Nuevo Ayuntamiento: ¿nuevas banquetas en el Centro?

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Nuevo Ayuntamiento: ¿nuevas banquetas en el Centro?

En pasadas colaboraciones hemos contado anécdotas de antiguos alcaldes de Saltillo, en tiempos en que la ciudad era una pequeña población y todos los habitantes se conocían entre sí y todos sabían quién era hijo de quién y quién se casó con quién; cuál día de la semana cenaba el señor cura en la casa de doña fulanita y cuál otro en la casa del licenciado fulanito, y si el dueño de la Hacienda equis vendió una yunta de bueyes para comprarle a su hija un vestido y un sombrero elegantes.

La limpieza de una ciudad, además de atender aspectos de estética, buen vivir y salud pública, denota la cultura de sus habitantes, y en Saltillo ha sido tradicionalmente preocupación de las autoridades. Las más antiguas ordenanzas municipales registran entre las funciones de éstas, la obligación de disponer la limpieza de calles, mercados y plazas públicas. En base a ellas, siempre se emitieron acuerdos en los que se señalaba la obligación de mantener limpios y arreglados los frentes de las casas, incluyendo las aceras, los patios y los jardines delanteros.

No era extraño que siendo Saltillo la sede del Gobierno estatal los gobernadores se preocuparan por la cuestión doméstica de arreglar y limpiar la ciudad. Los documentos en los archivos y las crónicas de la ciudad registran, por ejemplo, que el licenciado Juan N. Arizpe, quien llegó a la gubernatura en forma interina en 1872, mandó publicar una orden dictando que diariamente a las 6 de la mañana, los “patios exteriores”, es decir, las porciones de las calles correspondientes a las casas, debían estar barridos y regados bajo severos castigos a los infractores, y designó a uno de los seis gendarmes que integraban la guardia para vigilar su cumplimiento y mantenerlo informado. Cuando el gendarme se vio en la obligación de decirle que la malgeniosa dama que vivía muy cerca del Palacio de Gobierno se negó a realizar la limpieza de su frente y le respondió: “Dígale a ese viejo tuerto que si tiene el antojo de ver limpio mi patio que venga él a barrerlo y regarlo”, don Juan no se molestó. Efectivamente cargaba con el defecto de ser tuerto de nacimiento, aunque no le impedía gobernar con honradez y sabiduría. Al día siguiente, antes del alba, doña Agripina oyó en su ventana ruidos de escobazos y chapoteos de agua y se levantó apresurada. Abrió la puerta de la calle al tiempo que don Juan N. Arizpe se disponía a tocar y se encontraron frente a frente. El gobernador dijo: “Buenos días. Está usted complacida. Este “viejo tuerto” le ha barrido y regado su frente con mucho esmero, pero tal servicio hecho por el gobernador le costará a usted 50 pesos que hoy mismo pasarán a cobrarle”.

Parece ser que el crecimiento de la ciudad fue diluyendo poco a poco la costumbre de barrer y limpiar con agua diariamente el exterior de las casas y negocios en las mañanas para que lucieran brillantes al iniciar las actividades del día, y arreglar y pintar las viviendas. Las autoridades se han visto obligadas a subsanarlo. A mediados de 1923, el Ayuntamiento, presidido por Abel Barragán, adquirió 10 carretones para la limpieza pública con un costo de 115 pesos oro nacional cada uno, y en 1924 se compraron tres mulas para agilizar la recolección de basura y se dio a los vecinos el plazo de un mes para blanquear los frentes de las viviendas y reparar y construir sus banquetas, con la advertencia de que si no lo hacían ellos, lo haría el Municipio y les cobraría el costo más una multa.

Desde hace mucho tiempo, el arreglo de las banquetas en el Centro Histórico recae en el Ayuntamiento. Ojalá que las nuevas autoridades municipales decidan echarse a cuestas el cambio de la desgastada y poco funcional cantera que hace casi 50 años se instaló como piso en la Plaza de Armas y las banquetas de las principales calles aledañas al Palacio de Gobierno.