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Se vende un esclavo

Se encuentran en el bien cuidado Archivo Municipal abundantes datos sobre el variado comercio a que daba lugar la actividad de los primeros artesanos que en nuestra ciudad hubo. En 1615 Andrés Rodríguez, seguramente el primer carpintero que trabajó aquí, se compromete por contrato a hacerle un trabajo a Bernabé de las Casas. Hay también compras y ventas de harinas, de casas, de aguas, de tierras. Y otros comercios hoy menos comunes y corrientes. En 1615 Pedro Flores pagó 200 pesos oro “de limosna” a la parroquia para ganar así el derecho de ser sepultados, él y todos sus descendientes, en la capilla. En el mismo año el propio Pedro Flores, vecino que debe haber sido muy rico de Saltillo, vende a Juan Guajardo, de Durango, una esclava en 520 pesos oro. Y también en 1615 el capitán Bernabé de las Casas -aquel del trabajo de carpintería- promete por escritura pública pagar 5 mil pesos en oro al capitán Diego Marcos si le consigue del rey de España que lo nombre gobernador del Nuevo Reino de León. No debe extrañar ese convenio. En aquellos remotos tiempos los puestos públicos se compraban y vendían. Exactamente igual que hoy.

Hubo también comercio de esclavos. Los indios eran apresados y vendidos para trabajar en las minas o en las labores de la tierra. Precios muy buenos alcanzaban, y muchos españoles se dedicaron al inhumano tráfico, hasta el punto que rancherías enteras de indios desaparecieron. Los padres franciscanos se angustiaban viendo aquella persecución infame, y escribían ocursos y memoriales en muchas fojas útiles y vuelta suplicando a todas las autoridades habidas y las por haber que suspendieran aquel bárbaro genocidio. Nadie les hacía caso, pese a que en teoría la obra de la Conquista se inspiraba en el más profundo respeto a los naturales, tanto así que en el propio Archivo de la ciudad hay copia de un edicto fechado en 1644 en que se ordena a los alcaldes que vigilen a los religiosos, de modo que no usen a los indios en trabajos “personales”. Existía un cargo llamado “protector de los naturales”. Sin embargo no parecen haber dado muy buenos resultados edictos y protectores: en 1668 llegó a Saltillo una real cédula prohibiendo que se hiciera a los naturales objeto de vejaciones.

La opresión en que se hallaban los indios daba lugar a lances muy diversos. Una historia de amor se lee entre las líneas de fríos documentos, como aquel de 1678 en que se contiene una denuncia hecha por Rodrigo de Morales, sargento mayor él, contra el indio borrado Francisco, que se llevó a una india de su hacienda. Los niños eran también comprados y vendidos. En 1674 el labrado Diego García fue a dar con sus huesos a la cárcel por no pagarle a Cristóbal Castillo “un indiecillo” que le vendió. En 1673 el general Diego de Valdez acusa al indio xuma Lázaro de haberle “sonsacado” una india que estaba a su servicio. No nomás la india sonsacó el tal Lázaro, pues se llevó también unas mulas. A veces los indios se rebelaban contra esa opresión. Juan de Farías pedía en 1659 que se obligara a los indios que estaban “bajo su amparo” a regresar a sus labores, pues amparándose en la letra de aquel edicto se negaban a trabajar.

Cosas de ayer. De muy ayer.