Mirador 19/10/15
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Mirador 19/10/15
San Virila, que sabía mucho porque era muy anciano, les ofreció a los legos del convento que le daría una hermosa cruz a aquel que buscara mejor la santidad.
Uno de ellos empezó a buscarla con rezos y devociones. Antes de la hora de maitines estaba ya arrodillado en la capilla, con los brazos abiertos, pronunciando en voz alta el nombre del Altísimo. De día y de noche lo invocaba; hora tras hora oraba, ora en muda oración, ora en sonora. Cuando el convento dormía se escuchaba en los corredores el golpe de las disciplinas con que el lego flagelaba sus carnes por amor al Señor. En todos los oficios divinos estaba aquel hermano, que buscaba con ansiedad a Dios.
Un día lo llamó San Virila y le entregó un madero.
—¿Qué es esto, padre? —preguntó el joven.
—Es tu cruz —contestó el frailecito esbozando una suave sonrisa.
—Esto no es una cruz —replicó el lego—. No tiene brazos.
Le dijo entonces San Virila:
—La cruz está hecha de amor a Dios y de amor a nuestro prójimo. El primero nos hace alzar la vista a las alturas. Eso es lo vertical que hay en la cruz. Pero no debemos olvidar a los hombres que sufren y nos necesitan. También nuestra mirada y nuestro amor han de alcanzarlos. Ese es el madero horizontal. Sin él la cruz no está completa. Tú, que ya amas a Dios, busca a tus hermanos y sírvelos en el amor.
El joven lego supo entonces que San Virila decía la verdad, y fue a buscar en el mundo de los hombres el otro brazo de su cruz.
¡Hasta mañana!...