Usted está aquí
Sea como un perro
Amarilla. Así como los personajes de caricatura. Eso fue causante de varios estudios médicos para que el doctor finalmente me diera el resultado: tienes un tumor. Y es grave. De inmediato mi realidad se volvió cruda, rancia. En las películas retratan perfecto estas escenas en donde de pronto todo aparece en cámara lenta, tu cerebro no alcanza a descifrar qué hacer ni cómo salir de ahí, caes de mil pisos en donde te recibe un monstruo de tres cabezas viéndote de frente y a los ojos, no hay escapatoria. No es un mal sueño. Tu mente corre más rápido que el corazón. Pintas cuantos escenarios puedes en tu mente, y es que aquí Dios para mí no aparecía. Los agnósticos nos enfrentamos a estos casos, y es que el todo absoluto siempre me ha dado desconfianza.
Que nacemos con pecado nos han dicho, imagínese usted. Soy creyente. Creo en la magia de la cotidianidad. En la sabiduría de la naturaleza. En sentirte parte de este planeta como un ser vivo más que vino aquí simplemente a dejar algo significativo, a trascender dentro de un muy pequeño o gran círculo. Creo en la sonrisa de la gente que amo y tengo la esperanza de dejar un pedacito mejor.
Vinimos a costear adversidades para después saborear las victorias. Vinimos para ver llover y disfrutar de un buen vino. A contemplar la mejor luna junto al amor de tu vida. A reír hasta que te duela la panza. A que se te ponga la piel de gallina con una canción. Vinimos a subir montañas y ver pájaros volar. Estamos aquí y no es casualidad (o sí). Llegamos y en este viaje no hay más que abrirse camino junto a tu pequeño o gran círculo de gente favorita. De momentos favoritos.
Cuando en tu vida aparecen estos sucesos inesperados más vale practicar como en el box: levanta los brazos, párate de frente y con la barbilla pegadita al cuello para esquivar un golpe y muévete, actúa. Al menos así lo imaginaba, como una gran pelea a la que me enfrentaría. Después de varios rounds salí triunfante. Como diría René de Calle 13: “La muerte nunca nos venció porque todo lo que muere es porque alguna vez nació”. Dese el tiempo de escuchar este pedazo de canción: “La vida” de Calle 13.
Pero es que si tengo que hablarle a usted de uno de mis seres favoritos en la tierra, ¿qué tienen qué ver con todo esto que le estoy contando? Resulta que cuando esos golpes que nos tira la vida nos pueden dejar en la lona, la mente nos juega trampas y puedes rápidamente caer en ellas así que uno se abre paso ejercitándose, haciéndose consciente y creando sus propios laberintos mentales para echarle pilas a todo esto. A mi paso hacia el quirófano necesitaba calmarme, tenía que entrar ahí lo mejor que pudiera. Recordé la leyenda del Xoloitzcuintle y la relación de los aztecas con la muerte.
¿Se la sabe? En aquella época de los aztecas había un dios llamado Xolotl que era el dios de la muerte, señor de las estrellas de la tarde y protector del inframundo. El dios Xolot tenía cabeza de perro y era hermano de Quetzalcóatl. Una de sus funciones principales era ayudar a los muertos a cruzar al más allá. El dios no estaba solo, lo acompañaba un perro sin pelo, que fue creado de una astilla del hueso de la vida y después fue otorgado a los hombres como un regalo sagrado, Xolotl explicó que en vida debía cuidar muy bien de su perro porque el día en que el hombre muriera, el Xoloitzcuintle se encargaría de guiar sus pasos través del Mictlán, el lugar de los muertos.
El Xoloitzcuintle es considerado la raza más antigua que habita el planeta, se cree que tiene más de 7 mil años. Si alguien trataba mal a uno de esos perros jamás podría entrar al reino de los muertos y vagaría eternamente. De esta manera ningún Xoloitzcuintle lo guiaría en su viaje y el dios Xolot no lo recibiría en el inframundo. Si la persona en vida había tratado mal a los animales, especialmente a los perros, el Xolo se negaría a ayudarlo a pasar, por lo cual perecería y no sería capaz de pasar.
Sin embargo si la persona había tratado bien a los perros cuando se encontraba con vida, el Xolo tomaría su alma, la pondría sobre su lomo y la llevaría a salvo hasta el otro lado el río. O sea que ya vamos de gane. No para todos. Mucha gente dice que los aztecas comenzaron a comer a estos perros, la realidad es que los españoles fueron los culpables. Querían a toda costa acabar con estas tradiciones y comenzar con la doctrina de un solo dios.
Al día de hoy esta leyenda se ha ido modificando y se dice que el día en que tu cuerpo no esté más te recibirán todos los perros que has tenido a lo largo de tu vida para darte la bienvenida. Fue así como pude tranquilizarme aquel día del quirófano antes de mi cirugía y pensar en que si estiraba yo la pata, a la vuelta de la esquina tendría un fiestón de aquellos esperándome. Rusty, Toya, Rocka (era Rocky pero descubrimos que le faltaba algo para ser macho), Mia, Julia, Santa y así tantos que desde muy pequeña mantenía afuera de mi casa y llevaba de comer a escondidas. Perdí cuenta de la cantidad de perros que he tenido a lo largo de mi vida. Pienso en cuanta felicidad ofrecen estos seres y en lo mucho que aprecio estar a su lado. Agradezco sus enseñanzas, su sencillez y compañía, agradezco que mi mamá siempre me permitió todas mis locuras caninas amor hacia los animales.
Hoy me considero una humana plena, feliz ¡y muy perruna! Por eso le digo, sea más como un perro: ame sin condiciones, sea feliz con poco, y viva en el presente. ¡Qué gran ejemplo!, ¿no le parece?
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