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Reinventada
Nuestra Constitución es una copia. La original es la de Estados Unidos. Ellos la inventaron hace más de 230 años, en los tiempos de la pluma y el papel y los coches de caballos. Ambas están obsoletas.
Los gobiernos son principalmente procesadores de información, y no transformadores de materia. Por ello la estructura de los tres poderes heredada, usa métodos antiquísimos para discutir y aprobar leyes, e investigar, juzgar y castigar hechos. Dependen de papeleos y un aparato burocrático colosal para poner sellos y firmas.
La revolución digital apenas si hace mella en la pesada estructura necesaria para operar la democracia representativa. La organización territorial en estados y municipios se debe a la lentitud de la transportación de hace dos siglos.
La disfuncionalidad de la democracia representativa se caracteriza, sobretodo, por la lentitud con la que se procesa información y se toman decisiones. Ahora que el mundo está comunicado instantáneamente, resalta la pachorra de las instituciones de gobierno. Veamos tres ejemplos:
En los Estados Unidos, el presidente Trump fue atacado por supuestamente ser un agente ruso, o al servicio de Putin durante dos años y medio. Eso se tardaron las investigaciones y quedó en nada. Ahora arranca otro ciclo, y el nuevo tema es Ucrania.
La Cámara de Representantes está en poder de demócratas, comandados por una abuelita corajuda de nombre Nancy Pelosi a la que de plano ya se le van las cabras. Una de sus chivas locas es el diputado Adam Schiff, un mentiroso consuetudinario que dijo tener pruebas documentales de la traición rusa de Trump, y quien vuelve a mentir respecto a Ucrania. El pleito entre dos poderes constitucionales no tiene para cuándo.
En México, la lentitud del sistema de gobierno es pasmosa. Pregunten a quienes lidian con la burocracia federal. Caminamos en cámara lenta. Las reformas estructurales no habían fraguado cuando llega Andrés a darles reversa o amordazarlas.
Si ya perdimos treinta años en materia educativa, la reversa de la reforma nos hará perder mínimo otros diez. Nuestro poder ciudadano está congelado porque los poderes constituidos no tienen prisa, y con frecuencia se pelean entre sí con recursos de inconstitucionalidad. Y toda esa fricción del aparato nos cuesta a los ciudadanos.
El tercer ejemplo de inoperancia constitucional lo tenemos para vergüenza en Nuevo León. No terminábamos de celebrar la llegada de El Bronco cuando éste decidió pagar deudas de campañas robando dinero con la compra fraudulenta de unas cobijas. Y nuestro sistema no le pudo dar trámite apropiado a tan visible e inexplicable anomalía.
No hay duda de los hechos, el Gobernador Rodríguez mal utilizó su mandato, luego lo abandonó y luego lo retomó, todo en forma deshonesta. Ahora tenemos una sentencia que lo declara culpable de malversar recursos y no la podemos ejecutar. Nuestro sistema de equilibrios constitucionales es en teoría genial, pero en la práctica resulta contradictorio e ineficaz.
En los tres ejemplos presentados arriba, hay datos objetivos, claros, comprobados de funcionarios actuando en forma equivocada, pero como son actos realizados como parte de una institución, gozan de la ventaja de la lentitud con la que operan las medidas correctivas.
Ningún sistema opera libre de errores, pero tampoco sobrevive cuando los errores tardan años en remediarse o de plano se absorben en el remolino de la impunidad.
Espero que los jóvenes del Congreso de Nuevo León se den cuenta de que ya no podemos seguir tolerando deshonestos y sobre todo dejarlos escudarse en las fallas estructurales de instituciones ya obsoletas. Tienen que aprender a trabajar con prisa y acortar los tiempos que asignan a tomar decisiones y aplicar correctivos.
Urge que Nuevo León retome el liderazgo que tuvo hace medio siglo. Al mal paso darle prisa. Que se note el empuje y la claridad de metas, mientras piensan cómo reinventar la Constitución.