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Mi nombre en tu piel
En caminos lejanos se encuentran cercanas.
¿Cómo irían a dar hasta Sonora estos Carranza y estos Arocha? Los dos apellidos son de Cuatrociénegas. Y sin embargo en Pitiquito de Sonora hay Arochas y hay Carranzas.
El orgullo mayor de Pitiquito es una fábrica de artículos de piel. En Sonora, ya se sabe, hay mucho ganado vacuno. Existe, por tanto, un próspero comercio de pieles. Se cuenta de aquel sujeto a quien le daba por apropiarse de las vacas de sus vecinos. En cierta ocasión la policía rural lo sorprendió con una res a la que había quitado el cuero, y la tenía colgada de la rama de un árbol, en canal.
-¿Y esa vaca? -le preguntó uno de los jenízaros.
-Es mía -respondió calmosamente el abigeo.
-¿Ah sí? A ver, enséñanos el cuero, pa’ verle la marca.
-No tiene cuero -respondió el individuo con el mayor cinismo-. Nació bichita.
“Bichita”, en lengua sonorense, quiere decir encueradita.
La fábrica de artículos de piel la fundó en Pitiquito don Fernando Arocha Cantú, que de paz goce. El actual dueño y administrador es uno de sus hijos, Sergio Arturo Arocha Carranza. Su tío mayor se llama don Arturo Carranza y es artista, tañedor de guitarra. Hace algún tiempo se le rindió homenaje en Caborca, merecido, pues llegó a los 80 años de su edad. Un mal artrítico le impide pulsar ya la guitarra, pero da sabios consejos a guitarristas que llegan de muchas partes a recibir sus enseñanzas.
Cuando hace tiempo entré en la tienda de los Arocha la encontré tan elegante y tan lujosa como las que hay para los turistas en San Miguel de Allende o en Cancún. La encargada de la tienda le pregunta a mi acompañante quién soy, y él se lo dice. Va al teléfono la empleada.
-Aquí está Catón, señora -dice a su patrona-. Venga y tráigase la cámara.
Es entonces cuando la hijita de la encargada le grita por la ventana a su amiguita, que juega al otro lado de la calle:
-¡Ándale, córrele, búllele! ¡Aquí está Catón!
-¿Quién es Catón? -oigo que pregunta la otra niña.
-Pos no sé. Tú vente.
Llega la señora, toma fotografías y luego me presenta una piel curtida que hace las veces de libro de visitantes. Ahí debo poner mi firma y la fecha en que estuve en la tienda. Leo las anteriores rúbricas: todas son de músicos gruperos: de “Bronco”, “Los Temerarios”, “Los Tigres del Norte”, “Los Tucanes” y “Los Culpables”. Sucede que esos señores mandan hacer ahí los coloridos atavíos de piel que usan en sus actuaciones.
Yo, que visto atuendos menos llamativos, me compro algo más propio de mis años: un par de pantuflas. Están forradas por dentro con una lana tan finamente cardada que parece pelo de ángel. En su libro “Odas elementales” Neruda tiene un poema en loor de sus calcetines, y los compara por su suavidad a la sedosa piel de un lebrato. Pues bien: les voy más a mis pantuflas. ¡Qué tibias son, y qué amorosas! Acarician como manos de odaliscas. No un Neruda, sino un Milton o un Tasso se necesitarían para encomiarlas como se merecen. Ahora mismo las tengo puestas, mientras escribo, muy de mañana, esto. Y calzado con ellas saldría yo a la calle si no fuera porque temo las críticas del vulgo. Sólo por esas pantuflas valió la pena ir a Pitiquito.