Sangre/Silencio

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Sangre/Silencio

Señor juez, ¿podría tomar las tablas de las leyes? Gracias. Ahora muerda. Muerda hasta dejarlas suaves. Hasta que sea posible sellar los vacíos y los huecos por los que la violencia se multiplica como un cuchillo mental que da a luz a otros cuchillos.

Porque así, ahora, mejor ser una piedra o un banco de peces. Y desde allí, vibrar como mineral o girar infinitamente entre las heladas telas del mar. ¿Estos disfraces terrenos hubieran salvado a las rosas?

Pienso esto desde un jardín donde parto en dos un tomate y obtengo gotas luminosas. Mientras hago esto recuerdo la palabra sangre. Y la palabra silencio.

El diccionario nos entrega el significado de la palabra sangre. Pero entendamos que las carpetas de investigación ofrecen otro sentido. Sobre todo si aparece la sangre sobre el pavimento, sobre el pasto, en una habitación o adentro de una caja. Si aparece sobre el cuerpo o sobre la ropa. ¿Y la ropa de quién? ¿Dónde? ¿Qué tanto es de interpretación sobre el escenario donde hay sangre? ¿Qué tanto se altera o se corrompe la escena? No solo al mover los objetos, no solo al desplazar y ocultar el cuerpo, también en la mente ocurren cosas. Se abren los cajones cerebrales y las corbatas que les dan forma. Hay sentencias que se ganan por principio de autoridad, sentencias que otorgan etiquetas al cuerpo al que pertenece la sangre.

Ah. Y la palabra silencio. Tampoco es el silencio del diccionario. Éste se extiende en el juzgado como mantel de domingo. Lo acicalan y lo cuidan, no vaya una migaja a caer sobre él. Y crece el mantel; se convierte en un tapiz que avanza por las calles y por la ciudad. Con ese mantel limpian los micrófonos, las noticias y ciertos labios.

Y está el asunto de la dulzura que ha quedado fuera. Lo que está adentro y les importa -cubierto por el silencio- es alcoholizar a las rosas. O dormirlas. O narcotizar sus pétalos. Ellos les dan a oler cristal hasta que no vuelven a tener conciencia de sí. O si lo hacen, las rosas ya han perdido la dimensión de su cuerpo y olvidado su fragancia. Entonces, maltrechas, copulan con los dueños de estas translúcidas geometrías. En esos pobres intercambios, se diluyen.

Así, en un mundo de éter, se mata a las rosas.

claudiadesierto@gmail.com