La versión más crédula, cándida y pendeja de mí mismo celebraba sosegadamente hace tres años el avasallador triunfo de Andrés Manuel López Obrador en su tercera elección presidencial; no porque pensara que el siguiente Presidente de México fuese el portador de la panacea para todos los males que como nación hemos acumulado a lo largo de los sexenios, sino porque estimaba que se trataba de una deseable, sana y muy postergada alternancia en el poder, que por fin recaería en un gobierno de izquierda (¡De izquierda!¡Hágameelchingadofavorpuntocom! ¡Le digo que era una versión más pendeja de mí mismo!).

Era perfectamente consciente al menos de que la mitad de sus propuestas de campaña jamás se cumplirían, ya fuese por inviables o por ser las promesas huecas y genéricas que todo candidato debe ofrecer como paquete básico. Anticipaba también que no era AMLOVE el ser más brillante sobre la faz de la Tierra; bueno, ni siquiera el más brillante de la cuaterna de candidatos de entre los que nos vimos obligados a escoger (yo creo que en conectividad boca-cerebro sólo estaba por encima de Margarita Zavala y hasta eso, no mucho). Pero donde sí me equivoqué garrafalmente fue en suponer que se trataba de una persona dispuesta a escuchar a la gente que sabe más que él y que se haría rodear y asesorar por ésta. ¡Pero ni de churro!

Me regocijaba la idea de un Presidente que significase una ruptura con el régimen vigente e incluso, cuando hacia el final de la campaña su triunfo se volvió ya inminente y vi que la relación con el mandatario saliente, Enrique Peña Nieto, se volvió más cordial y mucho menos antagónica, aun entonces lo consideré un gesto de civilidad para hacer la transición más tersa y menos traumática para el País, brindando confianza a los empresarios y a la inversión extranjera. (¡Sí, tú! ¡Ándale pues!).

Sabedor de que las soluciones mágicas sólo pertenecen al maravilloso país de las campañas y no son más que aire expelido en arengas electoreras, lo único que quería ver para mantener viva la llama de mi fe en el proyecto lopezobradorista era un minúsculo, frágil, tenue, tímido, casi etéreo, atisbo de voluntad. A los seis meses, dejé de esperar.

Pero me estoy adelantando mucho. Regresemos a la noche del primero de julio de 2018, misma que consagré a mundanos placeres civiles: Una vez en casa, luego de cerradas las casillas y anunciado el virtual triunfo del macuspano, me dediqué a beber cerveza (comprada con antelación para ese momento) y, -en obligatorios bóxers, por la ‘calors’- me pasé noche y madrugada leyendo notas sobre la jornada electoral y dándole “refresh” a la página del PREP. Al día siguiente, tan pronto desperté, reanudé la misma obsesión compulsión cibernética como un porno-adicto; una y mil veces hasta convencerme de que no era un sueño, que no se había caído el sistema o que no iban a anular el resultado por alguna chingadera sacada de la manga.

La satisfacción me duró varios días. No era para menos, pues nunca en toda mi vida y desde que tengo uso de razón y derechos electorales, jamás un candidato por el que yo hubiese votado ganó elección alguna. Repito: Nunca antes crucé en la boleta una opción ganadora.

Fue hasta el tercer día que un hecho ensombreció mi inocente optimismo, cuando los conteos más precisos informaron que el ex gobernador coahuilense, co artífice de la catástrofe estatal, saco de plomo humano, mago de las finanzas paranormales y siempre segundón en la consanguínea dupla maldita, Rubén Moreira Valdez, había alcanzado una diputación federal por la vía plurinominal. ¡Llévame la chingada! O sea que al muy panzón no sólo lo seguiríamos manteniendo (como si lo necesitara el infeliz), sino que además se blindaba con el bendito fuero que la ley brinda a los legisladores y los exime de comparecer ante la justicia.

Bueno, no se puede tener todo en esta vida, me dije. Pero lo que no sabía entonces es que lejos de tenerlo todo, no tenía absolutamente nada: Ni un gobierno de izquierda como el que siempre soñé, ni un presidente de ruptura con el viejo y pútrido régimen priista; ya del gusto de ver al clan Moreira descobijado y susceptible a la acción de la justicia, mejor ni hablamos.

En algo no me equivoqué sin embargo: Entendí que legisladores con una carpeta gorda, puerca y hedionda como la que se carga ‘Roben’ Moreira son perfectamente útiles para los propósitos de la 4T porque: “… O te alineas o, en menos de lo que tarda AMLO en culpar a los conservadores de su fracaso, te conviertes en el nuevo Javidú”.

Me dije “O.k., al menos AMLO va a tener a Rubén Ignacio en calidad de una de sus ‘bitches’ y lo va a traer con la correa muy corta trabajando para su proyecto de Gobierno”. Y la verdad es que así ha sido.

Lo pinches malo fue que el tal proyecto de gobierno del tal AMLO no es otro que hacer su macuspana voluntad, imponer su ideología de partido de estado, erigirse como caudillo social, instaurar un maximato, militarizar al país, desarticular las instituciones autónomas, socavar la democracia y entretener al pueblo en dos vertientes: A sus fieles con dádivas y a sus detractores con gastritis matinal.

¿Y qué cree? La dupla AMLO-Moreira seguirá brindándonos lágrimas y risas durante toda otra legislatura más, es decir, durante los tres años que le restan al sexenio natural de López Obrador, con un Rubén convertido en el líder de la bancada del PRI con la cual el Presidente está más deseoso de pactar que un adolescente por meterla.

¿Quiere saber más? Tendremos que seguir hablando necesariamente de este adefesio de la “concertacesión” al que habremos de referirnos como Morei-NA. Pero ello será el próximo bati martes, a la misma bati hora, y por el mismo bati canal.