Virus y ciencia ficción

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Virus y ciencia ficción

Plantea usted mal el problema. No es una cuestión de vocabulario: es una cuestión de tiempo

Tengo en mis manos La peste, novela que Albert Camus publicara en 1947. Hay toque de queda en la ciudad. Desde hace una semana soldados y policías recorren las calles para evitar salidas innecesarias. En este contexto, considerando que a nosotros no se nos permite faltar a la fábrica, me tranquiliza leer esta devastación escrita en Francia. Para acallar el terror actual, hay qué sustituirlo por uno mayor. Funciona.

En el transporte público hay pegatinas dejadas por los videntes; a ellos les dio por adorar al virus; desarrollaron rituales para pedirle que se manifieste como es debido y rogarle que dañe lo necesario, pero sin cobrar las vidas de sus fieles; algunos de ellos hicieron medallas de oro con esa forma microscópica. Lo mismo: al miedo, mirarlo y darle la vuelta con figuras o rituales.

Por su parte, los hechiceros, en la edición matutina de la red, comparten que más peligroso que el virus, es heredar el odio a los hijos, lo cual he visto, funciona para cierta descendencia, pues de alguna manera inyecta sangre en sus mejillas y otorga sentido a sus vidas.

En el canal virtual del saber, los científicos se culpan unos a otros. Un grupo acusa a los creadores del virus y a los empresarios, de haberse preparado con años de anticipación para provocar esta catástrofe. Otra facción dice que esto es parte de la vida y se suma a otras pandemias; analizan fauna, flora y humanidad. Unos más argumentan con mapas y fechas, las razones por las que esta catástrofe beneficia a unos países más que a otros. Los menos luchan porque una vacuna no sintética sea liberada ya, para evitar así que los laboratorios aprovechen el momento, para introducir información que permita rastrear a los individuos. El coordinador del debate plantea que eso es inútil, que somos, por natueraleza, transgresores; que nos caería bien la vigilancia, un modelo implementado desde hacía tiempo, en forma invasiva, en algunosa países, con buenos resultados.

En la fábrica no nos desinfectan al entrar. Saben que si nos infectamos, llegarán otros a remplazarnos. Después de todo, sería traición a la patria no apoyar a las empresas y al presidente, que intenta demostrar que no pasa nada mientras robustecen su sistema inmunológico con la medicina más moderna. Y es que no puede decir que las cosas van mal aunque vayan. Mientras, el país vecino tiene un pie en la invasión que ya inició de la forma más sutil posible: privatizando el territorio con empresas o expresando su deseo de apoyar con efectivos, las labores de vigilancia y contención ciudadana. Qué frágil es la libertad. Qué fácil -en aras de salvarnos- entregamos a otros el control de nuestras vidas, que en nuestro caso significa seguir en el trabajo: ser la tuerca o el tornillo de este sistema. O engortdar como lo hacen otros, hundidos en el sillón, mirando cifras que den continuidad a su pánico.

Estoy frustrada, releo una frase de la peste: “Nada en el mundo merece que se aparte uno de los que ama. Y sin embargo, yo también me aparto sin saber por qué”. Así, me he aislado de lo más importante para el corazón. Y un poco por obligación -ya que nos descontarán cada día faltado-, solo veré a quienes como yo, deben trabajar.

Sin embargo, tenemos suerte, no nos ha ocurrido en otras fábricas, en donde los obreros han obligado a parar sin sueldo alguno. Hoy me toca doblar turno. Se enfermó el bloque B. Sin mascarillas, sin guantes, sin gel. Desde el inicio de la pandemia no se ha mencionado nada, salvo la notificación de que recibiríamos la mitad de la paga. Para los dueños, el virus es como un elefante que se sube a una mesa, y los comensales van a comer allí mismo, sin hacerle caso.

A diferencia de La peste, este virus, dicen, ya va en curva descendente. Por si acaso, llevo la medalla de oro y le doy gracias por el olvido en el que me ha dejado. Tiempo. Lo que necesito es tiempo. Aquí. Quiero volver a hacer una fogata donde mis amigos rían y escuchar la amargura de uno, lo testarudo de otro, lo necia de mí, convivir con esos tantos cristales de humanidad.