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Pantoja
Tenemos que partir del hecho axiomático de que toda vida es importante. Toda vida entraña un valor intrínseco y supremo que debe ser defendido a costa -casi- de lo que sea. Pero además, -salvo muy lamentables excepciones- todos tenemos la fortuna de ser amados por alguien y ya, en el peor de los casos, de ser motivo de la preocupación de algún familiar, amigo o allegado.
Pero hay ciertos ejemplares excepcionales de ser humano que trascienden por mucho esa media y se ganan el cariño y la admiración colectiva.
De acuerdo con algunas filosofías de vida, este sería el propósito mismo de la existencia: sembrar todo el amor que seamos capaces para cosechar luego tanto como nos sea posible. Y no digo que ello sea una verdad absoluta, pero para muchos es la única forma de darle sentido a todo esto.
Hay dos maneras de ganarse la bienquerencia popular. Una es artificiosa y busca la aclamación ya ni siquiera como un fin, sino como un medio para un propósito ulterior y los políticos, con todo su desprendimiento, generosidad, munificencia, son ejemplo perfecto de esto (¡vaya mérito el ir por la vida jugándole al magnánimo con el pueblo, con el propio dinero del pueblo, para después cobrárselo al propio pueblo!).
Y la otra forma ni siquiera está pensando en el reconocimiento. Consiste en abrazar las virtudes más elementales del abanico humano y a partir de allí seguir y perseguir lo que nos dicte el criterio, el intelecto y el corazón. El cariño y los encomios eventualmente llegarán… O quizás no, pero ello carecerá de toda importancia. Lo verdaderamente maravilloso habrá sido el consagrar la vida al servicio, no de nuestros semejantes, ni siquiera de Dios, sino de uno mismo.
Así entiendo que vivió su vida el recientemente fallecido y muy llorado padre Pedro Pantoja Arreola. Y me disculpo porque en ocasiones entiendo todo mal, pero no creo que el sacerdote y activista estuviese imaginando mayor recompensa o pensando que así labraba su monumento en vida para la posteridad, a la hora de entregarse a las diversas causas y luchas sociales que encabezó.
Sencillamente creo que fue el único modo congruente que este sacerdote encontró de vivir, uno en el que no hubiese contradicción entre su prédica y su obra, entre su decir y su hacer (cosa que de ninguna manera debe darse por sentada en función de su ministerio; la sotana per se, no santifica).
Sin embargo, no deja de resultar alentador que su trabajo, sus años de lucha no pasen desapercibidos y que su obra sea reconocida por organismos internacionales. No porque ello signifique una medalla para colgar en su lápida, sino porque es constancia de que su tesón hizo mella, un surco que puede servir de guía a cualquiera que desee continuar con su labor.
La Oficina en México del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y la Agencia de la ONU para los Refugiados escribieron sendos comunicados en los que lamentaban su fallecimiento, pero reconocían la trascendencia de la asociación Frontera con Justicia que administra la Casa del Migrante de Saltillo.
Asociar el nombre de Pantoja con el fenómeno migratorio y la compasión hacia sus protagonistas es justo, digno y sin embargo un tanto reduccionista. Quiero decir que, alguien con su calidad humana, se habría sumado a la causa más apremiante que pudiera reconocer, en cualquier lugar al que lo llevaran las vicisitudes de su ministerio, como de hecho lo hizo:
En los años 60, defendió los derechos de los piscadores de uva en California; más tarde, de regreso en México, se adhirió sin reservas a la causa de los explotados obreros durante la huelga Cinsa-Cifunsa, del Grupo Industrial Saltillo, episodio que aún provoca rubor en nuestra comunidad y que en su momento le valió al sacerdote -por cortesía e influencia del sector empresarial- ser transferido de la capital coahuilense a la inhóspita frontera de Ciudad Acuña, donde su vocación pastoral fue reorientada al drama migratorio.
Pedro Pantoja habría hecho la diferencia donde quiera que la vida le llevase.
Por otro lado, me desconsuela un poco que Pantoja nos cause tantísima admiración, porque ello significa que se trata de un fuera de serie y que estamos muy lejos de seguir su ejemplo y convertirnos en él.
Eso nos deja muy mal parados como seres humanos, como comunidad, como sociedad y como Nación, misma en la que por cierto, su Presidente estima que “empatía” es un vocablo extravagante.
Ojalá dejemos de lado la admiración, que suele ser pasiva y estéril, para convertirla en algo mucho más proactivo, que le aporte un sentido más profundo a nuestra existencia. El padre Pedro Pantoja, ya nos enseñó cómo y por ello, le damos las gracias.