Pascual

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Pascual

 

Don Miguel Ahumada fue gobernador de Jalisco en tiempos del porfiriato. Alguien le dijo que cierto señor tenía un automóvil -entonces novísima invención- capaz de correr a una velocidad de 20 kilómetros por hora.

-¡Ah cabrón! -exclamó don Miguel muy admirado-. ¿Y a dónde chingaos quiere ir tan aprisa?

Este mismo don Miguel dijo una vez algo muy puesto en razón. En su presencia discutían algunos intelectuales si la política era una ciencia o un arte. Él pronunció esta frase:

-La política no existe, señores. Nada más existimos los políticos.

Yo creo que tenía razón. ¿Puede estar sujeta la política a eso que llaman “reglas del arte”? ¿Obran en ella las leyes de la ciencia? Pienso que no. La fuerza, la astucia, la combinación de circunstancias nacidas del azar, todo eso sustituye en la política a las normas precisas conforme a las cuales se rigen otras actividades.

Don Plutarco Elías Calles, llamado “Jefe Máximo de la Revolución”, iba a designar a quien lo sucedería en la Presidencia de la República. El candidato opositor sería Vasconcelos, cuya campaña estaría fincada en la denuncia del militarismo, en la afirmación de que todos los políticos eran unos ladrones y en la propuesta de un hombre honesto perteneciente a la sociedad civil para conducir a la República.

Llamó don Plutarco al militar de su mayor confianza, el general Joaquín Amaro, a quien sus malquerientes llamaban por lo bajo “La coqueta”. Con ese nombre, coquetas, eran designados los aretes femeninos en forma de arracada. Amaro usaba uno, pues era indio yaqui y seguía la costumbre de su pueblo. Llamó Calles al general Amaro y le dijo:

-Debemos encontrar un militar honrado. ¿Me lo puede usted conseguir?

-¡Ah caray! -respondió desconcertado Amaro-. Así tan de repente... Déjeme usted pensarlo.

-Piénselo -autorizó don Plutarco-. Pero aquí mismo. Y respóndame en un minuto.

Exprimió la sesera el general, y exclamó de repente:

-¡Ya sé! ¡El general Pascual Ortiz Rubio! Tiene fama de honrado. ¿Puedo preguntarle, señor Presidente, para qué lo quiere?

Replicó don Plutarco, hosco:

-Para que sea Presidente de la República.

Contaría después Amaro que al oír esa respuesta se le aflojaron las piernas, a él, que jamás había tenido tal sensación ni en medio de las batallas más feroces.

-Llámelo -le ordenó Calles-, y que se presente ahora mismo.

-Va a tardar, señor Presidente -respondió Amaro-. Está en Brasil.

-Pues si no hay otro, tráigaselo -fue la escueta contestación de “El Turco”.

El resto de la historia es conocido. Después de una campaña virulenta en que los seguidores del vasconcelismo fueron acosados por el gobierno, don Pascual fue declarado presidente. Era hombre honrado, en efecto, y nada ducho en menesteres de política. Se recuerda la frase que un epigramista anónimo escribió en la pared de la casa de Ortiz Rubio, que estaba frente al domicilio de Calles. Decía así esa frase: “Aquí vive el Presidente, y el que manda vive enfrente”.

Ahora díganme ustedes cómo explicar la llegada de don Pascual a la presidencia de la República, si mediante las reglas del arte o mediante las leyes de la ciencia.