Momentos…
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Momentos…
A pesar de que muchos no lo reconocen así, la pasada visita del Papa a México cumplió ampliamente uno de sus objetivos: ratificar la legitimidad de Francisco como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Su visita cubrió todos los aspectos de la problemática actual de nuestro País, con un acento particular en la de sus pueblos indígenas. La feligresía católica mexicana confirmó a Francisco como pastor espiritual de la grey católica universal, y el Papa le dio a México su justa dimensión en el concierto de las naciones católicas.
De su estancia quedaron momentos que la grey católica mexicana difícilmente olvidará. Momentos tan conmovedores como la bella voz de Angélica Garduño, una paciente de 15 años con cáncer, quien desde su silla de ruedas cantó a capela el Ave María de Schubert en el pabellón de oncología del Hospital Pediátrico Federico Gómez Santos. Francisco escuchó conmovido la pieza musical completa, y al final abrazó y besó a la niña. La señora de Peña Nieto no pudo ocultar algunas lágrimas, quizá de tristeza por el destino de la bellísima voz que en ese momento entonaba para el Papa el Ave María.
Momentos como la oración a solas en el camerino de la Virgen de Guadalupe en su basílica. Seguramente, Francisco pidió con profundo fervor la intercesión de la Virgen Morena en el cumplimiento de su inmensa encomienda. La Guadalupana tiene un prestigioso papel en la historia de la Iglesia mexicana y en la historia universal de la fe católica como impulsora indiscutible de la expansión del catolicismo en América, y en cierta forma, de la independencia de México. El milagro de su aparición en el Tepeyac 10 años después de la conquista, fue el resorte que ayudó a extender las fronteras de la fe católica, por el norte hasta los confines del desierto de Santa Fe, y hacia el sur hasta Tierra del Fuego. A partir del amor a la “Virgen madre de Dios y de todos nosotros”, los primeros misioneros franciscanos pudieron sembrar el cristianismo en los indios naturales de todo el continente.
De ahí los santuarios dedicados a la virgen, partiendo del Tepeyac y desde las cumbres andinas del Alto Perú a las riberas del lago Titicaca y Copacabana, descendiendo hasta las pampas del sur en otros sitios de devoción y milagros como Caacupé en Paraguay, Itatí en la región del Paraná y Luján en las llanuras de Argentina.
Uno tras otro, los tres Papas que han visitado México, Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco, han ratificado el milagro del Tepeyac y la entronización de la Virgen de Guadalupe a partir de que don Miguel Hidalgo enarbolara el estandarte con su imagen en las luchas por la independencia del País.
El simbólico obsequio del Papa Francisco a la Virgen Morena, una corona de plata y oro, legitima su reinado y su fervoroso culto, y de paso tiende a acabar con las dudas que sobre el milagro del Tepeyac pudieran subsistir todavía de la llamada controversia guadalupana entre connotados intelectuales mexicanos del Siglo 19, unos a favor y otros en contra del suceso, que históricamente ya había marcado un hito en la evangelización del Nuevo Mundo y en su entronización como emperatriz de la nación mexicana.
Momentos como el de la misa en Chiapas y la autorización papal para oficiar la liturgia en náhuatl, además de la publicación de la Biblia en dos dialectos indígenas, cuya importancia ha pasado casi inadvertida. Francisco reconoció así el lugar de los pueblos indígenas en la historia de la humanidad y en la misma historia de la Iglesia en México.
Momentos que hicieron evidente la grandeza de Francisco como pastor espiritual, como persona y Jefe de Estado, como líder natural que deja una enseñanza a cada paso, y como conocedor de la historia de la humanidad y los problemas que aquejan al mundo.