NN Piensa
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NN Piensa
En la lucha por la supervivencia es necesario hacer tantas cosas en la vida cotidiana que resulta difícil detenerse un momento para pensar en algo en lo que no se quiere pensar: el sentido de nuestra vida.
Una advertencia: esto no es un texto de autoayuda sino, quizá, todo lo contrario. Porque quien dicta estas palabras –NN- no tiene la menor idea de cuál sea el sentido de la vida, del mundo, del cosmos y de todo esto. La verdad sea dicha, no tiene la menor idea de nada.
Como casi todos, busca. ¿Qué? No lo sabe, pero busca. Busca respuestas. Busca preguntas. Cuando es posible, se entrega al lujo insustituible de pensar. Como son tantas sus limitaciones, los ámbitos que recorre su pensamiento son más bien escasos.
Luego del trajín del día, tan distinto del sedentario ejercicio del reposo y el sueño, NN penetra lentamente en el espacio de la cavilación. Trata de domeñar su brío, pues el pensamiento suele ser desbocado, rebelde, vertiginoso. A veces lo consigue; otras, se deja arrastrar por él rebotando de un lado a otro.
¿Dije “penetra lentamente”? Quién sabe si es así. Más bien cae, se despeña en la red elástica del pensamiento. “Caigo en mí mismo sin tocar mi fondo”, dice Octavio Paz en “Piedra de Sol”. Una vez ahí, virtualmente lejos de la horda, trata de dirigir las riendas del carro como un auriga más bien torpe.
Pero hay que hacer un esfuerzo para conducir un vehículo tirado por bestias que ni siquiera puede ver. Son muchas y cada una quiere seguir su propio camino. A veces, el sueño lo vence antes de atinar a su dominio. Otras, pocas, alcanza a vislumbrar algo en las profundidades.
¿Qué vislumbra? Objetos cotidianos, por supuesto; imposible atisbar nada más en la epidermis: la posible ruta que es necesario seguir para desatar el nudo gordiano de un problema casi doméstico, la resolución de un pequeño proyecto, la música que podría utilizarse para esto o aquello, las imágenes de un poema. Cosas así.
Hay un nivel más hondo de reflexión: lo ocupan las personas que ama y a las que le gustaría brindar un poco de lo que la gente suele llamar “felicidad”.
En el subsuelo se enfrenta con las abstracciones. Siempre están ahí, como a la espera de que se las encuentre. En este momento de vigilia podría citar los nombres de algunos pensadores que han escrito grandes libros en torno de ellas, pero en las horas de reposo horizontal la erudición no existe. Ahí no están presentes ni Plotino, ni Descartes, ni Leibniz. Sólo hay un incalculable vacío colmado de abstracciones y ambiguas interrogantes.
Ojalá hubiese alegorías -piensa NN-, como en Dante y su “Comedia”, como en Calderón, en los autos sacramentales, en el “Segundo sueño” de Sor Juana, en los relieves de las catedrales góticas o en el grabado medieval y la pintura barroca. Pero no. ¿Las alegorías son construcciones simbólicas acaso demasiado pueriles para tales honduras reflexivas?
Pero ¿no es la alegoría la máscara de una abstracción que por no poder mostrarse de otra manera encarna en un juego de figuras y símbolos tangibles? ¿Es, en algún sentido, inefable una abstracción? ¿Sólo la poesía, la música o el álgebra podrían representarla o aludirla? ¿Y Dante y Quevedo?
Ahora podría transcribirse el célebre verso de Gorostiza: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas!…”. Pero no hay motivo para citarlo aquí. La imagen es deslumbrante y espantosa. Sin embargo, el coeficiente intelectual de NN es apenas común y corriente, espera. Y si ya se sufre alguna forma de la soledad, ¿quién querría lamentarse de una como ésta, devorada por el fuego?
Echado ahí, sobre la cama, en plena oscuridad, piensa, se entrega en los brazos nervudos de la cavilación. No conduce el carro, no es el auriga. ¿Quién está pensando por él? ¿Quién piensa “en” él, es decir, dentro de él? Nadie más puede hacerlo sino él mismo, ese “yo mismo” que tanto repele consignar por escrito, ese fatuo pronombre y su pleonasmo.
Entonces piensa en la muerte, en su muerte. En eso y en cuánto le gustaría haber pasado ya por semejante trance. Estar del otro lado, más allá de esto. Resbala en la inevitable morbidez de pensar en asistir a su propia putrefacción dentro de un estrecho recipiente, en la verdadera soledad. No. Mejor las cenizas. ¿Serán útiles como abono? Si es así, de algo habrá servido el hecho incontestable de nacer.
Es fácil escribir estas palabras. Pero falta lo peor. Y no se trata de una película, de una novela decimonónica o de una comedia de enredo, no, no. Se trata de lo que hipotéticamente es “la vida real”, la horripilante “vida real”.