‘Más ciencia y menos violencia’

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‘Más ciencia y menos violencia’

Hace más de dos milenios, aproximadamente 2 mil 500 años, época en que los judíos estaban cautivos en Babilonia, en los tiempos del profeta Daniel, cuando aún faltaban 500 años para el nacimiento de Cristo, allá en la India nacían dos de las corrientes filosóficas más significativas de la humanidad, el budismo y el jainismo, este último, una religión fundada por el místico Mahavira, a quien debemos uno de los conceptos más precisos del mal, definido como el dolor infligido a la criatura viviente a través de la violencia (himsa), contra la que actualmente predican estas dos religiones, la del místico citado y la de su contemporáneo Buda, que es la de la no-violencia (a-himsa), el rechazo de cualquier acción que pueda causar dolor y sufrimiento a los seres vivos.

Y lo que hace 25 siglos ya se practicaba y se inculcaba sigue siendo algo que no asimilamos y que no acabamos de aprender, pues seguimos siendo unos salvajes trogloditas.

Y todo el rollo anterior viene en relación con el coloquio realizado hace algunos días en el Museo de las Ciencias de la UNAM, convocado bajo el sugerente título de “Más ciencia y menos violencia”, donde Enrique Krauze, Sara Sefchovich y Feggy Ostrosky, entre otros, analizaron el fenómeno de la violencia, la misma que padecieron sus ancestros de origen judío, que si acaso no fue en Babilonia, seguramente fue en algún gueto de Alemania o Polonia.

Y cierto es que no sólo los budistas y jainistas han aspirado a una vida sin violencia, también el pensamiento occidental con su influencia judío cristiana abriga esa utopía. 

Por ejemplo, dentro del judaísmo tenemos al profeta Isaías diciendo que llegará el día en que los hombres transformarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces, y que no habrá nación que levante su espada contra otra y, por lo mismo, nadie se entrenará para la guerra (Isaías 2:4).

Dentro del cristianismo tenemos la aspiración del apóstol Juan, el judío desterrado en la isla de Patmos, que nos dice que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, sin llanto ni dolor ni clamor, asunto que sin fe, digamos, es otra utopía.

Dice la doctora Ostrosky  que la agresión es inherente al ser humano y que la violencia es un fenómeno que se aprende, lo que nos mueve a pensar que también hay quien la enseña.

Como los “maestros” de la CNTE, por ejemplo, que han desgraciado a muchas generaciones de niños, menores dañados que al llegar a las universidades públicas vandalizan, queman, bloquean y agreden, como sucedió recientemente en la UNAM, mientras los expertos analizaban el fenómeno de la violencia.

Claro está que con los “maestros” de la CNTE siempre será una utopía pretender vivir en paz, en armonía, con justicia y “con más ciencia y menos violencia”. 

Mucho menos poner en práctica virtudes cristianas, budistas o jainistas. Ya lo dijimos en este espacio, contra ellos la razón de Estado exige actuar de manera implacable, cruel, sin escrúpulos, con virtudes paganas, que son las que estos canallas practican y la única razón que entienden. Verá que luego apelan a los derechos humanos, aunque ellos, como parte del Gobierno, los violen todos los días.