Un hombre de bien
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Un hombre de bien
La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.
Virginia Woolf
“Mrs. Dalloway”
¿Es necesario que vivamos en este vértigo, en esta vorágine? Te levantas temprano y cumples con los mil rituales y responsabilidades de la vida cotidiana pero jamás alcanza el tiempo; siempre quedan cosas pendientes por hacer y atender. ¿Convivir con tu familia? Ni pensarlo. Sólo cuentas con unos minutos para pasar a saludar, si puedes. ¿Jugar un breve rato con tu hijo? ¿Conversar un momento con tu hermana? Imposible. Cada instante, cada hora están destinados para esto o aquello.
¿Qué urgencia, por Dios, nos impele a tal grado de aceleración? Todos nos hacemos la misma pregunta, pero seguramente la respuesta está en los altísimos empresarios que ordenan el mundo, o quizá, en esos aéreos o subterráneos e inaccesibles seres sin faz que mueven las cosas del orbe. Para nosotros, los comunes y corrientes, la respuesta es inextricable. Los economistas y los sociólogos podrán especular todo lo que quieran: allá, en el Empíreo del Poder sin Rostro, se hacen las conexiones más inesperadas y cuyas consecuencias sufrimos los miserables aquí, a ras de tierra.
Pero el tiempo no parecía fluir así en la infancia, ni fluía de tal modo en el siglo XVIII, en el Renacimiento o en edades remotas. ¿Por qué hoy tenemos que correr para todo? En el caso de este escribidor, las cosas se complican cada vez más, cuando se suponía que al llegar el crepúsculo, todo empezaría a calmarse un poco, incluso la libido… Alarmado descubro que no es así, no es así. Hoy las cosas se han complicado y acelerado hasta un grado superior de la angustia. Que un día llegue la muerte y lo interrumpa o lo termine todo: ésa será la mejor manera de concluir con esto, al menos en el infinitesimal sentido de lo individual.
La mañana se precipita hacia el mediodía y hay que hacer tantas, tantas cosas durante esa mañana. Una hora perdida desbarata casi todo el día. El mediodía corre hacia la hora de la puesta del sol y si no se hace lo que debe hacerse, podemos considerar esa tarde como un fracaso. Fracaso que se extiende hasta la noche, que también debe aprovecharse al máximo, al menos hasta las 10 o hasta las 11. ¿Ver una buena película en la televisión? Agradable idea, pero pagaremos las consecuencias al despertar, si despertamos.
A ciertas horas, el lujo de la lectura, el supremo lujo de hundirse en las páginas de un libro de poemas de Joseph Brodsky, una novela de Patrick Modiano, un volumen de cuentos de Alice Munro, un ensayo de George Steiner… El lujo inapreciable de visitar una exposición de arte, de asistir a un concierto, de presenciar una función de teatro: trozos de lujo que a dentelladas arrancamos alguna vez al adiposo cuerpo de los días, para no caer aplastados bajo la lápida implacable de la celeridad y el vértigo.
¿Habla usted de una copa en compañía de algunos amigos? No, hombre. Eso quedó atrás hace mucho tiempo. Ahora es bastante raro que pueda tomarme tales libertades y entregarme a ciertos excesos. Al día siguiente es necesario despertar muy temprano, darse un baño y llevar a cabo toda esa ceremonia del “arreglo personal” para salir a hacer frente a la jungla, con una sonrisa en los labios, y en la mirada, si es posible. En cualquier caso, la carrera, el frenesí comienza desde el despertar y no hay tiempo para dedicarse al monólogo interior de un narrador como el de Marcel Proust.
El monólogo se hace, a trompicones y a lo largo del día, mientras se camina, se aborda un camión de un transporte público cada vez más mediocre o se hace la señal a un taxi que casi siempre pasa de largo. El monólogo se construye como un rompecabezas a lo largo del día, mientras se cumple con todas las responsabilidades de un “hombre respetable y productivo”, un hombre que debiera dar gracias al Cielo por tener un trabajo en medio de esta progresiva y tumultuosa miseria planetaria.
Y seguir en la brega y el trajín y no detenerse: contemplar un ocaso resulta una cursilería de fracasado poeta pos-romántico, ver por una hora “el mar siempre recomenzando” se tendría por una pérdida de tiempo, sentarse sobre una piedra para simplemente ver las nubes, las montañas, un hormiguero, sería algo de plano comparable al proceder de un tonto. “El mundo no te espera”, escucho decir a una actriz en una película barata. Se trata de una madre que dice a su hijo adolescente que debe darse prisa por triunfar, pues “el mundo no espera”, el mundo sigue su marcha, la vida no te espera.
Hay que triunfar y para triunfar hay que correr, correr, correr. Hasta los no triunfadores debemos correr, correr, correr. Nunca como ahora había sentido la dureza de la competencia en esta carrera. Porque todo se convierte en eso: en un maratón que casi todos quieren ganar.
Lo advertí antes, en la escuela primaria, en la secundaria, en los concursos literarios y en aventuras similares, pero jamás lo había advertido con la crudeza darwiniana con que lo veo desde hace pocos años.
Sin embargo, no corro por esa razón. Corro porque se me inculcó la idea de que debía ser “un hombre de bien”. Pero cuando me detengo un instante para tomar un poco de aire, pienso: si esto significa ser “un hombre de bien”, ¿no hubiera sido mejor ser “un menesteroso”, no tener nada, ser un asceta, un verdadero asceta? Porque cuán caro se paga el progreso, cuán duro resulta ser “un hombre de bien” y qué triste es confesar estas cosas en estos párrafos perfectamente olvidables.