"¿Mi papá?, es motero"
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"¿Mi papá?, es motero"
Leyendo el libro de Marcela Turati, que se llama “Fuego Cruzado”, hice memoria de la vez que fui al paradisiaco pueblo chihuahuense de Baborigame a hacer un reportaje.
Es un lugar pintoresco, hermoso, verde lugar, enclavado en la bella sierra de Chihuahua y en donde, la mayoría de la gente vivía entonces, no sé si ahora, del cultivo de la mariguana y la amapola.
Esta última planta le había dado a Baborigame tal fama, que la gente de allá y de todos lados le colgó el sobrenombre de “baborigoma”.
Me parecía increíble ver cómo la vida de los pobladores de aquel sitio era tan normal, rodeada de los cañones sembrados de yerbamala, habiendo a la entrada misma del pueblo una base de la Policía Judicial y en las inmediaciones un destacamento de solados.
Soldados que, según me dijo la gente, se ocupan en quemar los sembradíos de los narcos que no pagaban su cuota. ¡Qué barbaridad!
Entonces me acordé del maestro Gabriel García Márquez, quien decía que a veces la realidad supera hasta al realismo mágico.
Era un pueblo lleno de contrates; casas majestuosas con sus trocas grandes parqueadas a la puerta, en un ambiente bucólico, rural, de plano.
Y cuando les preguntaba yo a los chiquillos del lugar sobre el oficio de sus padres, respondían sin empacho que eran “moteros”, es decir, productores y vendedores de mota.
“¿Mi papá?, es motero”, decían, sin bajar la voz, sin asomo de pudor, con la candidez propia de la infancia.
¿Pero a qué más se iban dedicar las familias pobres de la sierra de Chihuahua en este país, donde hay pocas oportunidades de salir adelante y por eso el narcotráfico se volvió la única alternativa de movilidad social?
Años después, cuando arreció la guerra declarada en 2006 por el presidente Calderón a los narcos, supe de balaceras y masacres en el pueblo de “baborigoma”.
Yo había estado ahí apenas unos años antes.
Qué aventura, señor. Una aventura que se me había pasado contarle...