Navidad en Medio Oriente
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Navidad en Medio Oriente
Hace 12 años, el Papa Juan Pablo II dijo su homilía de Navidad en la misa de gallo celebrada en la Basílica de San Pedro ante miles de fieles católicos que llegaron hasta la santa sede para celebrar con el jerarca católico el nacimiento de Cristo Jesús. Esa noche resonaron sus palabras: “Sálvanos del desánimo para emprender los caminos de la paz, ciertamente difíciles, pero posibles y por tanto obligados; caminos apremiantes, siempre y por doquier, sobre todo en la tierra donde naciste tú, príncipe de la paz”, dijo Juan Pablo II frente al portal con las figuras del Misterio y el pesebre a escala real, y un pino abeto de 30 metros de altura, a los que se refirió como “símbolos preciosos del sentido de la Navidad”. Luego, Juan Pablo II, el Papa universal, deseó felicidades al mundo en 62 lenguas, incluyendo mongol, urdu, árabe y esperanto.
Mientras se oía su llamado a salvar al mundo del terrorismo y su petición vehemente de no perder la esperanza de la paz en Medio Oriente al que pertenece Jerusalén, ocurrían atentados terroristas en Paquistán, Israel e Iraq.
El Presidente del primero sufrió uno de ellos cuando dos coches bomba fueron lanzados contra los vehículos en que se transportaban él y su escolta, muriendo los dos dinamiteros suicidas y 14 personas más, y unas 46 fueron heridas. En Iraq fueron atacadas las embajadas de Irán y Turquía, la base general del cuartel estadounidense (el antiguo palacio presidencial de Bagdad) y el Hotel Sheraton. En Jerusalén, otro ataque suicida dejó cinco palestinos y cuatro civiles israelíes muertos, y multitud de heridos.
A ocho kilómetros de Jerusalén está la pequeña ciudad de Palestina en la que nació el Mesías. Belén, la ciudad bíblica, la que bañó sus calles con la sangre de la matanza de los niños decretada por Herodes; donde antes nació David, ungido rey por el profeta Samuel, y en cuyos campos trabajó y amó Ruth, la espigadora de Booz, y halló la muerte Raquel, no ha podido hallar la paz.
A 12 años de distancia, hoy es igual. El domingo pasado, el ejército israelí atacó posiciones en el sur de Líbano en represalia porque éste había disparado previamente artillería contra suelo israelí, y responsabilizó al ejército libanés de los frecuentes ataques emanados desde su territorio. El lunes, en uno de los peores ataques contra las tropas internacionales de la OTAN en Afganistán, murieron seis soldados estadounidenses y otros tres fueron heridos en un ataque suicida realizado con un vehículo cargado de explosivos. La situación es igual, pero las ciudades no son las mismas.
Bagdad, la capital de Iraq, situada en el centro de la antigua Mesopotamia, ha perdido una cantidad enorme de turistas que iban a admirar la tumba de la sultana Zobeida, favorita de Harún al-Rashid, único monumento de la época de los califas.
Tampoco tiene ya turistas en los bazares ni extranjeros que les compren joyas, telas, tapices, cobres, granos, dátiles y otros artículos exóticos a los mercaderes fumadores de largas pipas sentados en el suelo junto a su mercancía. Bagdad, escenario de “Las mil y una noches”, hace tiempo que perdió su ambiente de leyenda y misterio. Las sombras de Scherezada, Aladino, Alí Babá y Simbad el Marino ya no pasean por las callejuelas, las barcazas o los carcomidos muelles del río Tigris, en los que parecen rondar únicamente las sombras de la destrucción y la muerte.
Mientras no haya paz en Medio Oriente, el viento de los siglos, que sopla cargado de inconmensurables tiempos a través de las edades, no podrá traernos al Occidente los aromas exquisitos de su historia y sus misterios. Ni el catolicismo romano podrá ir a Oriente a visitar en Belén la Basílica de la Natividad.