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¡Queso mantequilla!
Siempre con alba camisa inmaculada, siempre con pantalón de caqui muy planchado, siempre con sombrero de palma, pasaba gritando con rápida cantilena inalterable el pregón de su mercadería:
-¡Queso mantequilla! ¡Queso mantequilla!
Iba presuroso por las calles, sin detenerse casi ni siquiera cuando algún marchante le quería comprar. Y no siempre vendía. A veces su locura pacífica se demostraba más, y se negaba a vender sus blancos quesos y su dorada mantequilla. Explicaba al boquiaberto comprador:
-¿Después qué vendo?
También vendía “El Diario” y “El Heraldo del Norte”, aquellos periódicos de ayer, ambos tan entrañablemente provincianos. Pero antes de venderlos se ponía a leerlos en la equina, o a hacer como que los leía, pues fijaba largamente la vista en un solo punto de la página y así se estaba mirando mucho tiempo con atención profunda, y sólo de vez en cuando meneaba la cabeza como en muda reprobación de lo mal que andaban las cosas en el mundo.
Echaba luego a caminar otra vez, apresuradamente, y volvía a pregonar su mercancía: “-¡Queso mantequilla! ¡Queso mantequilla!”, aunque ese día llevara “El Diario” y “El Heraldo, o gritaba “-¡El Heraldo El Diario!”, por más que en esa ocasión trajera su canasta llena de mantequilla y queso.
Muy acomedido, como se dice por acá de quien es comedido, atento y servicial, estaba presto a ayudar a los automovilistas que se disponían a estacionar su vehículo. Callaba su pregón, acudía con prontitud al sitio donde alguien se estaba estacionando y comenzaba a darle instrucciones, al tiempo que con amplio ademán le guiaba en su retroceso:
-Dale, dale.
El conductor, confiado en su oportuno ayudador, ya no veía por el espejillo o la ventana y se cuidaba sólo de seguir escuchando la voz del guía:
-Dale, dale.
Seguía retrocediendo el automovilista hasta que de pronto un súbito estruendo de choque acompañado de estrépito de vidros de “calavera” rotos o de salpicaderas abolladas le anunciaba la catástrofe. Se oía entonces la alegre voz del vendedor de quesos que anunciaba triunfante:
-¡Ya le diste!
Figura de ayer la de aquel hombre sencillo que nos vendía queso y mantequilla, “El Heraldo” y “El Diario”, y cuyos ires y venires por las calles de Saltillo nos quedan como una imagen que se evoca con ternura y emoción.