Dicen que los deportes de competencia, en especial los de conjunto, son una sublimación de la guerra. Ya usted sabe: la expresión socialmente aceptable del deseo colectivo de salir a partirle su madre a la tribu contraria, despojarla de todo cuanto posee -incluida la dignidad- matar a sus bebés, usar sus cráneos para beber vino y aparearnos con sus mujeres. Pero como todo eso está ya mal visto porque “corrección política”, hemos de conformarnos con anotarles tantos goles como sea posible… o carreras… o ‘touchdowns’.

En efecto, no hay que ser un filósofo avanzado para entender que las competiciones son expresiones civilizadas de la lucha por la supervivencia; en el caso de las especialidades individuales, del hombre contra los elementos y, en los deportes de conjunto, de las batallas entre los pueblos.

Luego son los Juegos Olímpicos una demostración del poderío de las naciones. Hay un mensaje político muy fuerte en el medallero de la máxima celebración deportiva del mundo y esto se reflejó de manera mucho más evidente durante la Guerra Fría, hermoso periodo de la Historia que aun nos provoca pesadillas recurrentes a los que éramos niños durante su apogeo.

Contrario a lo que algunos podrían suponer, aquello no era un diálogo hostil entre países acerca de la supremacía de una ‘raza’ u otra; sino sobre la capacidad científica y tecnológica; económica y burocrática en términos de eficiencia administrativa, para producir a los mejores atletas en cada disciplina y categoría.

Es en efecto una estampa muy bonita ver a los atletas en el podio escuchando conmovidos las notas de su himno nacional, mientras el lábaro ondea en el mástil y se imaginan los jugosos contratos publicitarios que están por firmar con Nike y otras marcas. Pero lo que el país en cuestión nos está diciendo con esto en realidad es: “Si logramos convertir a estas inofensivas niñas de 12 años en auténticas gimnastas teminators, imagínate lo que somos capaces de hacer con nuestros marines”.

Por un tiempo parecía que la dura disciplina del bloque comunista era el camino, o al menos una estrategia tan efectiva como su contraparte capitalista. Sin embargo, el tiempo demostró que los súper atletas tienen mejores posibilidades de adjudicarse el oro cuando cuentan con el amable patrocinio del Tigre Toño (QPD).

Los Juegos Olímpicos son un poco como lo que llegó a ser la Carrera Espacial: una declaración de poderío y supremacía capaz de disuadir potenciales amenazas extranjeras.

A inicios de los años 80 las tensiones políticas, al igual que las campanas en los pantalones de John Travolta, llegaron a su punto máximo. Y los juegos fueron consecutiva, recíproca y respectivamente boicoteados por sendos bloques, en Moscú y cuatro años más tarde en Los Ángeles 84.

La ausencia de occidentales y soviéticos en cada caso sirvió para el lucimiento de las delegaciones mexicanas que, sin llegar a niveles de súper potencia, dieron a este país algunas satisfacciones dignas de recordarse.

Dado que México no tiene afanes supremacistas, de expansión, colonización o dominación mundial (al día de hoy nuestra arma más letal sigue siendo el burrito y hasta eso, demora unas horas en desplegar sus devastadores efectos), nuestros gobiernos torpes, miopes y diminutos no ven la necesidad de invertir en una política pública que realmente incentive el desarrollo de las jóvenes promesas del deporte.

De allí que nuestro medallero nacional sea poco menos que modesto. Recuerde nomás que Michael Phelps tiene más medallas de oro (23) que todas las que ha podido agenciarse México (13) en un siglo de olimpiadas.

Y las contadas preseas de las que esta nación podría ufanarse son resultado de esfuerzos individuales que suelen involucrar, además del duro entrenamiento, sacrificios económicos y calvarios burocráticos.

Sexenio tras sexenio se ha soslayado este rubro del desarrollo, el del fomento al deporte, a veces por indolencia, otras permitiendo que la corrupción saquee el presupuesto destinado a este propósito.

No parecen entender que un medallero boyante no sólo sirve para hacer ostentación de supremacía bélica-tecnológica al servicio de una ideología; sino que, como cualquier otro indicador objetivo de desempeño, es sintomático del estado de salud de un régimen, del juicio con que aplica sus recursos y de su capacidad administrativa.

No se trata de un alarde de razas en el que la azteca debe imponerse por sus particularidades genéticas y el orgullo ancestral, sino de una prueba, un “test” al que alegre y voluntariamente se someten las naciones para medir no a su gente (eso es aberrante y absurdo), sino a su forma de gobierno y a su administración en turno.

Ya veo al presidente congratulándose por los magros logros que en metálico puedan adjudicarse los atletas mexicanos en Tokio (igual que cuando celebra las remesas económicas de nuestros paisanos en EEUU), presumiéndolo como un milagro más de su gestión sin haber hecho por el deporte otra cosa que restringir su presupuesto al mínimo, igual que hizo con las artes y las ciencias, porque en su visión de estadista tales cosas son privilegios y extravagancias de las clases acomodadas.

Destacar en las justas olímpicas se percibe erróneamente como una cuestión de vacuo y ocioso orgullo nacionalista, cuando es en realidad un asunto de publi-relaciones internacionales. Un país medallista es por necesidad un mejor prospecto para la inversión y el intercambio comercial, tecnológico y cultural. Eso nos pondría auténticamente en el primer plano mundial, no las maratónicas peroratas matinales de quien sale todos los días, muy temprano, decidido a conquistar el oro en salto con maroma, carrera con excusas y mito sincronizado.