Rehuir el debate; los precandidatos y sus pesadillas

Usted está aquí

Rehuir el debate; los precandidatos y sus pesadillas

Calentamiento. Los ejercicios de calentamiento de los tres prospectos definidos a la Presidencia aportan ya trazos de sus estrategias para la etapa de las precampañas que arrancan esta semana. López Obrador y Anaya no parecen empeñados en elevar su actuación para mostrar que son los mejores, sino, al menos hasta el momento, en tratar de arruinar desde ahora la actuación de los demás. El morenista López Obrador, las del priísta Meade y el panista-frentista Anaya. Anaya, la de la eventual candidata independiente Margarita Zavala. Lo obvio: cada precandidato se anticipa a tratar de desactivar sus pesadillas. De acuerdo con el blanco de sus ataques, éstos serían los peligros que más temen: AMLO, a Meade y a Anaya. Y Anaya a Margarita Zavala, a juzgar por la ferocidad caníbal con que el ya abanderado panista-frentista puso las gestiones presidenciales provenientes del PAN en el centro de sus descalificaciones directas, con especial énfasis en la de Felipe Calderón, el esposo de la aspirante.

Sí el propósito de las precampañas es obtener adhesiones al interior de sus partidos y sus alianzas, a la manera de las elecciones primarias del sistema de EU, José Antonio Meade parece el más enfocado en buscar el refrendo de los sectores del PRI y el aseguramiento de las coaliciones con el Partido Verde y el Panal. Mientras el más urgido de vencer resistencias y neutralizar disidencias en su partido y en los demás partidos del Frente resulta Ricardo Anaya. Y aquí su estrategia de tierra quemada, de barrido de opositores internos, expectativas y promesas incumplidas y escarnio contra desertores puede empezar a tener rendimientos decrecientes. Más de uno ha comparado esta ruta de caídos con la pesadilla de Roberto Madrazo y su imposición de la candidatura del PRI en 2006, que lo llevó a abanderar un partido deshecho y perdedor.

Con el control autárquico de su partido, López Obrador no tiene estas pesadillas, sino otras. No parece interesarle (ni convenirle) medirse en la tele, por ejemplo, con Meade sobre la calidad de sus propuestas o sus capacidades de gobierno, ni con Anaya en un cambio de golpes en el que el Joven Maravilla tendría todo en su favor. Por eso AMLO intenta borrarlos del escenario por la vía de restarles relevancia en la lucha electoral: el ataque como vía de eludir el debate.

¿Clasismo-Racismo? López Obrador los llama "pirrurris" en una suerte de discriminación de clase que buscaría inhabilitar mediáticamente a los aludidos para luchar por la Presidencia. No por el desprecio a los pobres que implicaba el comediante que popularizó el término, algo que por lo demás los otros precandidatos no han mostrado, sino por el origen social de éstos o el de sus familias.

Y ya ni hablar de la descalificación a sus contendientes porque "están blancos" o "puxhos", como les dijo en una lengua originaria. Y es que aquí AMLO parecería estar introduciendo una carga racial o de nativismo indigenista, ingredientes con frecuencia asociados al populismo latinoamericano. Por este camino López Obrador les estaría dando la razón a quienes lo comparan con Hugo Chávez o Evo Morales. Pero también es cierto que esto le puede parecer menos costoso que un debate a fondo con Meade sobre propuestas y capacidades o que un intercambio de veneno verbal con el fajador Anaya.

Con tal de no debatir. De allí también la ofensa de llamar a sus competidores "peleles y títeres", así sea de una nebulosa "mafia del poder", esa insistente apelación a la teoría conspirativa más elemental y desacreditada en los círculos de la inteligencia mundial, que encuentra en todo proceso ajeno el control directo de una élite perfectamente coordinada, actuando en las sombras para garantizar y perpetuar su dominio. Pero nada importa el desgaste del recurso con tal de no debatir: con tal de ir preparando el terreno para, al momento de la convocatoria del INE a los debates, salir con que él no debate con pirrurris, blancos, puxhos, títeres ni peleles.