Mirador 30/12/15

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Mirador 30/12/15

Era hombre, pensó, pero también los hombres -sobre todo si ya son viejos- tienen derecho a mirar hacia otro lado cuando el veterinario pone la inyección que hará dormir para siempre al perro que era su única compañía.

El pequeño animal tuvo un ligero estremecimiento y luego quedó quieto. Cesó su trabajosa respiración y se cerraron aquellos ojos que se volvían con súplica hacia su amo para preguntarle, como a Dios, por qué no se acababa aquel dolor que le llenaba el cuerpo.

El hombre le hizo al perro una caricia tímida, como si aquel gesto lo avergonzara, y luego se marchó. El médico no le quiso cobrar. Con paso lento fue el anciano por la calle y llegó a su casa. Al entrar recordó los días en que lo recibía un escándalo alegre de ladridos; un jubiloso salto al pecho, y aquel meneo de cola que escribía con todas sus letras la palabra gozo. Luego pensó en su vida, vacía y solitaria. Pensó en sus hijos, que no lo visitaban nunca, y que estando tan cerca permanecían tan lejos. Y otra vez sintió vergüenza, porque teniendo hijos lloraba la ausencia de un perro.

¡Hasta mañana!....