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Protestas por el 8M, el signo del hartazgo
¿Por qué las mujeres de nuestro país salieron a las calles en medio de un clima de tensión y confrontación con las autoridades? ¿Por qué las escenas distintivas de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer -al menos en la Ciudad de México- fueron las de la crispación?
La respuesta no está en el facilismo discursivo que busca etiquetar los movimientos feministas como parte de acciones motivadas por “intereses oscuros” o de una presunta intención de “debilitar” al Gobierno.
La respuesta se encuentra más bien en el hartazgo del sector mayoritario de una sociedad que no solamente las ha hecho largamente víctimas de múltiples violencias, sino que sigue siendo indiferente a sus quejas recurrentes y a sus legítimos reclamos de igualdad.
Acoso laboral, violencia física, ataques sexuales, discriminaciones de muy diversos tipos, salarios desiguales, establecimiento de barreras artificiales para impedirles el acceso a posiciones de decisión… la lista es larga y en todos los casos se trata de situaciones agraviantes.
No se trata de una realidad que descubrimos ayer ni han faltado las voces que la señalen con toda su crudeza. Las mujeres llevan décadas alzando la voz y demandando el diseño e implementación de políticas públicas que reviertan la realidad que han padecido y padecen.
El reclamo se ha planteado en todos los tonos posibles. Se han seguido todas las rutas y se ha empeñado en ese proceso una enorme dosis de paciencia y tolerancia frente a la indiferencia más o menos generalizada.
Pero las mujeres han seguido siendo violentadas, discriminadas, asesinadas. La violenta realidad frente a los discursos triunfalistas de políticos y gobernantes de todos los signos ideológicos que aseguran estar atendiendo el fenómeno y “presumen” de acciones realizadas “como nunca antes” a favor de las mujeres y sus derechos.
Por ello es comprensible el hartazgo y la protesta estentórea que puede fácilmente -si se ignora convenientemente el contexto- confundirse con incivilidad, con la ruptura del orden institucional.
Ninguna violencia se justifica y, en principio, ninguna violencia es útil a la construcción de una sociedad justa e igualitaria. Pero frente a este acierto teórico resulta obligado reconocer la existencia material de una violencia mucho peor que no está siendo reconocida, mucho menos atendida, y que provoca el hartazgo de un sector que no quiere tolerarla más.
Las mujeres no quieren tener más paciencia, no quieren esperar más, no están dispuestas a seguir siendo víctimas… y tienen razón.
Frente a su hartazgo entonces, la única respuesta válida es la de pasar, en forma inmediata, del discurso a las acciones. Y eso significa solo una cosa: comprometerse con la existencia de un sistema de reglas que garantice a plenitud sus derechos, es decir, que elimine todas las fuentes que generan la desigualdad que las lleva a protestar.
Ayer salieron nuevamente a las calles y alzaron la voz con mayor fuerza que la vez anterior. Nadie puede pedirles que hagan lo contrario mientras las razones que les han conducido a ello prevalezcan.