Mi Abeto navideño

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Mi Abeto navideño

Si pudiéramos hacer un recuento general en los últimos meses, quizá se presta como el perfecto momento para celebrar nada.

Por otra parte, lejos de ser reuniones familiares –que tienen más solemnidad que perdón y amor– también son el triste pretexto de reflejarnos con el Dios dinero y que nuestra idiosincrasia patética que no tiene discriminación social, nos envuelva en la vorágine de insatisfacción y por un momento sentirnos falsamente queridos.

México navega un día bien y otro mal, pero ahí vamos, la economía dice que crece, pero se encuentra estancada; la violencia poco a poco va bajando, pero en muchas partes se ha recrudecido en los últimos meses. ¿Culpa de otros gobiernos? Puede ser, pero la generalidad ya está harta de culpar al anterior, quiero soluciones inmediatas dice el fulano.

Sin embargo, creo que nos queda la inocencia: si aquella que muchos la hemos despreciado como un síntoma de debilidad y como razón de inferioridad.

Hoy veo a mi pequeña Emma Elena y, como nunca, me recuerda mis épocas de inocencia. Quiero creer que todavía me quedan algunos brotes. Pues bien, dicen que os borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Pues en este caso sí. Porque, aunque ya parezca hasta panfletario, creo que este mes deberíamos olvidar todo e ir a la Escuela de los niños. Tratar de mirar como disfrutan las épocas decembrinas.

Que va si el peso va mal, que va si hay balaceras en el Estado, que va si la reforma fiscal dice que no es buena, que va si el Presidente dice disparatadas todas las mañanas. En el mundo de un niño eso no existe.

De niño participé en un sinfín de concursos de oratoria, cuento y pintura. Aún recuerdo como si hubiese sido ayer aquel cuento que escribí en tercero de primaria con mucha alegría y que la idea salió gracias a un mantelito de mesa que contaba con dibujos la historia de un abeto olvidado y qué por insistencias de un niño, su padre lo recupera y lo hacen un poderoso pino de Navidad.

A mi manera, sustraje esa idea y la plasmé en un cuento corto que metí a concurso. Olvidando si ganaba, me quedó una alegría cuando lo leí en familia y cuando mi madre lo puso en el refrigerador.

Charles Dickens, J.R.R. Tolkien, Capote, Oscar Wilde, Dostoievski y muchos más, no pueden estar equivocados. Aun así, algunos con su melancolía les brotó un pequeño recuerdo de su inocencia y que algunos, a pesar de vivir en la pobreza en su infancia, fueron felices. Es por ello que destinaron un par de letras a escribir bajo cualquier pretexto sobre lo bello de este mes que para algunos puede ser de reconciliación y perdón y para otros, fácil y pura felicidad.

A final de cuentas, cualquier narración de Nochebuena, nochevieja, reyes, el pino o ese gordo llamado viejo pasquero o Santa Claus, son el reflejo de una sensibilidad que hemos heredado y que constituyen un medio para mantenerlas vivas y conocer aún más del reflejo de lo que muchos piensan.

En este preciso momento, hago una invitación a recordar cuando éramos niños y nos gustaba el cochecito de carreras o la muñeca de mi tamaño o simplemente el recuerdo de cómo se percibía la seguridad de estar todos reunidos en familia. Felices fiestas.