Semana Mayor y Pascua florida

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Semana Mayor y Pascua florida

Pasó la Semana Mayor en la que se recuerda la pasión y muerte de Jesucristo. Hoy es Domingo de Resurrección, Domingo de Gloria, y la iglesia católica celebra en todo el mundo la Pascua Florida, tiempo de renacimiento, reflexión y renovación.

Muy a pesar de la pandemia de COVID-19 y quizás por el mismo hartazgo del confinamiento, en días pasados vimos en los noticiarios televisivos y la prensa cómo aumentó en los días santos la movilidad en las ciudades, las carreteras, las playas y los destinos turísticos del País. Apiñamiento en aeropuertos y terminales de autobuses, turistas evacuados en las playas de Veracruz por mal clima, automóviles avanzando a vuelta de rueda filas interminables en las casetas de cobro de las autopistas. Es en esos momentos cuando uno da gracias de vivir en Saltillo.

Aquí se vio un regular movimiento en esos días feriados, quizás mayor al esperado los tres primeros días de la semana. Quizás muchos saltillenses se quedaron con las ganas de salir a vacacionar. Las plazas comerciales se vieron atestadas de gente que buscaba pasar el rato en algún lugar fuera de su casa u oficina. Jueves y viernes disminuyó notablemente. La ciudad se volvió apacible y pocos automóviles transitaban por las tranquilas calles. Ayudó la facilidad de asistir a distancia a los diferentes servicios y ritos religiosos de la Semana Santa a través de TV y por internet, con el plus de que actualmente ambos llegan a los ranchos cercanos.

La pasividad de la ciudad ofreció las alternativas de siempre para los que no salieron de ella: refugiarse en casa y realizar las actividades preferidas, dar la vuelta y ver lugares que casi nunca visitamos, o viajar a los ranchos y lugares cercanos a Saltillo para disfrutar del paisaje nuestro. Cualesquiera de las tres opciones puede resultar un paseo extraordinario y recrear el sentir más hondo del que lo disfruta.

Para quedarse en casa indagamos el sentir de un buscador de maravillas en el mundo encantado de la literatura. Alberto Altamirano, autor de “Lo Maravilloso en el Cuento y la Novela”, recomienda: “Para los amantes de lo maravilloso existen ciertos conjuros que lo ponen sumiso a su voluntad. Basta penetrar en el cuarto mágico, tomar uno de los numerosos ‘grimorios’ con pasta de pergamino, de cuero, de tela, de cartón o sencillamente a lo rústico, que se encuentran en los anaqueles, instalarse cómodamente en un sillón parecido al del doctor Fausto en su laboratorio, encender la lámpara encantada y fijarse cuidadosamente en los signos cabalísticos que corren sobre la blancura de la página: los ritos herméticos ya cumplidos principian entonces la evocación y el ensueño”.

Si paseamos por la ciudad, el ambiente tranquilo nos hace distinguir los colores del paisaje urbano que vemos a diario en blanco y negro: el oro del sol o el blanco fugitivo y agrisado del cielo nublado; el tornasol de las aves que levantan el vuelo; el rojo encendido de las azucenas de dolores que florean en esta época; la plata de la luna desbordada; el múltiple colorido de las calles y bulevares; la gama casi irrepetible de las casas y edificios y la luz de los ángulos, recodos y rincones que forman las construcciones. Descubrir todo lo anterior es sentir la esencia de la ciudad que crece y se reinventa a sí misma.

Pasear por los alrededores es confrontar la mudanza del paisaje que se transforma sin perder sus atributos: el verde todavía cenizo de las sierras que esperan con ansia las primeras lluvias para estallar en mil reflejos; los indefinidos verdes y cafés de la desértica llanura norteña, donde sólo crecen la gobernadora y las cactáceas: las lechuguillas con sus delgadas y descarnadas pencas; las palmas yucas, que parecen Cristos crucificados y, de vez en cuando, el rosa mexicano y el amarillo intenso en las flores de los cactos cuajados de espinas. La vida florece en el semidesierto. Este pedazo del mundo también tiene su belleza.