Que no podía ser

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Que no podía ser

Oniverto, querido: Ignoro qué o cómo voy a decirte lo que escribiré a continuación. Dejaré que los dedos recorran el teclado como si automáticamente redactara lo que aquí quedará consignado. No sé qué validez pueda tener. Acaso sea inútil enviar esto para su publicación.

Y haré puntos y aparte sólo por convenciones editoriales, pues este texto debiera ser escrito de corrido, como un “flujo de conciencia”, según los teóricos hizo Joyce en su “Ulises”, lo que no es del todo cierto. Pero ya sabes que los teóricos del arte, como los pedagogos, están siempre hambrientos de “novedades” e “innovaciones”.

Debajo de estas palabras te digo algo que no sé si podría publicarse. El dolor no se publica, querido amigo. Wilde dice en “El Retrato…” que en su época los poetas hacían varias ediciones de sus sufrimientos. Tal fenómeno es hoy harto difícil. Me refiero al de las varias ediciones: la tecnología digital lo ha cambiado todo.

Tú, que has viajado tanto por el mundo, sabrás decirme qué hacer con el insomnio, con la acedia, con la melancolía. ¿Sueno decimonónico? Así me siento, en parte. / ¿Por qué digo “en parte”? / No sé qué hacer conmigo, en resumidas cuentas. Las más pequeñas adversidades de la vida ordinaria, ¿sabes?, me parecen insolubles, inconmensurables.

Querría ayudar más allá de mis fuerzas. No puedo. Necesito confesar que no puedo. No sé en qué astilla quedaron atorados mi entusiasmo y mis capacidades. No sé en qué momento mis compañeros testigos empezaron a desmoronarse. ¿Eso significa quedarse solo? ¿Sabes de quiénes hablo cuando menciono a esos “testigos”? / Esos testigos del desierto /

Lo de menos es citar nombres. Aunque vienen al caso, no quiero circunscribir esto a ningún momento en particular. ¿Un asunto amoroso? De ninguna manera. No se trata de eso. No es una cuestión de amores imposibles y ese tipo de dramas. Es algo más importante.
El amor, después de todo, no deja de ser más que una ilusión de la libido, si así puedo definirlo. Y resulta tan ardiente como pasajera. Sería bastante cursi decir que no soy ya proclive a caer en esa fantasmagoría. Más certero y menos sentimental sería declarar que no me interesa alimentar la ilusoria capacidad del amor. Me parece demasiado estorbosa por el momento. Hay que mantener esa bestia a raya.

La tarde está nublada y llueve. Pienso en algunos poetas barrocos y en “El Quijote”, que hemos comentado recientemente en el salón de clases. Sombríos muchos de esos poetas; tenebroso el Quijote de la Segunda Parte.

No entiendo por qué ponerme tan literario en un texto como el que te escribo. ¿Qué diablos tienen qué ver los poetas barrocos y “El Quijote” con lo que pretendo decir de manera cifrada? Ni tengo el talento de un Quevedo o de un Góngora ni la genialidad del autor de las “Novelas ejemplares”. Tengo, eso sí, una similar disposición hacia algunos de sus temas más caros. El desengaño, por ejemplo…

¿Será que de este sueño se recuerde? “Epístola moral a Fabio”
Andrés Fernández de Andrada

Pero a estas alturas sé que se nace para eso, ¿para qué otra cosa si no? ¿Quién podría gritar que ha triunfado sobre el desengaño? De hecho, todo aparece en nuestra vida como eso. Vivir “aquí” es vivir en el perenne desengaño. Todo está enmascarado, todo es disfraz de la apariencia, ya en sí misma engañosa.

En una de las películas menos celebradas y famosas en que actúa Pedro Infante, el cantante, ebrio como un barco, dice una frase digna del más grande poeta trágico: “De haber sabido, ni nazco…”. Un parlamento como éste, en el seno de un melodrama a la mexicana, da mucho qué decir. Y qué callar, también. 

¿Y cómo no entender esta frase cuando sabemos que, como hace siglos lo dijo un poeta náhuatl: “como una pintura nos iremos borrando”? Cuando la conciencia de esta certeza cae sobre nosotros con el peso de un mausoleo, apenas tenemos tiempo de corroborar el nudo gordiano de ese desengaño.

Pero ¿quién nos ha engañado, quién nos engañó en los orígenes? Porque no encuentro otra manera de decirlo: si la traición, la ilusión del amor, la anagnórisis y la muerte constituyen altas formas del desengaño, ¿qué nos hizo caer en la trampa de creer, de engañarnos? Sartre diría tal vez: nadie es inocente: todos lo sabíamos.

Sin embargo, no sé a ciencia cierta si “lo sabíamos”. De mí sé decir que no lo sabía hasta que apareció la primera luz de la razón y me quedé una tarde mirando fijamente el suelo del patio de la casa familiar, pensando en el porvenir, pensando en lo que pensaría en el porvenir acerca del pasado, contemplándome desde el futuro y preguntándome lo mismo.

Entonces me di cuenta de que “lo sabía”. Me vi a mí mismo desde otros tiempos y comprendí que esto no podía ser, que no debía ser.