Un clásico con fuga de gandeza

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Un clásico con fuga de gandeza

En el mundo Chivas nunca se sabe lo que va a ocurrir mañana. A como viene en los últimos años, lo más grave ya no es su crisis, sino el no saber qué hacer con ella. El club sabe dónde está, pero no hacia dónde va.

Jorge Vergara, el dueño de una institución que acusa una sostenida devaluación, se empeña en deshilacharlo sin que perciba el daño. Un auténtico faquir que resiste al dolor y que, como responsable y testigo de su propia autodestrucción, continúa probando cuál entrenador calza mejor para anclar las paredes ante el derrumbe.

Chivas hoy no está para eyectarse futbolísticamente sino para defenderse de los desatinos y de la alta volubilidad de sus directivos. Vergara, un personaje que posee el umbral de tolerancia más estrecho del futbol mexicano, dice estar convencido de todos los técnicos que trae, pero a ninguno aguanta. Es el autoengaño mismo que parte de un convencimiento superficial enfocado siempre al presente, pero nunca al futuro.

Es por ello que en el Guadalajara no existen los procesos sino que Vergara impuso la moda de los decesos en continuado. En Chivas se matan los proyectos simplemente porque el club vive al día, lidiando con sus penurias y ultradependiente de los resultados. Todo gira en torno al humor futbolístico del equipo y al de su dueño. Domina la imprudencia, no la coherencia.

La llegada de Matías Almeyda como nuevo “bombero” en el banquillo es otro retrato de las precipitaciones de Vergara. Es el séptimo entrenador en los últimos seis torneos y al cual quiere conservar, dice, por cinco años.

A Almeyda deberían avisarle de que no se la crea mucho y que es la nueva rata del laboratorio. El técnico argentino tendría que darse cuenta que un club acostumbrado a pagar más indemnizaciones a entrenadores que a respaldarlos, no ofrece las garantías para aterrizar ningún plan de trabajo. No hay paciencia ni mucho menos racionalidad.

Su debut triunfal ante Querétaro ha “legitimado” su arribo tanto como lo pueden despedir mañana una sucesión de derrotas. Así lo entiende Vergara y seguramente así será.

Bajo este contexto dinamitado por ese progresivo efecto devastador, Chivas irá el sábado al Azteca a intentar robarle el dulce al América. Un Clásico nacional que desde hace rato ha perdido autenticidad, no sólo por la fuga de grandeza que ha tenido el Guadalajara sino por el evidente desequilibrio competitivo agudizado en los últimos años.

Mientras América busca potenciar su futbol y rediseñar constantemente su mapa de ambiciones, Chivas no sale del atolladero. Su lucha por no descender y la parálisis que sufre en cuanto a propósitos deportivos más alentadores, han abonado a abrir una significativa brecha -cada vez más evolutiva-, respecto a su histórico adversario.

Hoy este Clásico es más un simbolismo que una verdadera confrontación de poder por el orgullo nacional. Un derbi sumido en la nostalgia, pero que no logra reverdecer en la cancha. Un juego tradicional disparejo y donde el eventual triunfo ya no supone ser un premio tan determinante para efectos de gobernanza.

El favoritismo de América ya es por default, una señal de lo bajo que ha caído un enfrentamiento que todavía puede motivar, aunque no necesariamente cautivar a los expectantes seguidores.

Hay quienes opinan que Chivas podría entrar a un estado de excepción en el Azteca. Nada raro si se toma en cuenta que ciertas excepciones le han permitido, hasta ahora, deambular por los torneos y mantenerse en Primera.