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Mi padre

Hace 15 años, en las primeras publicaciones de esta columna, escribí en este tan generoso espacio de VANGUARDIA sobre Óscar Dávila Dávila, mi padre, con motivo del aniversario de su fallecimiento. Hoy, en este año en que se cumplen 100 de su natalicio, vuelvo a escribir casi lo mismo. Quince años después yo no soy la misma, y sin embargo, sigo pensando de él lo mismo que escribí entonces. Transcribo:

“Su vida fue corta, de esas que no se cuentan con la medida del tiempo, pero que se miden con la vara de la consistencia y de la fidelidad a sí mismo. Una vida resuelta en la transparencia de una triple devoción: su patria, su familia y sus libros.

“De su patria le preocupó su realidad política y social. Desde la trinchera de sus convicciones panistas buscó el orden, el derecho, la justicia, la paz y la convivencia de ciudadanos libres y respetados. Fue hombre íntegro. Vivió la ética como una dimensión necesaria de lo humano y la política como una necesidad de vida. Amó entrañablemente a Saltillo, su ciudad y la defendió siempre con vehemencia. 

Describió con sabiduría su Catedral, piedra a piedra, rincón por rincón en un acto de fe en Dios y en las obras de los hombres. Promovió los valores coahuilenses en la revista ‘Cultura’ que fundó y dirigió por cinco años, y en ‘Papel de Poesía’, la hoja literaria que editó con Rafael del Río y Héctor González…

“Fue hombre de libros, su otra devoción, pero no de muchos, porque supo con Quevedo, ‘en la paz de los desiertos, con pocos pero muy doctos libros juntos, conversar con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos’. En su biblioteca dio la vuelta al mundo y a la historia: visitó el Arca de Noé, asistió a la fundación de Roma, al sitio de Troya y al descubrimiento de América, conversó con Don Quijote, Hamlet, Segismundo y tantos otros, escuchó con los ojos las estrofas tejidas a la luz de la luna de Amado Nervo y los versos cincelados de Díaz Mirón, y se enamoró de la patria suave con Ramón López Velarde. En aquella biblioteca, de niña y sentada en su regazo, yo escuché de sus labios aquellos versos de Darío: ‘Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes...’, y aprendí de Óscar Dávila, mi padre, su amor a los libros.

“Al pasar de los años, sus libros me fueron hablando de la vastedad de su cultura, de su profundo conocimiento de la literatura y de la historia, de su orgullo de mexicano y coahuilense, de su vocación política y su particular circunstancia histórica, de su contribución a la cultura, de su bondad y su profundo amor y devoción a su familia, de la certeza de su fe cristiana y de su esperanza en una vida mejor para sus hijos y las generaciones venideras…”.

Reviso a Antonio Machado en un volumen que fuera de don Óscar, y celebro su centenario con las últimas tres estrofas de un soneto del poeta español:

…Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea

sus libros y medita. Se levanta;

va hacia la puerta del jardín. Pasea.

A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto

ahora vagar parecen, sin objeto

donde puedan posar, en el vacío.

Ya escapan de su ayer a su mañana;

ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,

piadosamente mi cabeza cana.

edsota@yahoo.com.mx