Nobleza obliga (a quien es noble)

Usted está aquí

Nobleza obliga (a quien es noble)

La historia que voy a contar hoy no debería contarla. Pertenece a un pasado tan pasado que seguramente a nadie habrá de interesar. Sin embargo el pasado cuenta mucho. “Los muertos mandan”, decía Víctor Hugo. Llevamos sobre los lomos a todos nuestros antepasados, digo yo. Contaré esta historia, pues, pase lo que pase. Lo pasado, no pasado.

La historia la oí en una ciudad del occidente del país. Ahí me presentaron a un señor de muy buen porte, y rico. “Es de la nobleza de por acá”, me dijo quien me lo presentó, sin hacer caso del gesto de mortificación del presentado. La familia de este señor había poseído una hacienda rica en tierras de sembradura, y en ganados. Los provechos que cada año rendía aquella extensa finca servían para dar lujos a las mujeres de la casa y vida disipada a los varones.

Pero vino la Revolución, y con “la bola” llegaron hordas que arruinaron los cultivos y acabaron con las reses y caballadas de la hacienda. “Toditito se acabó”, como dice la dolorida canción “Las cuatro milpas”. La familia se dispersó. Parte se fue a la Capital de la República; parte emigró a los Estados Unidos.

-Nosotros -cuenta el señor-, nos establecimos en la Ciudad de México. Pero allá también estaba la Revolución. No había trabajo, y si lo hubiera habido no habría servido de nada, pues ni mi padre ni mi madre sabían trabajar. Lo poco que habíamos llevado se vendió; ya no teníamos casi ni para comer. Desesperado, mi padre se entregó a la bebida y acabó pegándose un balazo. Mi madre quedó sola con dos hijos pequeños, que éramos mi hermano y yo.

Un día un militar nos vio en la calle y nos reconoció. Era un antiguo criado de la hacienda. Se había ido a la Revolución, y en ella se encumbró. Ahora tenía poder y dinero. Con el mayor respeto saludó a mi madre; le preguntó por la familia, y se dolió con sinceridad de la muerte de quien había sido su amo. Preguntó en qué nos podía servir. Mi mamá, confusa, le dijo que en nada, y se despidió.

Pero aquel hombre hizo averiguaciones, y supo de nuestro estado de necesidad. Le consiguió a mi madre una pensión de viuda. Eso fue lo que nos dijo: después sabríamos que el dinero que cada mes llegaba a la casa salía de su bolsa. Estaba pendiente de nosotros; nos visitaba con cortesía y discreción.

Pasó un año, y le ofreció a mi madre ampararla con sus hijos si ella le hacía el honor de tomarlo como esposo. Mi mamá aceptó. Encontró en aquel hombre un marido ejemplar, y nosotros un excelente padre. Regresamos a nuestra ciudad de origen. Valido de su influencia recuperó las tierras perdidas, y otra vez las hizo producir. Volvimos a la prosperidad de antes, pero ahora todos trabajábamos. Al paso de los años fundamos más empresas; pues aquel hombre era emprendedor y talentoso, y nosotros nos guiábamos por su ejemplo. Se fue del mundo con la satisfacción de vernos ya casados y con hijos. Cuando murió mi madre, sus últimas palabras fueron para bendecir a aquel que primero fue su criado y luego su señor.

-Como ve usted -terminó diciendo el narrador- efectivamente soy de la nobleza. Pero de la nobleza de mi segundo padre.