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Nuestro Cristo
Dos veneradas imágenes de Cristo que reciben culto -en Ciudad de Guadalupe y en Bustamante, Nuevo León. Esos Cristos son considerados como “hermanos” del Señor de la Capilla: una misma leyenda los une, que afirma que los tres habían llegado al mismo tiempo a estas tierras del norte, a lomos de sendas mulas peregrinas que después de dejar su milagrosa carga habían desaparecido.
No son esos dos Cristos nuevoleoneses los únicos hermanos del Cristo de la Capilla nuestro. Otro hermano tiene, éste casi gemelo, en el poblado de Zacatecas que se llama Mazapil.
Es Mazapil un sitio de mineros que viven de sacar de las entrañas de la tierra mercurio, plomo, cobre y zinc. Alta ciudad es ésa, no sólo por sus prestigios antañones -fue avanzada de conquistadores- sino también porque está a más de 2300 meteros sobre el nivel del mar. En la sierra de Mazapil hay un picacho de tal manera alto que las gentes le dan el muy adecuado nombre de “El Temeroso”, que así llaman en los campos del norte a lo temible.
Ahí, en Mazapil, se venera un Cristo que guarda asombrosa semejanza con el Señor de la Capilla, hasta el punto que se dirían ambos salidos de las manos de un mismo imaginero. Se sabe que el culto a esa imagen arranca de fecha cercana a aquélla en que se comenzó la devoción al Santo Cristo de Saltillo. Nuestra ciudad y Mazapil han tenido desde hace muchos años vínculos de estrecha relación; Alberto del Canto, el fundador de nuestra ciudad, ganó la vida a veces apresando indios que luego vendía para que sirviesen como esclavos en las minas de Mazapil. Hasta nuestros días, los diccionarios o textos de geografía dicen que Mazapil está a tantos kilómetros de Saltillo -150 más o menos-, y no de Zacatecas.
Una singularidad muy especial distingue al Cristo de Mazapil del de Saltillo. Por algún fenómeno que nadie ha sabido explicar cabalmente, la imagen que se venera en Mazapil se está encorvado. El rostro del Cristo aquél se inclina hacia adelante y su espalda se curva notoriamente. Los piadosos adoradores de la imagen sí saben razonar lo que sucede: el peso enorme de los pecados de los hombres, que carga el Crucificado, ha doblado su espalda y la sigue doblando cada día más. De nada sirvió que alguna vez se pusiera una varilla de hierro sosteniendo por el mentón al Cristo Santo: el grave peso de los humanos yerros lo siguió doblando de tal manera que doblada quedó también la fuerte varilla férrea con que inútilmente se quiso detener la encorvadura.
Otros cristos hay de cuerpo curvo. Este cronista vio en la bellísima catedral de Barcelona el Cristo llamado “de Lepanto”, que don Juan de Austria llevaba en la nave capitana al enfrentarse a los turcos la flota de la cristiandad. Un infiel disparó su arcabuz contra el Cristo, pero éste, con reflejos que sólo se pueden calificar de milagrosos, arqueó el cuerpo hacia un lado para no ser herido por la bala, y así, arqueado, se conserva hasta hoy.
No arqueada, sino recta y muy firme, se mantiene la fe que une a los pobladores de Saltillo y Mazapil en torno de sus Cristos. Que así siga por los siglos de los siglos, amén.