Un Mundo Romántico: 1968

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Un Mundo Romántico: 1968

La mañana del martes 2 de octubre, para conmemorar los 50 años de la masacre del 68 y ante la premura del acto, que se llevaría a cabo en el jardín de la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades de la UAdeC, no se me ocurrió más que acudir al auxilio de Octavio Paz y de Alejandro Jodorowsky.

Pude echar mano de algunas obras de Carlos Monsiváis, de la Poniatowska –quien, por cierto, nunca ha sido santa de mis devociones-, de Luis González de Alba y de otros pocos cronistas, narradores o poetas que entonces irguieron sus voces contra la innecesaria brutalidad del Ogro Filantrópico.

Pude también leer un poema que había estado escribiendo durante el fin de semana anterior, pero no quise encaramarme en el carro de la vanidad para exhibir ante un público estudiantil, el Director y el Rector –Ingeniero Salvador Hernández Vélez- mi dudoso talento.

Además, el poema requería de ciertos ajustes y pulimentos que ya no tuve el tiempo de emprender. La poesía es, como la alquimia o la repostería, una cuestión de sutiles precisiones: aquello que te hizo escribir algo no suele regresar, así lo invoques una y otra vez. Las dosis de epifanía ocurren en un momento exacto y no se repiten.

Me conformé pensando que, en cualquier caso, se trataba de un “poema de circunstancias”. Por muy emotivo y cuidadoso que pudiera ser, no era más que eso: un poema dictado por la eventualidad. –Pero finalmente, ¿qué poema no lo es, como creía Goethe?

No tuve, pues, más remedio que improvisar. Contra mi costumbre y más resignado que convencido, tuve que repentizar… a medias. Y digo “a medias” porque pensé en muchas opciones antes de decidirme por Paz y Jodorowsky, artistas disímbolos, acaso antípodas.

Del poeta, seleccioné unas líneas de su libro “Posdata” (1970), suerte de complemento de “El laberinto de la soledad” (1959); del autor de “El Topo” (largometraje, México, 1970), un segmento de su libro “Manual de Psicomagia” (2009), aquél en el que ofrece un acto masivo para resarcir la herida que dejó, en aquella plaza y en todo México, la matanza del 68.

…la entrega a la causa posee un fondo o un trasfondo romántico…
Carlos Monsiváis

Selección heterodoxa y hasta contradictoria, lo entiendo, aunque no menos que nuestra proteica sociedad mexicana, que en los años 60 cantaba a José Alfredo Jiménez, Angélica María, los Beatles y los Rolling Stones, para no citar otros tantos ingredientes musicales, ya que no hay espacio para nombrar muchos más de otra índole.

Nada hay que acerque la obra de Jodorowsky a la de Octavio Paz, como no sea su interés común por las culturas orientales y el hermetismo, aunque desde perspectivas distintas: la casa del misterio tiene muchas puertas y otras tantas dimensiones.

Del chileno que trastornó el teatro, el cine y la cultura del México sesentero acudí, repito, a esa sugerencia psicomágica y performática. Cito unos fragmentos: “El director general del Centro Cultural Universitario de Tlatelolco (CCUT) me pide un acto que limpie la matanza de cientos de estudiantes que cometió el ejército en la plaza de ese barrio residencial de la ciudad de México en 1968.” Y describe: 

“Alrededor de la plaza nefasta, visualizo cien conjuntos de mariachis que al unísono interpretan la canción «La Llorona» (la «llorona» es una pobre mujer a la que le mataron sus hijos y que, convertida en fantasma, se lamenta). Durante esta obertura musical, muchos hombres vestidos de negro con una máscara de calavera en el rostro, desparramarán por toda la superficie de la plaza un tapiz de minúsculas bolitas de plástico rojo. Ese tapiz simbolizará la sangre vertida. Al transformarse la plaza en un gran rectángulo rojo, se escuchará una orquesta sinfónica (en lo posible, en directo; en su defecto, grabada) tocando una sinfonía sublime de un músico mexicano…”.

La masiva descripción continúa… Jodorowsky termina con esto: “(El director general del Centro Cultural Universitario Tlatelolco me contesta que no tiene los fondos necesarios para organizar tan gran acto.)”.

Por su parte, en la primera sección de “Posdata” –“Olimpiada y Tlatelolco”-, Octavio Paz analiza, con su paradigmático  sentido de la percepción y con mirada vertiginosa, algo de lo sucedido en aquel funesto 1968, no sólo en México sino en otras partes del globo. 

En este ensayo habla el analista, sí, pero también el poeta, que ya se había acercado a la escena del crimen desde la poesía. Y con palabras lúcidas y precisas escribe, hundiendo el escalpelo en las entrañas de nuestros ancestros:

La matanza de Tlatelolco nos revela que un pasado que creíamos enterrado está vivo e irrumpe entre nosotros. Cada vez que aparece en público, se presenta enmascarado y armado; no sabemos quién es, excepto que es destrucción y venganza. Es un pasado que no hemos sabido o no hemos podido reconocer, nombrar, desenmascarar.”