Quien tenga corazón no lo tenga escondido
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Quien tenga corazón no lo tenga escondido
Este poeta, nacido en aguas de Tabasco, se llama Carlos Pellicer. Es tabasqueño, dije: posee al mismo tiempo la ferocidad del mar y la ternura de la flor. Católico y erótico, se divide por partes iguales entre el santo de Asís y los poetas malditos. Lee a González Martínez y a Porfirio Barba Jacob. Una noche escuchó al poeta colombiano –él es también un poco colombiano- recitar su “Canción de la vida profunda”. Con ellos estaban otros dos señores, llamado uno José Vasconcelos y el otro Jaime Torres Bodet. En su temprana juventud Pellicer fue dirigente estudiantil. Organizó dos congresos de estudiantes, uno en Mérida, en Saltillo el otro. En mi ciudad recibió como obsequio un hermoso sarape que conservó hasta el fin de su vida como preciado recuerdo. Vehemente partidario de Carranza, lloró el día que supo de su muerte. El bardo tabasqueño era alto y bien plantado. Llevaba con gallardía la capa española, y lucía en el dedo cordial de la mano derecha un anillo con un gran ópalo queretano. Sentía adoración por su madre. A ella están dedicados algunos de sus mejores versos. En medio de las tormentas de la vida hallaba en su mamá consuelo y fortaleza. A Pellicer la poesía le brotaba como si tuviera el cuerpo y el alma llenos de armonía. “Si mojara mis manos en el lago / me quedarían azules para siempre”. Le sucedió llegar a Iza, una aldea perdida en las estribaciones de los Andes, y ahí le nació un precioso dístico, quizá la más bella, y desde luego la más conocida rima de todas las que hizo: “Aquí no suceden cosas / de mayor trascendencia que las rosas”. Tenía el poeta una costumbre que se volvió entrañable: cada año ponía por diciembre, en la sala de su casa, un nacimiento que era visitado por mucha gente. Mandó hacer varios cientos de figuras de cera, de las cuales usaba cada año unas docenas. Como fondo del paisaje navideño pintaba los volcanes, el Popo y el Ixta, de modo que el suyo era un nacimiento mexicano. Para ilustrarlo escribió y grabó en disco un poema navideño. Abreviado –aunque es muy breve- dice así: “Quiero decirles, / mis queridos amigos, / que en el Valle de México / Cristo ha nacido… / ¡Ay, el Valle de México! / ¡Quién lo cantara / sin decir ni una sola palabra!... / En el Valle de México / Cristo ha nacido. / Vamos a ser muy hombres / por ese Niño. / Vamos a ser muy hombres, / es decir, buenos, / como un árbol antiguo / que dé luceros. / Con la primera estrella, Niño Jesús, / juraré que en mi pecho / se hará una luz. / La noche está encendiendo / caminos reales, / y entre un lucero y otro / se va la tarde. / En el Valle de México / Cristo ha nacido. / Quien tenga corazón / no lo tenga escondido”. Yo tengo la desdicha de no ser poeta. No estoy tocado por el dedo de Dios; no veo ahí donde los demás tienen los ojos ciegos. Y tengo la fortuna de no ser poeta. Para serlo se necesita sufrir mucho, y yo soy habitante de una módica felicidad burguesa. Pero amo la Navidad, igual que la amó Pellicer, y cada año también pongo en mi casa un Nacimiento. El mío es de barro, como yo. Antes de poner en el portal al Misterio, es decir a María, José y el Niño, pongo a los animalitos, la mulita y el buey, pues ellos ya estaban ahí cuando llegó el misterio. Luego pongo a los pastores, o sea los pobres, y en seguida a los Reyes, o sea los poderosos. Los Reyes son tres. Los pastores son muchos. Pero en Belén están juntos ricos y pobres. La Navidad nos une a todos, aunque después muchos cosas nos aparten. Hoy quise poner aquí un poema navideño como regalo a mis cuatro lectores, y escogí ése de Carlos Pellicer. Lo envuelvo en mi afecto y se los doy en este día. “Cristo ha nacido. Quien tenga corazón no lo tenga escondido”… FIN.