Supongamos que uno viene a esta vida de una forma meramente accidental, consecuencia del azar o de una circunstancia imprevisible. Y algo así incluye la decisión que toman los progenitores -en caso de que los haya- para concebir hijos y también la teoría de futuro que ellos o alguien han construido para la cría. Si esto es así, ¿de dónde provienen las virtudes o las características apreciables de una persona? Las respuestas habituales proceden de la filosofía, la biología, la sicología o de cualquier ciencia o relato que se crea capaz de discernir y ofrecer luces a este respecto. En mi opinión y estrictamente refiriéndome a mi persona, creo que la vida carece de dirección o sentido y que los actos que uno lleva a cabo resultan ser en esencia ridículos, puesto que parecen efecto de una especie de broma o malentendido trascendental. Es a causa de lo anterior que, en mi opinión, asuntos como el éxito social o económico, la belleza, el poder, la juventud, la enfermedad o la muerte carecen de valor trascendental: son, cuando más, las peripecias de un accidente.

Pero dejemos atrás esta clase de charla anacrónica para afirmar que, no obstante el absoluto sin sentido que para mí posee el hecho de vivir, sí creo que existen virtudes, características de la mente o habilidades éticas, que pueden cuidarse y cultivarse y que resultan eficaces para habitar este mundo sin desgraciar la vida de los demás y no lastimar demasiado la nuestra. Entre esas virtudes existen dos que aprecio en mayor medida: la inteligencia y el respeto. Al señalar la primera no designo a la habilidad lógica e instrumental, ni a la de hilar causas y efectos, o de reconocer patrones, ni tampoco a la educación, ilustración o a la buena memoria, sino a una virtud moral: al concepto griego de frónesis, que implica la comprensión del entorno, el lugar y la cultura en la que uno se encuentra; la conciencia de la reflexión y del arte como actos de libertad; la responsabilidad o cierta sensatez que uno edifica a partir de tal comprensión.

En relación al respeto no me refiero a cuestiones prácticas de autoridad, liturgia o tradición, sino a -como lo escribe Josep M. Esquirol- la posibilidad que uno tiene de mirar varias veces un hecho o sopesar un efecto antes de actuar: "Prestar atención es mirar de forma desinteresada, sin ceder al vértigo de la posesión ni de la producción, y es, sin duda, el mejor antídoto contra la autocomplacencia". Esta mirada es la mirada atenta, tal como la describe el filósofo catalán, y que supone el respeto, el saber poner atención a lo que sucede y a lo que nos sucede. Creo que ambas virtudes se hallan íntimamente entrelazadas y que una auxilia a la otra y la confirma. Es por ello que la inteligencia artificial, por ejemplo, sólo simula la inteligencia humana, pero es incapaz de sustituirla; pues las máquinas carecen de una mirada atenta que se acerque a la sensibilidad ética y logre comprender las singularidades de cada ser y de los múltiples accidentes, miedos o exacerbaciones emocionales a los que los seres humanos se hallan indisolublemente atados. En realidad, y habrán de disculparme, escribo estas palabras dirigidas a mí mismo (no como un acto de atrición católica), para recordar que sin esas virtudes se cometen dislates, se lastiman amistades y se hace de este accidente que es el vivir un suceso desastroso. Uno mismo es el primer obstáculo para la objetividad, ya que uno no puede mirarse desde fuera de una manera total y siempre quedarán residuos de locura, impulso vital, inclinación moral, deseo de destrucción, vicios, etc... que le dan a la persona una singularidad, un nombre y una responsabilidad pasajera.