincuencia y caos (…)”.

La sociedad cambia desastrosamente y sólo respira una sensación de desconcierto. La vida social se modificó –para quien puede– a vivir bajo el resguardo de un muro, a contratar seguridad, a llevar artículos de defensa personal, a conducir vehículos blindados… el miedo nos incita a emprender acciones defensivas.

Peor aún, el miedo se ha instalado en nosotros mismos y satura nuestros hábitos diarios. Los golpes de nuestra historia actual encarnan la ignorancia y la impotencia; amedrentan sin mirar a quien. El terreno donde descansan nuestras aspiraciones es sinuoso, árido, pero fértil para nuestra inestabilidad hasta en algo tan simple pero demasiado necesario como nuestros empleos.

La paz perpetua, que quiso conceptualizar Kant, hoy lejos está; el optimismo que era sinónimo de felicidad compartida y duradera se esfuma con celeridad.