‘Ni siquiera saben que están en el infierno’

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‘Ni siquiera saben que están en el infierno’

Recuerdo aquel viaje a la Ciudad de México, en 1967, hecho en compañía de mis padres en los autobuses Anáhuac, y especial remembranza del premio que me era entregado en la estación de San Luis Potosí, en el restaurante de la familia Rodríguez Cepeda (Goyo y Magüe), consistente en dos chocolates Costanzo, de los duendes, mismos que saboreaba cuadro por cuadro hasta llegar a la gran ciudad Tenochtitlan, en ese tiempo la región más transparente.

Otro viaje muy distinto fue el del pasado fin de semana, sábado, al ex Distrito Federal, nauseabundo, repugnante, lleno de agravios a la ciudadanía y al turismo. ¿En qué clase de pocilga han convertido a esta ciudad quienes la gobiernan desde hace 24 años?, ¿qué clase de hordas se apoderaron de su futuro? Eran preguntas que me hacía horas antes de una elección que lo cambió todo.

Recordé un pasaje narrativo de Julio Cortázar en su viaje a Nueva Delhi: “Entonces es la city, el tráfico en el que las leyes parecen desmentir todo lo que usted sabía o esperaba en materia de tráfico, el sol que a cualquier hora cae a plomo, la transpiración pegajosa que le resbala por las axilas y la frente y los muslos mientras el chofer no tiene la menor huella de humedad en su cara de fina barba negra, una carrera que parece no terminar jamás aunque su reloj pulsera hable de minutos, como si la saturación humana en las calles, el tráfico de carricoches y tranvías y camiones, los mercados desbordados desde vagos recintos sombríos hasta las aceras hormigueantes y la misma calzada donde todo se mezcla entre gritos, protestas y carcajadas, se fueron tendiendo a lo largo de un tiempo diferente del suyo, una interminable suspensión fascinadora y exasperante...

Es posible que allí mismo, con su zapato al borde de una mano de mujer tendida de lado, comiendo unas semillas en el fondo de una hoja muy verde, se dé cuenta de que sólo la locura vuelta acción y más tarde sistema podría acabar con eso que está sucediendo a sus pies donde ahora un perro acaba de vomitar una masa negra, una especie de sapo mal masticado, junto a la cara de un niño que estira la mano y la hunde en el vómito un segundo antes de que usted tenga tiempo de dar media vuelta y huir hacia una salida; eso que está sucediendo delante de usted pero que no es nada, en realidad absolutamente nada puesto que usted ya ha vuelto la cara y se marcha, es algo que tal vez alcanzará a olvidar esa misma noche mientras se quita el sudor en la maravillosa ducha del hotel, pero que aquí sigue, aquí viene ocurriendo noche y día” (“Último Round”, Turismo aconsejable).

Una ciudad sitiada que parece zona de guerra, condenada por el capricho y esa proclividad casi doctrinaria de acabar con el pasado, pero no para procurar un mejor futuro, sino en vías de vengar los agravios.

El recorrido por la calle Juárez, a la altura de la alameda, da cuenta de hoteles de lujo blindados con altas estructuras de acero, edificios históricos y hasta el mismo hemiciclo a Juárez sitiado como la justicia en este País.

Adelante, en la conjunción con la calle Madero, empieza el gentío (y eso que el semáforo, aún amarillo, restringía los espacios), pronto los secuaces de los antros en formación diamante ofertan clandestinamente la entrada al huateque que se puede desarrollar en los múltiples edificios semiabandonados de la capital con las mínimas medidas de seguridad en el caso de una evacuación. En esta ciudad no hay vocación de gobernar, hay intereses y ganancias, y vaya que son multimillonarias.

En la primera de las cuatro etapas de la administración de la izquierda de la ciudad, Cárdenas había logrado concatenar a las diversas fuerzas económicas mediante un esquema de desarrollo a partir de las capas medias de la sociedad; luego vino el Peje, y entregó el Centro Histórico a Slim e inició la política del subsidio al lumpen y a las hordas; Ebrard reforzó los enlaces con las capas medias de nuevo y el carácter negociador de Mancera logró consolidar que el apoyo popular fuera sumando a las otras partes de la sociedad y crear la plataforma para un gobierno incluyente. Hoy día, la señora Sheinbaum dio al traste con todo aquello que oliera a desarrollo social y económico de la ciudad, y en los últimos dos años fue desgranando la mazorca de los odios y las vendettas, que terminaron este domingo 6 de junio con la respuesta de una clase media harta de las iniquidades y torpezas.

Decían los anarquistas que la respuesta estaba en la calle, y haya cosa que las urnas hablaron y protestaron. Por lo pronto, el rescate de la ciudad comienza en breve. Viene a la referencia Ratnakar: “Si elegimos a los mismos políticos corruptos de siempre, ese es un mensaje muy claro de que no queremos un cambio”. Pobres chilangos, viven en el infierno y ni siquiera lo saben.