San Martin de las Vacas y el espejo

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San Martin de las Vacas y el espejo

A César Anguiano, compañero de caminos

Un trozo de espejo apunta de cierto modo al cielo. Yace enclavado en una cerca de alambre y pilotes de madera. Tal vez inclinado en un ángulo 45 grados. ¿Es que las nubes se mirarán o el sol se complacerá en reflejar sus rayos? ¿Es que da esperanza a quienes a cierta hora avanzaren entre la aridez? ¿Es que dice: ya estás cerca, ya llegas. Aguanta?

Hasta San Juan de las Vacas habrías arribado si estuvieras en este punto.

Larga la serpiente de la carretera en el desierto. Tramos descendentes que se elevan, fracturas, puentes. Es el horizonte espléndido en su sol mientras en la ciudad se congela el aire.

La piel del mundo aquí contiene espinas y manantiales. Algo de elevados árboles en zonas donde el agua nace tímida en su vida de renacuajos. [El langostino de río se escondía, ¿recuerdas?].

Campos en abandono pues el agua que antes corría en San Martín de las Vacas, se extrajo con tubos y fue a otras manos. De nuevo el despojo, la misma historia antigua. Disposiciones leguleyas en páginas desconocidas para ellos.

Creo que hay qué dejar ofrenda en el escaso poblado. Es lo natural. Nos detenemos en un hogar donde revolotean dos niños. Pregunto si podemos comprarles algunos guisos. Sale la madre. Dubitativa me ofrecen gorditas de maíz. Acordamos diez gorditas que prepararán en dos horas. Hay que procesar el nixtamal. La nada en mi estómago ya anticipa los sabores.

Todo es andar una breve distancia para estar frente a las inmensas rocas pulidas por el atardecer, para este escenario en donde el cuerpo se coloca. Tonos ocres y verdes en alianza. Silencio. Ver por dónde cae el agua en otro momento que no es este; contemplar sus trazos negros que avisan de los minerales. Solo estar. Y regresar sin dejar nada que no sean las huellas.

Sara, ayudada por sus hija y sus dos hijos, nos tiende una mesa improvisada al frente de la casa. Ya nos tiene gorditas del nixtamal que obtuvieron de la cosecha de su padre, José Reyes. 

Nuestra orden llega envuelta en tela que en sus bordes se adorna con tejidos hechos por la abuela, María del Rosario Rodríguez. Es posible pedir gorditas de frijoles, de huevo con rajas o de choriqueso. Es lo que ellos comen. Y quien lo desee, puede acompañar la comida con una infusión de hierba de San Nicolás.

La niña mayor y los dos niños, se sientan junto a nosotros. Escuchan la conversación que tenemos con su abuelo y con su madre. 

José, crio a sus hijos tallando lechuguilla. Le pagaban a 4 pesos el kilo. Así pudo enviarlos a la escuela. Sus historias, nuestras historias y las tazas humeantes en la mesa. Enlazando el sabor con la trama de los años. Sara ha regresado con sus hijos apenas hace meses. Aquí le cobijaron de nuevo con cariño, luego de que el amor en la gran ciudad diera paso al peligro.

Acordamos que a 15 pesos cada gordita. No, menos no. Cómo. Todo el trabajo que es; los ingredientes, este maíz criollo purísimo, el gas, la leña. No Sara. A 15. Acepta finalmente el precio.

Por 20 pesos me traigo un kilo de harina de nixtamal ya preparada por María. A ella la conozco por la suavidad de la masa que nos entrega, pues no ha salido de la casa.

Ese es el precio breve de tanta belleza, de llegar y que te reciban; de que te conozcan el rostro, de no entrar como una forajida. Es la escasa ofrenda de saber que se paga lo justo y se pide permiso. Espero volver a ver a Sara. Espero conocer el rostro de su madre. Espero grabarme el nombre de su hija y de sus hijos. Espero volver a mirarme junto a las nubes, en ese espejo.

claudiadesierto@gmail.com