¿Redes sociales asesinas?

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¿Redes sociales asesinas?

No se trata de un escepticismo sano o racional. Se trata, más bien, del encumbramiento de la falacia viral

El viernes, en la Casa Blanca, un reportero pidió al presidente de Estados Unidos su opinión sobre el papel de las redes sociales en la batalla contra el coronavirus. “La única pandemia que tenemos es entre los no vacunados”, respondió Biden. Las redes sociales, agregó, “están matando gente”, refiriéndose a la diseminación en las plataformas digitales de información falsa y teorías de la conspiración, factores fundamentales en la reticencia de millones a vacunarse contra el coronavirus.

A través de un vocero, Facebook rechazó la caracterización e incluso sugirió que la plataforma ha impulsado la vacunación a través de una herramienta de la red social. ¿Quién tiene razón? En un artículo reciente, Kara Swisher, la columnista del New York Times especialista en tecnología sugiere que Facebook (junto YouTube y Twitter) han hecho mucho más daño que bien en el esfuerzo por dar a conocer información correcta que derive en una mayor inmunización.

Aunque sin duda son fuente indispensable de conocimiento, interacción social y cambio político (como en Cuba ahora), las redes sociales han jugado un papel lamentable en la batalla contra la desinformación, sobre todo en varios momentos cruciales de la vida pública reciente. Por ejemplo: no se explica el descrédito del sistema electoral estadounidense entre los votantes republicanos afines a Donald Trump sin la parálisis cómplice de las redes sociales, que esperaron hasta el último instante para restar impacto a una patraña peligrosísima que restó legitimidad a una democracia que ha funcionado sin sobresaltos mayores desde hace siglos. El intento de insurrección del 6 de enero, que finalmente llevó a la suspensión de la cuenta de Donald Trump, tampoco se entiende sin la difusión impune de inverosímiles teorías conspirativas en redes sociales en los días previos.

Algo muy parecido ha ocurrido en el esfuerzo por vacunar a un número suficiente de estadounidenses, con la esperanza de alcanzar la inmunidad de rebaño. Ocurre que un porcentaje considerable de personas simplemente no quiere vacunarse.

Swisher remite a un ejemplo aterrador y fascinante: un video lleno de mentiras (pero muy bien producido) llamado “Plandemia”, que da rienda suelta a todas esas locuras que todos hemos escuchado en algún momento durante este año y medio del virus. “Plandemia” alcanzó a millones de personas en muy poco tiempo por el veloz poder de ampliación de Facebook.

Es difícil exagerar el efecto de un video como “Plandemia” en la lucha por convencer a la población reticente de vacunarse. No solo eso. La existencia y popularidad de productos como “Plandemia” han generado otro asunto quizá más alarmante: atrapados en una espiral de dudas infundadas y conspiraciones irracionales, la gente está dejando de confiar en la ciencia.

No se trata de un escepticismo sano o racional. Se trata, más bien, del encumbramiento de la falacia viral. Por supuesto: la responsabilidad de cada una de esas mentiras es, antes que nada, de quien la publica. Antes que Facebook o YouTube, la responsable de “Plandemia” se llama Mikki Willis, la productora del video. Pero el mundo siempre ha tenido delirios como la señora Willis. Lo que no había tenido el mundo es plataformas en las que personas como Willis pudieran difundir, con impunidad casi absoluta, teorías de la conspiración que convencen a millones de negarse a una vacuna que podría salvarles la vida. Y ahí, la responsabilidad es enteramente de Facebook y similares. En ese sentido, por desgracia, Joe Biden no exagera. Esa versión de las redes sociales —caótica, destructiva, tóxica— en efecto está matando gente. Y, en otro sentido, también está matando la democracia, cuyo único cimiento está en la confianza de los ciudadanos. La pregunta, entonces, es si Mark Zuckerberg y sus colegas estarán a la altura de su tiempo. Lo dudo.