María Félix, la malquerida
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María Félix, la malquerida
Debo a un amigo inolvidable, Rodolfo Siller Blanco, saltillense que se avecindó en Navojoa, haber conocido ese prodigio llamado Álamos, Sonora. Con él viajé una tarde por el árido paisaje de la tierra erizada de ocres peñascos y cactos que se alzan de la tierra como retando al cielo.
Álamos fue lugar minero de gran fama. En los pasados siglos tuvo bonanzas y grandeza. A mí m e gustan los pueblos y ciudades nacidos de las minas. Hago la relación de algunos en que he estado, y me lleno de recuerdos de fantásticas visiones: Parral, Guanajuato, Zacatecas, Real de Catorce, Pachuca, Concepción del Oro, Real del Monte, Cananea...Y Álamos, que es una maravilla en mitad de la nada.
La ciudad es hermosa. Tiene uno de los kioskos más bellos que he visto en mis viajes por la República, y un vasto templo de paredes blancas que reflejan como espejismo los soles del desierto. Su edificio municipal es recio, hecho de piedra, pero hay en el poblado calles recoletas y casas llenas de gracia como muchachas núbiles.
También hay una desgracia que quizá sea gracia: Álamos casi no pertenece ya a los mexicanos. Algún norteamericano descubrió ese rincón, y llamó a otros norteamericanos, y éstos trajeron más, y ahora lo mejor y más bello del lugar es propiedad de ellos. Ésa es la desgracia. La gracia es que los recién llegados restauraron la perdida belleza del poblado; lo han llenado de bienes de cultura, y lo cuidan como lo que es: una pequeña joya.
En Álamos nació María Félix. Para los alamenses, sin embargo, como si no hubiera nacido. Muchos no la quieren; hablan de ella con desdén. Le reprochan que jamás regresó a su solar nativo; le echan en cara la indiferencia con que trató a los suyos -incluso a los más cercanos- después de que triunfó. La Doña es una doña nadie en Álamos.
En cambio los lugareños sienten veneración por otro paisano suyo: el doctor Alfonso Ortiz Tirado. A mí me habría gustado conocer a este señor. Debe haber sido un amable personaje. Era hombre apuesto y bien plantado; médico sabio y generoso. Pero a más de eso fue un gran cantante, dueño de una de las voces de tenor más bellas que se hayan escuchado en México. Hizo mucho bien. Fundó y sostuvo a lo largo de su vida un hospital de niños.
Fui socio durante muchos años de La Hora Bohemia, benemérita asociación que en Monterrey dedicaba empeños grandes a la propagación de la música de la nostalgia. Cada mes nos juntábamos en el domicilio de la asociación, por la vieja calle de Isaac Garza. De vez en cuando alguno de los socios invitaba a los cofrades a celebrar en su casa la reunión mensual. En cierta ocasión tuve la ocurrencia de convocarlos a mi casa -que es la tuya- en Saltillo. La sesión empezó a las 9 de la noche del sábado y terminó a las 11 de la mañana del domingo, bendito sea Dios.
Pues bien: el himno de La Hora Bohemia era la canción “Clavel del aire”. Al empezar las juntas escuchábamos esa canción puestos de pie, con la mano derecha sobre el corazón, como se escucha un himno. Así lo prescribían los estatutos, que ordenaban también que la canción debería escucharse forzosamente en la voz del doctor Ortiz Tirado. Al final de la reunión volvían otra vez a sonar las notas de “Clavel del aire” pero ahora en la voz de los asistentes, que inspirados no sé si por la nostalgia o por las copiosas copas consumidas, cantábamos entre lágrimas las sentidísimas estrofas. Eso era algo muy para verse, si bien no para oírse.
Por todo lo dicho cuando oigo mencionar el nombre de Álamos no pienso en María Félix, por más hermosa que haya sido. Pienso en ese hombre de generoso corazón que fue el doctor Alfonso Ortiz Tirado. El tiempo borra las bellezas del cuerpo. Las del alma no.