Megacerebros

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Megacerebros

El mundo que Andrés Manuel López Obrador trae en su cabeza no existe. Es una lástima que teniendo el voto para transformar a México, ese mandato se vaya a desperdiciar porque el beisbolero presidente ni picha, ni cacha, ni deja batear.

Hay una creciente convicción en las esferas científicas y tecnológicas de que el mundo actual pertenece por completo a la complejidad. Ella es la que manda. Lo captas o te estrellas. Este es el mundo que Andrés no ve, ni quiere ver, ni tiene nadie que se lo muestre.

Acaba de salir un libro de David Benjamin y David Komlos que habla sobre el tema. Se llama “Cracking Complexity” (Descifrando la Complejidad). Es una reivindicación póstuma de mi maestro y amigo el cibernetista Stafford Beer.

Dicen que él era “un obscuro genio en el más oscuro campo de la cibernética de la administración”. En otra parte, le llaman “pionero de la complejidad”.

Mencionan otros ocho genios de la cibernética y los sistemas. El único que sobrevive hoy es el señor Fredmund Malik, de Suiza, que se dedica a crear megacerebros para los grandes corporativos europeos. Cuando el señor Malik habla de la “gran transformación” que vivimos, se refiere precisamente a que el mundo complejo exige un conocimiento radicalmente distinto.

Stafford Beer es ahora reconocido como el precursor. Malik, Benjamin y Komlos son practicantes, pero no los únicos. Otro genio experto en complejidad es Dave Snowden, autor de la estructura Cynefin. Él es tajante. Es un gravísimo error confundir complicado con complejo. Digamos que un reloj Rolex es complicado, pero un ratoncito ya es un ser complejo.

Snowden critica que muchos en el mundo de los negocios se niegan a generar megacerebros para resolver sus problemas. Las empresas siguen aplicando las complicadas “sopas de letras” como “MBO”, “Six-sigma”, “ERP’s”, “BSC” y de moda reciente los BPMs, etc.

Ninguna de estas fórmulas complicadas puede crear megacerebros para una empresa o un gobierno. Eso les corresponde a los expertos en complejidad. Las empresas requieren cerebros colectivos, redes nerviosas y control en tiempo real. Los gobiernos con mayor razón.

Cuando Stafford Beer quiso ayudar a Salvador Allende en 1973, a establecer una economía que funcionara en tiempo real, la CIA les armó un golpe de estado de proporciones épicas.  Luego, cuando en 1983 Beer vino a México, no pudimos vencer a la corrupta estructura burocrática.

Por eso digo que es una lástima que Andrés sea el que tiene el mandato para hacer una gran transformación. Ni siquiera conoce las sopas de letras, mucho menos convertir a una empresa o un gobierno en un megacerebro que rompa con los retos de la complejidad moderna.

No basta tener celulares para ser realmente modernos. No basta tener computadoras poderosas. Ni siquiera internet y Google (que parece saber todo) nos salvan. El problema es de estructura.

En mi libro El Estado Cibernético, escrito desde 1994, advierte que nuestro sistema constitucional contiene la estructura necesaria para vencer la complejidad. Pero también que “la presidencia imperial” arruina la estructura.

La constitución diseñó lo que hace doscientos años parecía un megacerebro. Hablo del congreso bi-cameral. Carece sin embargo, de algo esencial: una riqueza intelectual y de experiencias que lo hagan ser productivo. Al menos en México, ese megacerebro está atrofiado por el proceso político y un sistema electoral viciado.

De nuevo regresamos por fuerza al Presidente. Si sale bueno avanzamos rápidamente. Pero si salió malo, en vez de megacerebro tenemos megafracaso. Como dijo Beer al partir, “creo que México ya no tiene tiempo.” Y tuvo razón, otros países más inteligentes nos rebasaron en todo durante los últimos treinta y cinco años.

javierlivas@infinitummail.com