Realificción

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Realificción

Durante la temporada anterior cayó como piedra en un pozo la certeza de que resulta imposible para la humanidad vivir sin el consuelo de la ficción. Requerimos de ella; necesitamos evadir, sublimar o abrir otra ventana en el castillo de una realidad al parecer insoportable.

En esta temporada, y en otras, los escritores de ficción digamos típicos, desde Homero hasta Haruki Murakami o Salvador Elizondo –éste, más bien atípico- siempre se convierten en los mejores compañeros.

Hasta el más sesudo filósofo puede divertirse, entretenerse y hasta amortiguar su angustia leyendo las obras de Swift, Defoe, Salgari y, por supuesto, Julio Verne, para no hablar de Gautier, Stevenson, Le Fanu, Leroux, Poe, Tolstoi, Dostoyevski y tantos otros.

Leer ficciones es divertido, sí, y entretenido, pero también algo más: leer nos enseña un poco a vivir, a aprender cosas, a preguntarnos por otras. El acto de leer también nos abisma y, muchas veces, nos hunde en la tristeza. Pero este es  negocio aparte.

Me pregunto ahora por qué, desde los orígenes, hemos necesitado tanto de la ficción narrativa. Inventamos historias o las tomamos de “la realidad”, alterándolas un poco. ¿A qué obedece esta obsesión por las ficciones?

Las miles de historias mitológicas de todas las culturas del orbe, ¿qué nos dicen subtextualmente? Las innumerables leyendas populares, ¿de qué nos hablan “en realidad”? Hay una multitud de personajes fantásticos que pueblan el imaginario de la humanidad: ¿cómo, por qué, de dónde surgieron?

En su obra “Las Raíces Históricas del Cuento”, el lingüista ruso Vladímir Propp sugirió algunas respuestas, pero de ninguna manera agotó el tema, aunque sus investigaciones fueron de un gran valor. Tampoco las del antropólogo francés Lévi-Strauss –influido por Propp-, a pesar de la importancia de sus investigaciones.

La corriente fluye entre dos orillas: la realidad y la ficción. Pareciera que “la realidad” ha provocado siempre una insondable inquietud en los seres humanos, un oscuro “desasosiego”, para decirlo con una palabra cara al poliédrico Fernando Pessoa. Me parece que las razones son obvias:

“La realidad” no parece simple, y de hecho, no lo es: resulta siempre inestable, amenazadora, acechante y ambigua. ¿La realidad es de veras real o no es sino una ilusión de los sentidos, conforme pensaban algunos poetas barrocos, nahuas y el empirista Berkeley, y según afirman algunas corrientes espirituales de Oriente, como el hinduismo y el budismo?

La noción de “realidad” forma parte de una suerte de familia semántica: otros de sus miembros serían “la vida”, “el tiempo”, “la naturaleza”, “lo concreto y material”, “la política”, “la ideología”, “la economía”, “la cultura” en su sentido más amplio e inclusivo y otros.

Porque, veamos, ¿qué es el hombre en medio de la naturaleza? Una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un término medio entre la nada y el todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de las cosas y su principio están para él invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable, y es tan incapaz de ver la nada de donde le sacaron como el infinito en el que está sumido"
Blaise Pascal

¿La ficción se opone, pues, a la realidad –o a la inversa? ¿Es su antónimo? Aquí me detengo para reflexionar en torno de la constante transmigración que se advierte entre realidad y ficción, como si el caudal que fluye entre ambas orillas estuviese sembrado de puentes:

Es sabido de Flaubert tomó la idea central de su novela “Madame Bovary” de la nota roja de un periódico de la época, es decir, de un suceso de la vida real. También sabemos que Hans Christian Andersen depositó mucho de su propia y triste vida en los cuentos que lo hicieron célebre, como “La Sirenita”, “La Reina de las Nieves”, “El Soldadito de Plomo” y tantos más.

Los ejemplos pueden multiplicarse: Dostoyevski exorcizó sus demonios más íntimos en “El jugador” y otras novelas, Capote capturó otra noticia criminal y la convirtió en una historia que bautizó como “non fiction novel”, Fitzgerald sublimó su deseo de fortuna económica y de elegancia en “Hermosos y Malditos”, Proust elaboró un fresco de la decadente aristocracia del París finisecular -siglo 19- incluyéndose como un virtualmente neutral testigo…

Pensemos en tantos otros narradores de todas las épocas, desde los anónimos hasta los famosos. Pensemos en los autores de las multitudinarias mitologías, el Gilgamesh, el Popol Vuh, el Beowulf, el Cid, el Roldán y mucho, mucho más.

Recordemos los miles y miles de dramas, libretos operísticos y guiones cinematográficos y televisivos: muchas historias “originales” y otras tantas “basadas en hechos reales”. Hemos estado tan necesitados de ficción o de realidad ficcionalizada que pareciera que no podemos enfrentar “la realidad” tal como (parece que) es.

¿Por qué? ¿Es la ficción inherente a la naturaleza humana? Según la Historia, la respuesta no puede ser sino afirmativa: desde el libro Vaquero -¿existe aún?-, el Cómic y el Manga hasta “La Eneida” de Virgilio, “El Señor de los Anillos” de Tolkien, la Serie de “La Fundación” de Asimov y tantos otros relatos, cuentos, novelas, películas y series de ficción de publicación aún más reciente.

Tal es la potestad de la ficción que ni la poesía ni las artes visuales, ni siquiera la música, han escapado a su influjo: hay poemas sinfónicos inspirados en el Fausto de Goethe o en algún episodio de la Divina Comedia, paisajes o lienzos históricos que esbozan una fábula y poemas narrativos, como muchos romances y corridos mexicanos, sin excluir otros tantos de, por ejemplo, José Emilio Pacheco.

Y hay que ver lo que dice Pascal acerca de la imaginación en sus “Pensamientos”…