Sería el asesinato de Buendía un crimen de Estado transnacional, orquestado, perpetrado y encubierto por un Gobierno

Se anunció a los ganadores del Premio Estatal de Periodismo, el cual no dejo yo de objetar, aunque celebro cuando algún colega que sí le hace honor al título se lleva el estímulo económico, que para reconocimientos el único que necesita es el favor del lector.

No obstante, el periodismo en México murió asesinado; cobarde, vil e impunemente balaceado hace 37 años y yo recuerdo con claridad ese día, pese a que era yo entonces un niño sin ningún atisbo de vocación que me vinculara de forma alguna con el oficio noticioso.

Por alguna razón que no alcanzo a explicarme, jamás he podido olvidar esa noche de 1984 en que el vocero del sistema, Jacobo Zabludovsky, rindió cuenta del alevoso homicidio del columnista Manuel Buendía.

Es obvio que el seguimiento judicial y periodístico al caso de los años posteriores mantuvieron su nombre vivo en mi memoria, pero de alguna manera el anuncio de su deceso, de entre todo el universo de acontecimientos diarios, se me grabó indeleble mucho antes de que me pudiera yo tomar cualquier asunto de adultos en serio.

Supongo que en su momento me expliqué este hecho simplificando la fórmula a su expresión mínima: “Criminales asesinan a reportero porque sus investigaciones resultaban inconvenientes”, no por supuesto con esas palabras, pero, en un sentido estricto, estaba en lo correcto.

Lo que no tenía manera de intuir era la probable identidad de dichos criminales. Quizás los imaginaba como una caterva de gángsters sacados de alguna película de Juan Orol, no obstante los años fueron deslavando esta idea acartonada y pandilleril que tenía de la delincuencia y la revelaron como algo mucho más perverso que se ejerce por necesidad desde el poder.

La impunidad y la perenne irresolución, la falta de una certidumbre más allá de las versiones oficiales, sólo se explica cuando se le asigna al Gobierno el rol que en realidad le corresponde en la película de los buenos contra los malos y por desgracia, es el papel del hipócrita, taimado, traidor y perpetrador; autor intelectual y ejecutor; dueño de toda la verdad, pero responsable de diluirla en un pantano de relatos contradictorios.

El caso de Manuel Buendía trascendió porque se trataba de alguien con un don excepcional para leer la prensa. A diferencia del común de la gente que con cada nota abre un nuevo archivo en su cabeza, Buendía parecía capaz de correlacionar diversas notas en apariencia ni remotamente emparentadas, para al final emerger con un relato coherente sobre un asunto del más puro y genuino interés nacional.

Sobra decir que los editoriales de Manuel Buendía eran inaceptablemente incómodos para un régimen priista que toleraba sólo la crítica mínima necesaria para simular el humano derecho a la libre expresión, pero nada que comprometiera su permanencia en el poder junto con la ocupación total del tablero político mexicano.

Sí, a Manuel Buendía le dispararon rufianes de poca monta, pero las indagaciones sobre la autoría intelectual conducen en una línea ascendente que llega hasta el presidente de la República, Miguel de la Madrid; pasando por el hoy bien cobijado CEO de la CFE, Manuel Bartlett, por aquel entonces secretario de Gobernación.  Pero la cadena pudiera no parar allí, sino conducirnos hasta la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, la CIA, y al presidente mismo de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

Y es que al parecer, Buendía estaba por exponer la trama de complicidades entre los cárteles narcotraficantes, las autoridades mexicanas de primer orden y el gobierno estadounidense, coludidos para controlar el paso de droga hacia los EEUU y de esta manera financiar a los “contras” en su lucha frente al régimen de la Revolución Sandinista en Nicaragua.

Sería el asesinato de Buendía un crimen de Estado transnacional, orquestado, perpetrado y encubierto por un Gobierno, a instancias de otro Gobierno mucho más poderoso. Aunque la certeza concerniente a estos oscuros acontecimientos no la sabremos en tanto la hegemonía política no vire drásticamente su eje en ninguna de las dos naciones involucradas.

Por favor, acepte nuevamente mi recomendación para ver el documental “Red Privada: ¿Quién mató a Manuel Buendía?” de Netflix.

Nunca, desde que escuché por vez primera el nombre del malogrado héroe del periodismo, me explicó nadie con tal claridad las redes de intereses ocultos que desembocaron en su cobarde homicidio y expuso así a todos los involucrados en esta maraña de mentiras.

No me paga Netflix, como tampoco podemos afirmar que toda su producción responde a los más altos estándares de calidad. Incluso padecemos -desde el advenimiento del ‘streaming’- de una curiosa plaga de ‘documentalitis’. Es decir, abundan las producciones disponibles en dicho formato. El género de por sí impone respeto pero, ¡cuidado!: No todos los documentales están debidamente producidos, escritos, ni investigados, además de que todos llevan el sesgo de la gente que lo elabora.

Aunque haga mucho alarde, ningún documental puede jactarse de presentar la verdad absoluta. Un buen documental en cambio nos plantea las preguntas correctas.

“Red Privada:…” está elegantemente vestido, magistralmente editado y abreva de suficientes fuentes como para no poder regatearle la seriedad de su esfuerzo. El debut de su realizador, Manuel Alcalá, se antoja prometedor y resulta imprescindible para ponernos las cosas en perspectiva: Recordar lo insignificantes que somos para quienes se mueven en el estrato más alto de la “cratósfera” o esfera del poder, a los que no les interesa el número de vidas que cueste, o condenar el futuro de una nación entera; ni siquiera engañar y envenenar a su propio pueblo, en tanto la agenda que se han propuesto se cumpla a cabalidad.

Agradecido estoy con esta pieza que brinda un panorama más redondo del contexto en el que el periodismo mexicano fue asesinado, oficio que sigue siendo masacrado día con día y hasta la fecha.