Usted está aquí
Tanta vida que no
Tersura de pétalos ante el fulgor. El árbol erizado de flores. Como la loca del pueblo, hablo con todas ellas y con las raíces. Toca recibir el embate del frío. Así que riego e inundo sus oquedades. Que sea profundo, que moje a fondo. Que no mueran. O que mueran a sabiendas de que anduve allí afanosa entre el lodo resultante.
Hoy veo en las flores no el fruto, sino a las flores mismas. Valen no por el parto que anuncian, valen porque son. Pocos lo comprenden y exigen el fruto a la flor. No miran a la flor. A mirarlas. A llenarse los ojos de pétalos allí, donde espíritus zumban. Danza ese ejército bruñido y denso. Sus trazos en el aire deleitan mis oídos.
Como el frío que se anuncia, algo punza con dolor. Lo saco del vientre. Se abre ante mis ojos. Espléndido dolor. Nadie a quién señalar. Siempre es así. No hay nadie a quién señalar. Jamás. Es el dolor de mi dolor. ¿Había de negarme a la enseñanza que es?
Truena la voz de un ave.
Me saca de esa embestida egoísta y solitaria.
Prosigo en la entrega de agua.
Me descalzo de nuevo.
Veo en las hortalizas no su talla sino su absoluto verdor. Hojas brillantes en contraste con la luz. Esas hojas que a mi boca irán.
[Anoche el cielo blanco, útero inmenso y silencioso sobre el jardín. Sobre mí]
Cerrar los ojos y ver la cubierta de agua suspendida. El frío que sanador viene. Que ya entra. Que pide ofrendas. Que alegra a las rosas y a las lavandas. Que muestra un destino de quemadura a las plantas más frágiles: tanta vida que no.
Zumban los espíritus. Zumba una perla veloz en su ángulo de 90 grados.
Y corona la alegría a tal altura de mi ser, que me calzo para entrar al desierto otra vez. Este viaje será mi abrigo antes de que el blanco y sus grados centígrados me obliguen al vapor de la cocina o al capullo de la cama.