Versos traviesos

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Versos traviesos

Francisco Liguori era veracruzano. Baste decir eso para dejar sentado que era ingenioso, decidor y pícaro. Hay gente más seria que un puerco meando. La de Veracruz lleva la música por dentro y por fuera, por arriba y por abajo; por los cuatro costados.

Pancho Liguori es uno de los mejores epigramistas que ha tenido México, quizá el mejor. Dominaba ese difícil género, el del epigrama, que consiste en escribir con arte y donosura breves textos en los cuales se debe decir mucho en pocas palabras de agudeza exacta, a veces con mordacidad, siempre con ingenio.

Francisco Liguori Jiménez nació en Orizaba, en 1917. Fue abogado; ejerció la cátedra y cumplió funciones públicas. Pero nadie lo recuerda por eso, sino por sus rutilantes epigramas, pequeñas joyas de humor y dicacidad.

Yo conocí a don Pancho en la revista Siempre, de la cual fui colaborador junto con él durante varios años. En el tiempo en que lo traté estaba enfermo ya; le costaba esfuerzo subir las escaleras que conducían a la oficina de nuestra directora, Beatriz Pagés Rebollar. No perdía, sin embargo, su buen humor y gracia. A mí me trataba con amabilidad. Yo le contaba anécdotas de por acá, y él las reía de buena gana. Me aconsejaba que las pusiera en verso. “La rima lo mejora todo”, me decía.

En cierta ocasión Nayo Valdés, querido amigo de tiempos ateneístas que goza ya la paz de Dios, y quien sabía de mi afición al epigrama, me llevó algunos de Liguori que yo no conocía. Leerlos -y ponerlos aquí- fue gran deleite. Veamos, por ejemplo éste, uno de los muchos en los cuales el gran orizabeño hizo burla de algunas frases hechas. Escrito en forma de perfecta décima, lo enderezó contra aquel manido tópico que dice: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.

Alguien el consejo oyó

y, del dintel al abrigo,

la muerte de su enemigo

confiadamente esperó.

Y tanto tiempo pasó

sentado el pobre pendejo

por seguir ese consejo,

que murió de extraño mal,

y fue su propio rival

quien vio pasar el cortejo.

Tampoco se perdonaba Liguori a sí mismo en sus epigramas. Cuando lo hicieron miembro de la Barra de Abogados comentó a propósito de eso y de sus conocidas aficiones cantineras:

No soy escritor de garra,

ni abogado muy capaz,

mas soy miembro de esta Barra

y asistente a las demás.

Solía zaherir también las sonorosas frases que proclamaban los presidentes de la República como lema de sus administraciones. Una de las que usó Ruiz Cortines era ésta: “Al trabajo fecundo y creador”. Cuando llegó al poder López Mateos, también de nombre Adolfo, escribió don Francisco este epigrama en armoniosos versos decasílabos, como los del Himno Nacional:

Esperemos que Adolfo Segundo

nos permita con mucho fervor

desterrar para siempre del mundo

el trabajo fecundo y creador.

Seguramente Diosito bueno premió con Cielo a este hombre bueno que tanto gozo dio a sus semejantes con su ingenio popular y su alegría veracruzana.