No es difícil hacer memoria y recordar cómo éramos todos cómplices de un silencio hipócrita, mustio y vergonzante

No veo series porque la producción actual no la determina ya el afán de vender entretenimiento sino mera complacencia a los distintos segmentos del público/mercado. No tengo problema con esto, existe suficiente cine clásico, de autor y de culto para mantenerme cautivo durante siete vidas.

Pero en lo que a seriales modernos respecta, considero particularmente deplorables las narco-series. Me rehúso a la mitificación/glorificación de esta cultura; no creo que sean una correcta aproximación al fenómeno que retratan y -corríjame si me equivoco- tienen en su mayoría una factura de tercera.

La mini-serie “Somos.” de Netflix sin embargo cautivó mi interés desde hace un mes cuando tuve conocimiento de su existencia y supimos que sería estrenada el pasado miércoles.

Se trata de una dramatización de los eventos que propiciaron y desembocaron en la Masacre de Allende, Coahuila, trágico momento clave de nuestra historia reciente, al que ninguna autoridad le ha querido dar la importancia que reviste ni el reconocimiento de que tales hechos acaecieron en toda su cruenta magnitud; sino que, muy al contrario, esperan que quede soterrado en la desmemoria colectiva.

“Somos.” es un esfuerzo serio por tratar de explicar por qué un pueblo fue barrido por las balas del narcotráfico -con un número de víctimas aún por determinar, pero que ha sido estimado en 300 aproximadamente- ante la total indiferencia y complicidad de las autoridades local, estatal y federal.

La serie no podía estar mejor lograda. Hay tanto amor, como profesionalismo y respeto en la producción como lo hay en el material periodístico en que está basado: El artículo “How the U.S. Triggered a Massacre in Mexico” (“Anatomía de Una Masacre. La historia del asalto mortal a un pueblo mexicano cerca de la frontera con Texas y la operación antidrogas estadounidense que lo desencadenó”), por Ginger Thompson para ProPublica y National Geographic (junio de 2017).

Uno de los grandes aciertos de esta producción fue precisamente el de dramatizar los hechos. El formato documental, aunque permite ser puntual y exhaustivo, no crea los mismos vínculos con el espectador que una puesta en escena. Pero no se confunda, el que los productores hayan optado por contarnos la historia con actores, no significa que “Somos.” esté plagado de los lugares comunes del melodrama. 

Voy a abreviar los encomios elogiando todo el diseño de su producción, su pulcritud visual, la construcción de los personajes, las actuaciones, los diálogos, la edición y la música, tanto la incidental –el pertinaz leitmotiv de la fatalidad es escalofriante- como la música diegética, que está perfectamente curada para ubicarnos en tiempo y lugar.

Pero en donde la serie “Somos.” resulta tremendamente efectiva es aclarándonos las razones de la masacre y exhibiendo la completa nulidad del gobierno estatal.

Otra cosa que desnuda a lo largo de sus seis episodios, es el miedo con el que nos acostumbramos a vivir los habitantes no de Allende, sino de todo el estado, un miedo perfectamente legítimo ante la total indefensión en que fuimos abandonados por la autoridad que estaba postrada de rodillas ante el cártel más sanguinario del mundo.

No es difícil hacer memoria y recordar cómo éramos todos cómplices de un silencio hipócrita, mustio y vergonzante de saber que no éramos dueños de nuestras vidas, mismas de las que los innombrables podían disponer a placer, y que estábamos a sólo una mirada indiscreta de tener un encuentro fatal con esa ralea maldita.

Pensar en el moreirato como una etapa de desaseo administrativo es quedarse con una lectura demasiado corta. Hablamos de un periodo de estado fallido en el que no había otra ley que la dictada por el narco y sus sicarios, mientras que el gobierno estatal recibía maletas de dinero a cambio de hacerse de la vista gorda, de representar una farsa y de permitirles operar a sus anchas pisoteando nuestras vidas y dignidad.

Recuerdo cómo en su momento, con el estreno de la cinta “El Infierno” (2010) de Luis Estrada, el entonces gobernador Rubén Moreira afirmó que era tan verosímil el retrato de la narcoviolencia que aquella le parecía “un documental”.

Me pregunto si también “Somos.” le parecerá tan brutalmente realista como para considerarla una constancia y testimonio de sus días como mandamás ornamental del territorio coahuilense y lacayo del crimen.

Aunque no estoy seguro si Rubén Moreira tendrá siquiera los cojones para echarle un vistazo a esta serie, lo mismo que el nefasto de su hermano Humberto, ambos corresponsables de haberle abierto las puertas de Coahuila al cártel, con todas las garantías de la impunidad que sólo ellos -par de hampones- podían otorgar. 

Por supuesto, para usted, para mí, para todos nosotros, “Somos.” es una obra imprescindible. Le advierto que verla exigirá mucha fortaleza de sus vísceras, pero es hasta un deber cívico el tratar de entender lo que ocurrió en marzo de 2011, en Allende, Coahuila, en aras de no permitir que se olvide jamás… jamás.