“Tú eres la enfermedad y yo soy la cura”, decía un acartonado Stallone a los malosos antes de meterles una rociada de balazos en la cinta “Cobra” (George P. Cosmatos. 1986). Y con esa misma autosuficiencia, nuestro venerable cabecita de alcornoque, hoy Tlatoani Imperial, se asumía en campaña como el santo remedio contra la corrupción.

Y fíjese que yo creo que sí: Si el crimen, la delincuencia y la corrupción son la enfermedad que tiene anímicamente postrada a nuestra Nación, AMLO es indubitablemente el remedio por antonomasia.

No es una cura científica, desde luego; no es un medicamente probado bajo estrictos protocolos, controles y mecanismos; ni es el tratamiento resultante de años de investigación, no. 

Es un remedio, ni más ni menos. Un brebaje, un preparado casero, una poción, un menjurje. Un mugre tecito de hierbas que pretende curar un cáncer de los más perrunos. Amarga infusión que nos recetan a diario en sorbitos mañaneros y al que algunos le tienen mucha fe (porque dicen que con eso se curó el niño de la vecina de una comadre).

Al final, tecito o no tecito, el paciente se alivia o se muere (ALV) y cada quien le atribuye al remedio en cuestión el valor que cree y el papel que supone tuvo en el resultado final. Los que le tienen fe afirmarán -así haya colgado el enfermo finalmente los Jordan Air-, que gracias al tecito el paciente vivió más de lo que dijeron los doctores (cuatro días más), como si la prognosis fuera ciencia exacta.

Mientras que quienes cuestionan las supuestas propiedades de la herbolaria y los remedios ancestrales, dudarán hasta de los efectos paliativos de la mentada infusión de hierbajos.

Ese es el gran problema con los “remedios”, que suelen desviar el tiempo y los esfuerzos que deberían destinarse a terapias probadas, debidamente acreditadas y que ofrecen mejores expectativas de curación.

Y así el sexenio de AMLO: Serán otros seis años perdidos bajo la promesa de curar un mal terminal con pociones milagrosas: “abrazos, no balazos”, “nada de venganzas ni persecuciones políticas” “amnistía para el narco”. Pero de hacer valer la constitución, de defender la Ley y el Estado de Derecho, de llevar ante la Justicia a aquellos que la atropellan -cosas del sentido común- , de eso nada. Es más: Vamos a consultar con el pueblo sabio si quiere que investiguemos y juzguemos a quienes han cometido un delito. ¡La fruta que te partió!

En lo referente al combate a la corrupción, hemos venido diseccionando el estilo lopezobradoriano: Ya comentamos la naturaleza fársica de la consulta; vimos también cómo López Obrador es muy ligero para acusar corrupción en cualquier dirección que su dedo apunte; sin embargo nadie está compareciendo ante la autoridad, por lo que se infiere que denunciar la corrupción desde su púlpito es sólo un recurso demagógico.

Podríamos sumarle la prontitud y frialdad con que removió a su titular de la Secretaría de la Función Pública (dependencia capital para el combate a la corrupción en que se fundaba la razón de ser de este Gobierno). Pues por una simple desavenencia política, que el macuspano se tomó a ofensa personal, amputó del gabinete a la cándida Irma Eréndira Sandoval (que tampoco es como que fuese garantía de nada) y la separó del cargo sin más. Ni siquiera disimuló su disgusto: Con cara de tótem apache, AMLO la reemplazó con uno de sus compañeros de la Selección Mexicana de Cachibol. Suerte con la encomienda, pero no dudamos de las facultades de Roberto Salcedo Aquino a sus 77 primaveras como de la voluntad real del Presidente para incomodar a todos esos poderes fácticos de los que se vive quejando, pero contra los que jamás alza otra cosa que la voz y eso, sólo de dientes para afuera.

Lo cierto es que ningún personaje del sexenio pasado será juzgado porque todo acto de corrupción de dicho periodo llega a la cabeza, la hermosa cabeza de mi Lord Enrique Peña Nieto, contra quien AMLO jamás atentaría. (Recuerde la facilidad con que Alonso Ancira compró materialmente su libertad).

Pero nada hará AMLO tampoco contra la administración de Felipe Calderón, a quien dice odiar con odio jarocho (o mejor dicho, con odio tabasqueño, que es muy parecido); porque cualquier investigación involucraría al Ejército Mexicano y el Presidente prefiere que le corten uno, antes que patear a las fuerzas armadas, que son la pistola en su cinturón.

Por todo lo antes analizado, sabemos que cuando AMLO amenaza con investigar y denunciar al ex Gobernador de Coahuila, Rubén Ignacio Moreira Valdez, no va en serio. Únicamente es un recordatorio para el zoquete en cuestión de quién manda ahora.

Convertido en el virtual líder de la bancada priista en la Cámara de Diputados, el genio coahuilense de las finanzas de lo paranormal, está sin embargo bajo presidencial amenaza, es decir: cantará la canción que AMLO ordene, a la hora que el señor mande y en el tono que a Su Majestad mejor le plazca. Bien por AMLO, pero es por estos tejemanejes que los pillastres del pasado como Moreira Valdez hoy tienen un futuro por delante; conservan sus privilegios intactos, siguen gozando del usufructo de sus desfalcos con impunidad total, mientras que fortalecen su imperio para seguir vigentes en este juego de tronos con olor a petate.

De hecho, gracias al proceder del Presidente, es probable que el panzón de Rubén Moreira tenga más futuro en la política que el propio AMLO, quien en tres años estará desempleado, tratando de gobernar a distancia, aunque no será ya tomado en serio más que por sus fieles más sectarios.

Moreira mientras tanto puede seguir adherido a un grupo político importante e incluso liderarlo. Y todo gracias a que el Geppeto tropical no cumplió ni se tomó jamás en serio la única promesa que esperábamos que honrara: la de combatir a la corrupción.